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La palabra toco
Cómo se escribe

la palabra toco

La palabra Toco ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Niebla de Miguel De Unamuno
Grandes Esperanzas de Charles Dickens
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece toco.

Estadisticas de la palabra toco

Toco es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 23030 según la RAE.

Toco aparece de media 2.49 veces en cada libro en castellano.

Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la toco en las obras de referencia de la RAE contandose 378 apariciones .

Más información sobre la palabra Toco en internet

Toco en la RAE.
Toco en Word Reference.
Toco en la wikipedia.
Sinonimos de Toco.


la Ortografía es divertida


El Español es una gran familia

Algunas Frases de libros en las que aparece toco

La palabra toco puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 4513
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Por otra parte, veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo, si ya no fuese que como él tiene muchos enemigos encantadores, especialmente uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellos tomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que sus altas caballerías le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubierto de la tierra. ...

En la línea 6487
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Quitóle el cura los corales del cuello, y mirólos y remirólos, y, certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y dijo: -Por el hábito que tengo, que no sé qué me diga ni qué me piense de estas cartas y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos corales, y por otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de bellotas. ...

En la línea 897
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... Cuando al entrar en casa salió saltando a recibirle Orfeo, le cogió, le tentó bien el gaznate, y apretándole el seno le dijo: «Cuidado con los huesos, Orfeo, mucho cuidadito con ellos, ¿eh? No quiero que te atragantes con uno; no quiero verte morir a mis ojos suplicándome vida. Ya ves, Orfeo, don Avito, el pedagogo, se ha convertido a la religión de sus abuelos… ¡es la herencia! Y Víctor no se resigna a ser padre. Aquel no se consuela de haber perdido a su hijo y este no se consuela de ir a tenerlo. y ¡qué ojos, Orfeo, qué ojos! ¡Cómo le fulguraban cuando me dijo: “¡Quiere usted comprarme!, ¡quiere usted comprar no mi amor, que ese no se compra, sino mi cuerpo! ¡Quédese con mi casa!” ¡Comprar yo su cuerpo… su cuerpo… ! ¡Si me sobra el mío, Orfeo, me sobra el mío! Lo que yo necesito es alma, alma, alma. Y una alma de fuego, como la que irradia de los ojos de ella, de Eugenia. ¡Su cuerpo… su cuerpo… sí, su cuerpo es magnífico, espléndido, divino; pero es que su cuerpo es alma, alma pura, todo él vida, todo él significación, todo él idea! A mí me sobra el cuerpo, Orfeo, me sobra el cuerpo porque me falta alma. O ¿no es más bien que me falta alma porque me sobra cuerpo? Yo me toco el cuerpo, Orfeo, me lo palpo, me lo veo, pero ¿el alma?, ¿dónde está mi alma?, ¿es que la tengo? Sólo la sentí resollar un poco cuando tuve aquí abrazada, sobre mis rodillas, a Rosario, a la pobre Rosario; cuando ella lloraba y lloraba yo. Aquellas lágrimas no podían salir de mi cuerpo; salían de mi alma. El alma es un manantial que sólo se revela en lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no alma. Y ahora vamos a dormir, Orfeo, si es que nos dejan.» ...

En la línea 504
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... — ¿Qué toco? ...

En la línea 2039
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Me curaron las manos dos o tres veces por la noche y una por la mañana. Mi brazo izquierdo había sufrido extensas quemaduras, desde la mano hasta el codo, y otras menos graves hasta el hombro; sentía bastante dolor, pero, de todos modos, me alegró que no me hubiese ocurrido cosa peor. La mano derecha no había recibido tantas quemaduras, pero, no obstante, apenas podía mover los dedos. Estaba también vendada, como es natural, pero no tanto como el brazo izquierdo, que llevaba en cabestrillo. Tuve que ponerme la chaqueta como si fuese una capa y abrochada por el cuello. También el cabello se me había quemado, pero no sufrí ninguna herida en la cabeza ni en la cara. Cuando Herbert regresó de Hammersmith, a donde fue a ver a su padre, vino a nuestras habitaciones y empleó el día en curarme. Era el mejor de los enfermeros, y a las horas fijadas me quitaba los vendajes y me bañaba las quemaduras en el líquido refrescante que estaba preparado; luego volvía a vendarme con paciente ternura, que yo le agradecía profundamente. 193 Al principio, mientras estaba echado y quieto en el sofá, me pareció muy difícil y penoso, y hasta casi imposible, apartar de mi mente la impresión que me produjo el brillo de las llamas, su rapidez y su zumbido, así como también el olor de cosas quemadas. Si me adormecía por espacio de un minuto, me despertaban los gritos de la señorita Havisham, que se acercaba corriendo a mí, coronada por altísimas llamas. Y este dolor mental era mucho más difícil de dominar que el físico. Herbert, que lo advirtió, hizo cuanto le fue posible para llevar mi atención hacia otros asuntos. Ninguno de los dos hablábamos del bote, pero ambos pensábamos en él. Eso era evidente por el cuidado que ambos teníamos en rehuir el asunto, aunque nada nos hubiésemos dicho, con objeto de no tener que precisar si sería cuestión de horas o de semanas la curación de mis manos. Como es natural, en cuanto vi a Herbert, la primera pregunta que le dirigí fue para averiguar si todo marchaba bien en la habitación inmediata al río. Contestó afirmativamente, con la mayor confianza y buen ánimo, pero no volvimos a hablar del asunto hasta que terminó el día. Entonces, mientras Herbert me cambiaba los vendajes, más alumbrado por la luz del fuego que por la exterior, espontáneamente volvió a tratar del asunto. - Ayer noche, Haendel, pasé un par de horas en compañía de Provis. - ¿Dónde estaba Clara? - ¡Pobrecilla! - contestó Herbert -. Se pasó toda la tarde subiendo y bajando y ocupada en su padre. Éste empezaba a golpear el suelo en el momento en que la perdía de vista. Muchas veces me pregunto si el padre vivirá mucho tiempo. Como no hace más que beber ron y tomar pimienta, creo que no está muy lejos el día de su muerte. - Supongo que entonces te casarás, Herbert. - ¿Cómo, si no, podría cuidar de Clara? Descansa el brazo en el respaldo del sofá, querido amigo. Yo me sentaré a tu lado y te quitaré el vendaje, tan despacio que ni siquiera te darás cuenta. Te hablaba de Provis. ¿Sabes, Haendel, que mejora mucho? -Ya te dije que la última vez que le vi me pareció más suave. - Es verdad. Y así es, en efecto. Anoche estaba muy comunicativo y me refirió algo más de su vida. Ya recordarás que se interrumpió cuando empezó a hablar de una mujer… ¿Te he hecho daño? Yo había dado un salto, pero no a causa del dolor, sino porque me impresionaron sus palabras. - Había olvidado este detalle, Herbert, pero ahora lo vuelvo a recordar. - Pues bien, me refirió esta parte de su vida, que, ciertamente, es bastante sombría. ¿Quieres que te la cuente, o tal vez te aburro? - Nada de eso. Refiéremela sin olvidar una palabra. Herbert se inclinó hacia mí para mirarme lentamente, tal vez sorprendido por el apresuramiento o la vehemencia de mi respuesta. - ¿Tienes la cabeza fresca? - me preguntó tocándome la frente. - Por completo - le contesté -. Dime ahora lo que te refirió Provis. - Parece… - observó Herbert -. Pero ya hemos quitado este vendaje y ahora viene otro fresco. Es posible que en el primer momento te produzca una sensación dolorosa, pobre Haendel, ¿no es verdad? Pero muy pronto te dará una sensación de bienestar… Parece - repitió - que aquella mujer era muy joven y extraordinariamente celosa y, además, muy vengativa. Vengativa hasta el mayor extremo. - ¿Qué extremo es ése? - Pues el asesinato… ¿Te parece la venda demasiado fría en este lugar sensible? - Ni siquiera la siento… ¿Cuál fue su asesinato? ¿A quién asesinó? - Tal vez lo que hizo no merezca nombre tan terrible -dijo Herbert, - pero fue juzgada por ese crimen. La defendió el señor Jaggers, y la fama que alcanzó con esa defensa hizo que Provis conociese su nombre. Otra mujer más robusta fue la víctima, y parece que hubo una lucha en una granja. Quién empezó de las dos, y si la lucha fue leal o no, se ignora en absoluto; lo que no ofrece duda es el final que tuvo, porque se encontró a la víctima estrangulada. - ¿Resultó culpable la mujer de Provis? - No, fue absuelta… ¡Pobre Haendel! Me parece que te he hecho daño. - Es imposible curar mejor que tú lo haces, Herbert… ¿Y qué más? -Esta mujer y Provis tenían una hijita, una niña a la que Provis quería con delirio. Por la tarde del mismo día en que resultó estrangulada la mujer causante de sus celos, según ya te he dicho, la joven se presentó a Provis por un momento y le juró que mataría a la niña (que estaba a su cuidado) y que él no volvería a verla… Ya tenemos curado el brazo izquierdo, que está más lastimado que el derecho. Lo que falta es ya 194 mucho más fácil. Te curo mejor con la luz del fuego, porque mis manos son más firmes cuando no veo las llagas con demasiada claridad. Creo que respiras con cierta agitación, querido amigo. - Tal vez sea verdad, Herbert… ¿Cumplió su juramento aquella mujer? - Ésta es la parte más negra de la vida de Provis. Cumplió su amenaza. -Es decir, que ella dijo que la había cumplido. - Naturalmente, querido Haendel-replicó Herbert, muy sorprendido e inclinándose de nuevo para mirarme con la mayor atención. - Así me lo ha dicho Provis. Por mi parte, no tengo más datos acerca del asunto. - Es natural. - Por otro lado, Provis no dice si en sus relaciones con aquella mujer utilizó sus buenos o sus malos sentimientos; pero es evidente que compartió con ella cuatro o cinco años la desdichada vida que nos describió aquella noche, y también parece que aquella mujer le inspiró lástima y compasión. Por consiguiente, temiendo ser llamado a declarar acerca de la niña y ser así el causante de la muerte de la madre, se ocultó (a pesar de lo mucho que lloraba a su hijita), permaneció en la sombra, según dice, alejándose del camino de su mujer y de la acusación que sobre ella pesaba, y se habló de él de un modo muy vago, como de cierto hombre llamado Abel, que fue causa de los celos de la acusada. Después de ser absuelta, ella desapareció, y así Provis perdió a la niña y a su madre. - Quisiera saber… - Un momento, querido Haendel, y habré terminado. Aquel mal hombre, aquel Compeyson, el peor criminal entre los criminales, conociendo los motivos que tenía Provis para ocultarse en aquellos tiempos y sus razones para obrar de esta suerte, se aprovechó, naturalmente, de ello para amenazarle, para regatearle su participación en los negocios y para hacerle trabajar más que nunca. Anoche, Provis me dio a entender que eso fue precisamente lo que despertó más su animosidad. - Deseo saber - repetí - si él te indicó la fecha en que ocurrió todo eso. - Déjame que recuerde sus palabras - contestó Herbert. - Su expresión fue: «hace cosa de veinte años, poco tiempo después de haber empezado a trabajar con Compeyson». ¿Qué edad tendrías tú cuando le conociste en el pequeño cementerio de tu aldea? - Me parece que siete años. - Eso es. Dijo que todo aquello había ocurrido tres o cuatro años antes, y añadió que cuando te vio le recordaste a la niñita trágicamente perdida, pues entonces sería de tu misma edad. -Herbert - le dije después de corto silencio y con cierto apresuramiento, - ¿cómo me ves mejor: a la luz de la ventana o a la del fuego? - A la del fuego - contestó Herbert acercándose de nuevo a mí. - Pues rnírame. - Ya lo hago, querido Haendel. - Tócame. - Ya te toco. - ¿Te parece que estoy febril o que tengo la cabeza trastornada por el accidente de la pasada noche? - No, querido Haendel - contestó Herbert después de tomarse algún tiempo para contestarme. - Estás un poco excitado, pero estoy seguro de que razonas perfectamente. - Lo sé - le dije. - Por eso te digo que el hombre a quien tenemos oculto junto al río es el padre de Estella. ...

Errores Ortográficos típicos con la palabra Toco

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