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La palabra valle
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la palabra valle

La palabra Valle ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
La llamada de la selva de Jack London
Julio Verne de La vuelta al mundo en 80 días
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece valle.

Estadisticas de la palabra valle

Valle es una de las palabras más utilizadas del castellano ya que se encuentra en el Top 5000, en el puesto 1904 según la RAE.

Valle tienen una frecuencia media de 50.35 veces en cada libro en castellano

Esta clasificación se basa en la frecuencia de aparición de la valle en 150 obras del castellano contandose 7653 apariciones en total.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Valle

Cómo se escribe valle o balle?
Cómo se escribe valle o vaye?

Más información sobre la palabra Valle en internet

Valle en la RAE.
Valle en Word Reference.
Valle en la wikipedia.
Sinonimos de Valle.

Algunas Frases de libros en las que aparece valle

La palabra valle puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 521
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Por el lado de Poniente, en un profundo barranco o valle, corre un delgado arroyo, cruzado por un puente de piedra; más abajo hay un vado, que atravesamos para subir a la ciudad, la cual comienza casi al pie de la montaña, por el Norte, y va faldeando hacia el Noreste. ...

En la línea 937
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... En su parte oriental subsiste una torre entera; el lado Oeste, todo en ruinas, cae al borde de la colina, mirando al valle por cuyo fondo corre el arroyo ya mencionado en otra ocasión. ...

En la línea 939
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Bosquecillos de alcornoques cubrían el lado opuesto del valle y las pendientes lejanas, formando deliciosas perspectivas, donde pacían los rebaños; las aguas del arroyo se estrellaban en los pedruscos del cauce y hacían un suave murmullo que llegaba hasta mi oído, bañándome el alma en delicias. ...

En la línea 1004
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... El país era desolado y desierto, por más que de vez en cuando se descubría algún valle poblado de alcornoques y _azinheiras_. ...

En la línea 406
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... A lo cual le respondió don Quijote: -Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza; antes, pienso aventajarme en ella: porque ellos algunas veces, y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos; y, ya después de hartos de servir y de llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde, o, por lo mucho, de marqués, de algún valle o provincia de poco más a menos; pero, si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino que tuviese otros a él adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de uno dellos. ...

En la línea 490
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber, real y verdaderamente, toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle; que, si no era que algún follón, o algún villano de hacha y capellina, o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido. ...

En la línea 490
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber, real y verdaderamente, toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle; que, si no era que algún follón, o algún villano de hacha y capellina, o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido. ...

En la línea 580
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. ...

En la línea 26
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... El paisaje que rodea a Santo Domingo tiene una belleza que se está muy lejos de esperar, cuando se considera el carácter triste y sombrío del resto de la isla. Este pueblo está en el fondo de un valle rodeado de altas murallas descantilladas de lavas en estratos. Esos peñascos negros forman un contraste notable con el verde de nuestra vegetación que costea a un arroyuelo de un agua clarísima. Llegamos por casualidad un día de fiesta mayor y hay un inmenso gentío en el pueblo. De vuelta nos juntamos con un grupo de unas veinte negritas vestidas con mucho gusto; turbantes y grandes chales de colores vistosos hacen resaltar su piel negra y su ropa interior, tan blanca como la nieve. En cuanto nos acercamos a ellas, se vuelven, tiran los chales al suelo y se ponen a cantar coti mucha energía una canción salvaje y llevan el compás dándose golpes con las manos en las piernas. Las echamos unas cuantas monedas de vMtem, que reciben con carcajadas, y las dejamos en el momento en que prosiguen su canto con más brío aún que antes. ...

En la línea 127
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... En un valle alto de las cordilleras, cerca de Mendoza, he hallado otra araña que construye una tela muy particular. Fuertes hilos irradian en un plano vertical alrededor de un centro común donde se coloca el insecto; pero sólo dos radios están reunidos por un tejido simétrico, de suerte que, en vez de ser circular, como de ordinario, la tela, sólo consiste en un segmento en forma de cuña. En este sitio todas las telarañas tenían la misma forma. ...

En la línea 153
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Hay pocos árboles en la banda oriental; hasta pudiera decirse que no hay ninguno, y este es un hecho muy notable. Encuéntranse matorrales achaparrados en una parte de las colinas peñascosas; a orillas de las mayores corrientes de agua, sobre todo el norte de Las Minas, hay sauces en bastante gran número. Me han dicho que hubo un bosque de palmeras junto al «Arroyo Tapes»; por otra parte, cerca del «Pan de Azúcar», a 350 de latitud, he visto una palmera de muchísima altura. Excepto estos pocos árboles, y los plantados por los españoles, falta por completo la leña. En el número de las especies introducidas por los europeos pueden contarse el álamo blanco, el olivo, el melocotonero y algunos otros frutales; el melocotonero se ha propagado tan bien, que es la única leña para quemar que puede hallarse en la ciudad de Buenos Aires. Los países absolutamente llanos, tales como las Pampas, parecen poco favorables al crecimiento de los árboles. ¿A qué debe atribuirse este hecho? Acaso a la fuerza de los vientos, acaso también al modo del desecamiento del suelo. Pero no puede explicarse por estas causas la falta de árboles en las cercanías de Maldonado: las colinas peñascosas que entrecortan esta región presentan abrigos y hay allí diferentes clases de terrenos; por lo común corre un arroyo por el fondo de cada valle, y la naturaleza arcillosa del suelo parece hacerlo muy apto para conservar una humedad suficiente. Se ha pensado, y ésta es una deducción muy probable en sí, que la cantidad anual de humedad determina la presencia de los bosques2; pues bien, en esta provincia caen lluvias abundantes y frecuentes en invierno, y aunque el verano es seco, no lo es en un grado excesivo3. Inmensos árboles cubren la casi totalidad de la Australia; sin embargo, el clima de este país es mucho más árido. Esta carencia de árboles en la banda oriental debe, pues, depender de alguna otra causa desconocida. ...

En la línea 186
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Sólo nos falta hablar del buitre (Vultur Aurea) y del gallinazo. Encuéntrase el primero en todas las comarcas moderadamente húmedas desde el cabo de Hornos hasta la América del Norte. Al contrario que el Polyvorus brariliensit y el chimango, ha penetrado en las islas Falkland. El buitre es un ave solitaria, que a lo sumo se encuentra por parejas. Puede reconocerse inmediatamente hasta a gran distancia por su elegante vuelo y por la altura a que se cierne. Sabido es que sólo se alimenta de carnaza. En la costa occidental de la Patagonia, en medio de los islotes con vegetación y en la costa tan profundamente recortada, se nutre nada más que con lo que el mar arroja a la costa y con las focas muertas. Donde estas últimas se reúnen sobre los peñascos, de seguro se encuentran buitres. El gallinazo (Cathartes atratus) no habita en las mismas regiones que la última especie y nunca se encuentra al sur del 41 de latitud. Según Azara, pretende una tradición que no había de estas aves junto a Montevideo en tiempo de la conquista, y que sólo han ido a esos parajes detrás de los habitantes. En la actualidad habitan en gran número en el valle del Colorado, sito a 300 millas al sur de Montevideo. ...

En la línea 147
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas, esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. ...

En la línea 148
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Aquel verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. ...

En la línea 7285
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los niños rubios de tez amarillenta que pululan a orillas del río negro que serpea por las faldas de los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de sueños de avaricia. ...

En la línea 7317
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Al ver que la seguían, Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. ...

En la línea 428
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso que no tenía gusto para nada. La envidiada de todos, envidiaba a cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos, vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener uno solo, sino que quería verse rodeada de una serie, desde el pillín de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles; las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los actores y enfureciendo al público… todos, en una palabra, le interesaban igualmente. ...

En la línea 3490
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —¿Qué?—Vivir… Vivir es nuestra primera obligación en este valle de lágrimas, y sin embargo… ¡qué pocos hay que sepan desempeñarla!… Se lo dice a usted un hombre que ha visto mucho mundo, que ha tenido, como usted, un corazón del tamaño de hoy y mañana. Conque prepararse, que empiezo mis lecciones. ...

En la línea 3641
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Quedose dormido el buen señor, que por haber pasado muy mala noche, tenía sueño atrasado, y Fortunata permaneció a su lado sin chistar ni moverse por no turbar su descanso. Examinaba la habitación y habría deseado poder escudriñar la casa toda. De lo que en la alcoba observó, hubo de sacar el conocimiento de que la casa estaba muy bien puesta. D. Evaristo, que tan práctico quería ser en la vida social, debía de serlo más en la doméstica, y, conforme a sus ideas, lo primero que tiene que hacer el hombre en este valle de inquietudes es buscarse un buen agujero donde morar, y labrar en él un perfecto molde de su carácter. Soltero y con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni familia próxima, Feijoo vivía en dichosa soledad, bien servido por criados fieles, dueño absoluto de su casa y de su tiempo, no privándose de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo mismo de su santísima voluntad. Más que por el lujo, despuntaba la casa por la comodidad y el aseo. Gobernábala una tal doña Paca, gallega, que tuvo casa de huéspedes distinguidos y recomendados, en la cual vivió Feijoo mucho tiempo, y completaban la servidumbre una cocinera bastante buena y un criado muy callado y ya algo viejo, que había sido asistente de su amo. ...

En la línea 3056
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Habíamos recorrido ya dieciséis mil leguas desde nuestro embarque en los mares del Japón. Hacia las once de la mañana de aquel día, cortamos el trópico de Capricornio por el meridiano 37 y pasamos a lo largo del cabo Frío. Para decepción de Ned Land, al capitán Nemo no parecía gustarle la vecindad de las costas habitadas del Brasil, pues marchaba con una velocidad vertiginosa. Ni un pez, ni un pájaro, por rápidos que fueran, podían seguirnos, y en esas condiciones las curiosidades naturales de aquellos mares escaparon a mi observación. Durante varios días se mantuvo esa rapidez, y en la tarde del 9 de abril avistábamos la punta más oriental de América del Sur, la que forma el cabo San Roque. Pero el Nautilus se desvió nuevamente y fue a buscar, a mayores profundidades, un valle submarino formado entre ese cabo y Sierra Leona, en la costa africana. Ese valle se bifurca a la altura de las Antillas y termina, al Norte, en una enorme depresión de nueve mil metros. En esa zona, el corte geológico del océano forma hasta las pequeñas Antillas un acantilado de seis kilómetros cortado a pico, y otra muralla no menos considerable a la altura de las islas del Cabo Verde, que encierran todo el continente sumergido de la Atlántida. El fondo del inmenso valle está accidentado por algunas montañas que proporcionan aspectos pintorescos a esas profundidades submarinas. Al hablar de esto lo hago siguiendo los mapas manuscritos contenidos en la biblioteca del Nautilus, evidentemente debidos a la mano del capitán Nemo y trazados a partir de sus observaciones personales. ...

En la línea 3056
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Habíamos recorrido ya dieciséis mil leguas desde nuestro embarque en los mares del Japón. Hacia las once de la mañana de aquel día, cortamos el trópico de Capricornio por el meridiano 37 y pasamos a lo largo del cabo Frío. Para decepción de Ned Land, al capitán Nemo no parecía gustarle la vecindad de las costas habitadas del Brasil, pues marchaba con una velocidad vertiginosa. Ni un pez, ni un pájaro, por rápidos que fueran, podían seguirnos, y en esas condiciones las curiosidades naturales de aquellos mares escaparon a mi observación. Durante varios días se mantuvo esa rapidez, y en la tarde del 9 de abril avistábamos la punta más oriental de América del Sur, la que forma el cabo San Roque. Pero el Nautilus se desvió nuevamente y fue a buscar, a mayores profundidades, un valle submarino formado entre ese cabo y Sierra Leona, en la costa africana. Ese valle se bifurca a la altura de las Antillas y termina, al Norte, en una enorme depresión de nueve mil metros. En esa zona, el corte geológico del océano forma hasta las pequeñas Antillas un acantilado de seis kilómetros cortado a pico, y otra muralla no menos considerable a la altura de las islas del Cabo Verde, que encierran todo el continente sumergido de la Atlántida. El fondo del inmenso valle está accidentado por algunas montañas que proporcionan aspectos pintorescos a esas profundidades submarinas. Al hablar de esto lo hago siguiendo los mapas manuscritos contenidos en la biblioteca del Nautilus, evidentemente debidos a la mano del capitán Nemo y trazados a partir de sus observaciones personales. ...

En la línea 3056
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Habíamos recorrido ya dieciséis mil leguas desde nuestro embarque en los mares del Japón. Hacia las once de la mañana de aquel día, cortamos el trópico de Capricornio por el meridiano 37 y pasamos a lo largo del cabo Frío. Para decepción de Ned Land, al capitán Nemo no parecía gustarle la vecindad de las costas habitadas del Brasil, pues marchaba con una velocidad vertiginosa. Ni un pez, ni un pájaro, por rápidos que fueran, podían seguirnos, y en esas condiciones las curiosidades naturales de aquellos mares escaparon a mi observación. Durante varios días se mantuvo esa rapidez, y en la tarde del 9 de abril avistábamos la punta más oriental de América del Sur, la que forma el cabo San Roque. Pero el Nautilus se desvió nuevamente y fue a buscar, a mayores profundidades, un valle submarino formado entre ese cabo y Sierra Leona, en la costa africana. Ese valle se bifurca a la altura de las Antillas y termina, al Norte, en una enorme depresión de nueve mil metros. En esa zona, el corte geológico del océano forma hasta las pequeñas Antillas un acantilado de seis kilómetros cortado a pico, y otra muralla no menos considerable a la altura de las islas del Cabo Verde, que encierran todo el continente sumergido de la Atlántida. El fondo del inmenso valle está accidentado por algunas montañas que proporcionan aspectos pintorescos a esas profundidades submarinas. Al hablar de esto lo hago siguiendo los mapas manuscritos contenidos en la biblioteca del Nautilus, evidentemente debidos a la mano del capitán Nemo y trazados a partir de sus observaciones personales. ...

En la línea 3291
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... El fondo oceánico formaba un ancho valle de ciento veinte kilómetros, en el que hubiera podido colocarse al Mont Blanc sin que su cima emergiera del agua. El valle está cerrado al Este por una muralla de dos mil metros cortada a pico. Llegamos allí el 28 de mayo. En ese momento, el Nautilus no estaba más que a ciento cincuenta kilómetros de Irlanda. ...

En la línea 58
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Antes de haberse recobrado de la conmoción que le provocó la trágica muerte de Curly, Buck experimentó otra peor. François le sujetó al cuerpo un aparejo de correas y hebillas. Era un arnés como el que había visto que, allá en la finca, los mozos de cuadra colocaban a los caballos. Y tal como había visto trabajar a los caballos fue puesto él a trabajar, tirando del trineo para llevar a François hasta el bosque que bordeaba el valle y regresar con una carga de leña. Aunque su dignidad resultó gravemente herida al verse convertido en animal de carga, fue lo bastante sensato como para no rebelarse. Se metió de lleno en la tarea y se esforzó al máximo, por más que todo le parecía nuevo y extraño. François era severo, exigía obediencia total y gracias a su látigo la lograba en el acto; por su parte, Dave, que era un experimentado perro zaguero, mordía las nalgas de Buck cada vez que cometía un error. Spitz, que era el que guiaba, era igualmente experimentado, pero como no siempre podía acercarse a Buck, le lanzaba de vez en cuando gruñidos de reproche o echaba astutamente su peso sobre las riendas para forzarlo a seguir el rumbo correcto. Buck aprendía con facilidad y, bajo la tutela conjunta de sus dos colegas y de François, realizó notables progresos. Antes de regresar al campamento ya sabía que ante un «¡so!» tenía que detenerse y ante un «¡arre!», avanzar, no le costaba trazar las curvas con amplitud y mantenerse lejos del zaguero cuando, en una pendiente, el trineo cargado se le venía encima pisándole los talones. ...

En la línea 152
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Quizá lo que más le gustaba era tumbarse cerca del fuego con las patas traseras bajo el cuerpo y las delanteras extendidas, erguida la cabeza, con templando las llamas con aire soñador. A veces pensaba en la vasta finca del juez Miller en el soleado valle de Santa Clara, en el tanque de cemento donde nadaba, en Ysabel, la chihuahua, y en Toots, la perrita japonesa; pero con mayor frecuencia evocaba al hombre del jersey rojo, la muerte de Curly, el gran duelo con Spitz y las cosas buenas que había comido o le gustaría comer. No sentía nostalgia. Los recuerdos de las tierras soleadas eran difusos y distantes y no le influían. Mucho más poderosa era la memoria hereditaria, que teñía de aparente familiaridad cosas nunca vistas antes; los instintos (que no eran sino los recuerdos de sus antepasados convertidos en hábito) debilitados por el paso de los años que despertaban y revivían en él. ...

En la línea 235
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Para sorpresa de Buck, ninguno de los dos perros tuvo celos de él. Parecían compartir la bondad y generosidad de John Thornton. A medida que Buck iba recobrando las fuerzas, le proponían toda clase de juegos absurdos, en los que el propio John Thornton tomaba parte; y así, retozando alegremente, pasó Buck su convalecencia y entró en una nueva vida. El amor, un genuino amor apasionado, lo invadió por vez primera. No lo había sentido nunca en la casa del juez Miller, allá en el soleado valle de Santa Clara. Cazaba y paseaba con los hijos del juez y mantenía con ellos una relación funcional; con los nietos, una especie de pretenciosa tutela, y con el propio juez, una digna y respetable amistad. Pero el amor hecho de fiebre y fuego, que es adoración y locura, sólo lo había sentido cuando apareció John Thornton. ...

En la línea 306
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Una vez más llegó la primavera y, al cabo de tantas andanzas, descubrieron, no la cabaña perdida, sino un yacimiento a flor de tierra en un ancho valle, donde el oro quedaba a la vista en el fondo del mismo, en un grumoso depósito amarillento. No siguieron buscando. Cada día de labor les significaba miles de dólares en oro, en polvo limpio y en pepitas, así que trabajaban todos los días. Ensacaban el oro en talegos de piel de alce, veinticinco kilos en cada uno, y los apilaban como si fueran leña junto a la choza de ramas de abeto. Trabajaron duro, y los días se sucedían como sueños mientras iban acumulando su tesoro. ...

En la línea 1362
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... El 'Pacific Railroad' tiene muchas ramificaciones en su trayecto por los estados de Iowa, Kansas, Colorado y Oregón. Al salir de Omaha, marcha por la orilla izquierda del río 'Platter' atraviesa los terrenos de Laramie y las montañas Wahsatch, da vuelta al lago Salado, llega a 'Lake Salt City', capital de los mormones, penetra en el valle de la Tuilla, recoite el desierto americano, los montes de Cedar y Humboldt, el río Humboldt, la Sierra Nevada, y baja por Sacramento hasta el Pacífico, sin que este trazado tenga pendientes mayores de doce pies por mil aun en el trayecto de las montañas Rocosas. ...

En la línea 1373
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Hacia las nueve, por el valle de Corson, el tren penetraba en el estado de Nevada, siguiendo siempre las dirección del Nordeste. A las doce pasaba por Reno, donde los viajeros tuvieron veinte minutos para almorzar. ...

En la línea 1416
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... En el lago Salado era donde el trazado llegaba a su más alto punto de altitud. Desde aquí su perfil describía una curva muy prolongada, que bajaba hacia el valle de Bitter- Creek, para remontarse hasta la línea divisoria de las aguas entre el Océano y el Pacífico. Los ríos eran numerosos en esta region montuosa. Hubo que pasar sobre puentes el Muddy, el Gree y otros. Picaporte se había tornado más impaciente a medida que se acercaba el término del viaje, y Fix, a su vez, hubiera querido haber salido ya de aquella región extraña. Temía las tardanzas, recelaba los accidentes, y aún tenía más prisa que el mismo Phileas Fogg en poner el pie sobre la tierra inglesa. ...

En la línea 1417
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... A las diez de la noche, el tren se detenía en la estación de Fort Bridger, de la cual se separó al punto, y veinte millas más allá entraba en el estado de Wyoming, el antiguo Dakota, siguiendo todo el valle de Bitter Creek, de donde surgen parte de las aguas que forman el sistema hidrográfico del Colorado. ...


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