La palabra Vena ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Un viaje de novios de Emilia Pardo Bazán
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece vena.
Estadisticas de la palabra vena
Vena es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 13412 según la RAE.
Vena aparece de media 5.29 veces en cada libro en castellano.
Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la vena en las obras de referencia de la RAE contandose 804 apariciones .
Más información sobre la palabra Vena en internet
Vena en la RAE.
Vena en Word Reference.
Vena en la wikipedia.
Sinonimos de Vena.
Algunas Frases de libros en las que aparece vena
La palabra vena puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 5205
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Como comprenderéis, sintiéndome en vena, me puse al punto a jugar el diamante. ...
En la línea 7450
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... La coyuntura era favorable: los ingleses, que ante todo necesitan buenos víveres para ser buenos soldados, al no comer más que carnes saladas y mal pan, tenían muchos enfermos en su campamento; ade más el mar, muy malo en aquella época del año en todas las costas del Océano, estropeaba todos los días algún pequeño navío; y con ca da marea la playa, desde la punta del Aiguillon hasta la t rinchera, se cubría literalmente de restos de pinazas, de troncos de roble y de fa lúas; de lo cual resultaba que, aunque las gentes del rey se mantuvie sen en su campamento, era evidente que un día a otro Buckingham, que sólo permanecía en la isla de Ré por obstinación, se vena obligado a levantar el sitio. ...
En la línea 8048
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Me siento en vena, y re sistiría ante un ejército con tal de que hubiera tenido la preocupación de coger una docena más de botellas. ...
En la línea 10023
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... «Bueno -se dijo Milady -, quién sabe; quizá voy a descubrir algo aquí, estoy en vena. ...
En la línea 3128
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Ensanchábase poco a poco la garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano, por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. ...
En la línea 3456
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Trajo el estuche, tomé un fleme ancho y, con ayuda de una piedra, lo introduje en la vena principal de una pata del caballo. ...
En la línea 3459
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... —Sostenle firme—respondí—, y dentro de diez minutos cerraré la vena. ...
En la línea 1701
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... a indolencia, tan, marcada, como la de los marinos, procede de su género de vida análogo. les da el alimento cotidiano, y por lo tanto, no tienen previsión ninguna; además, se reúnen al mismo tiempo en su poder la tentación y los medios de ceder a ella. Cornouailles y en otros puntos de Inglaterra, en que se adopta, por el contrario, el sistema de venderles una parte de la vena, obligados los mineros a obrar y a reflexionar, son hombres muy inteligentes y de excelente conducta. ...
En la línea 5005
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Creo que Dios te toca en el corazón—dijo la dama guiñando los ojos, y poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la cual tenía el libro de misa y el rosario—. No tienes tú cara de bromas. Alguna procesión muy grande te anda por dentro. Y si otras veces te da la vena por decirme herejías y hacerme rabiar, no creas que te he tenido por malo. Eres un bendito; y si vivieras siempre con nosotras y no te pasaras la vida entre protestantes y ateos, tú serías otro. ...
En la línea 5529
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Vaya, que hoy estamos de vena. Ojalá fuera verdad lo que usted dice. Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni supiera que estoy viva. ...
En la línea 5925
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Otra barbaridad. Hoy estamos de vena. ...
En la línea 593
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Al ver que Humphrey vacilaba, Tom lo animó diciéndole que estaba 'en vena de gracias'. ...
En la línea 1190
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –Si estuviéramos a oscuras pensaría que ha sido un rey el que ha hablado. No se puede negar que cuando le da la vena, lanza truenos y relámpagos como un verdadero rey. ¿De dónde habrá sacado esa argucia? Miradle escribir tan contento unos garabatos sin significado, imaginándose que son latín y griego… Y como mi ingenio no dé con un arbitrio feliz para apartarle de su propósito, me veré obligado mañana a fingir que salgo a cumplir el cometido que ha inventado para mí. ...
En la línea 917
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Prefería Miranda el salón de lectura, donde hallaba cantidad de periódicos españoles, incluso el órgano de Colmenar, que leía dándose tono de hombre político. A Perico se le encontraba con más frecuencia en otro departamento tétrico como una espelunca, las paredes color de avellana tostada, los cortinajes gris sucio con franjas rojas, donde una hilera de bancos de gutapercha moteada hacía frente a otra hilera de mesas, cubiertas con el sacramental, melodramático y resobadísimo tapete verde. Así como la marea al retirarse va dejando en la playa orlas paralelas de algas, así se advertían en los respaldos de los bancos de gutapercha roja series de capas de mugre, depositadas por la cabeza y espaldas de los jugadores, señales que iban en aumento desde el primer banco hasta el último, conforme se ascendía del inofensivo piquet al vertiginoso écarté, porque la hilera empezaba en el juego de sociedad, acabando en el de azar. Los bancos de la entrada estaban limpios, en comparación de los del fondo. Aquella pieza donde tan nefando culto se tributaba a la Ninfa de las aguas fue testigo de hartas proezas de Perico, que, por su semejanza con todas las de la misma laya, no merecen narrarse. Ni menos requiere ser descrito el espectáculo, caro a los novelistas, de las febriles peripecias que en torno de las mesas se sucedían. Tiene el juego en Vichy algo de la higiénica elegancia del pueblo todo, cuyos habitantes se complacen en repetir que en su villa nadie se levantó la tapa de los sesos por cuestión del tapete verde, como sucede en Mónaco a cada paso; de suerte que no se presta la sala del Casino a descripciones del género dramático espeluznante; allí el que pierde se mete las manos en los bolsillos, y sale mejor o peor humorado, según es de nervioso o linfático temperamento, pero convencido de la legalidad de su desplume, que le garantizan agentes de la Autoridad y comisionados de la Compañía arrendataria, presentes siempre para evitar fraudes, quimeras y otros lances, propios solamente de garitos de baja estofa, no de aquellas olímpicas regiones en que se talla calzados los guantes. Es de advertir que Perico, aun siendo de los que más ayudaban a engrasar y bruñir con la pomada de su pelo y el frote de sus lomos los bancos de gutapercha, no realizaba el tipo clásico del jugador que anda en estampas y aleluyas morales y edificantes. Cuando perdía, no le ocurrió jamás tirarse de los cabellos, blasfemar ni enseñar los puños a la bóveda celeste. Eso sí, él tomaba cuantas precauciones caben, a fin de no perder. Análogo es el juego a la guerra: dícese de ambos que los decide la suerte y el destino; pero harto saben los estratégicos consumados que una combinación a la vez instintiva y profunda, analítica y sintética, suele traerles atada de manos y pies la victoria. En una y otra lucha hay errores fatales de cálculo que en un segundo conducen al abismo, y en una y otra, si vencen de ordinario los hábiles, en ocasiones los osados lo arrollan todo y a su vez triunfan. Perico poseía a fondo la ciencia del juego, y además observaba atentamente el carácter de sus adversarios, método que rara vez deja de producir resultados felices. Hay personas que al jugar se enojan o aturden, y obran conforme al estado del ánimo, de tal manera, que es fácil sorprenderlas y dominarlas. Quizá la quisicosa indefinible que llaman vena, racha o cuarto de hora no es sino la superioridad de un hombre sereno y lúcido sobre muchos ebrios de emoción. En resumen: Perico, que tenía movimientos vivos y locuacidad inagotable, pero de hielo la cabeza, de tal suerte entendió las marchas y contramarchas, retiradas y avances de la empeñada acción que todos los días se libraba en el Casino, que después de varias fortunitas chicas, vino a caerle un fortunón, en forma de un mediano legajo de billetes de a mil francos, que se guardó apaciblemente en el bolsillo del chaleco, saliendo de allí con su paso y fisonomía de costumbre, y dejando al perdidoso dado a reflexionar en lo efímero de los bienes terrenales. Aconteció esto al otro día de aquel en que Lucía manifestara a Pilar tal interés por la salud de la madre de Artegui. Era Perico naturalmente desprendido, a menos que careciese de oro para sus diversiones, que entonces escatimaría un maravedí, y avisando a Pilar que estaba en el salón de Damas, reuniose con ella en la azotea, y le dijo dándole el brazo: ...

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