La palabra Misterios ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Bodega de Vicente Blasco Ibañez
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
El Señor de Leopoldo Alas «Clarín»
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
Un viaje de novios de Emilia Pardo Bazán
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece misterios.
Estadisticas de la palabra misterios
Misterios es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 8901 según la RAE.
Misterios aparece de media 8.98 veces en cada libro en castellano.
Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la misterios en las obras de referencia de la RAE contandose 1365 apariciones .
Errores Ortográficos típicos con la palabra Misterios
Cómo se escribe misterios o misterrios?
Cómo se escribe misterios o mizterioz?
Más información sobre la palabra Misterios en internet
Misterios en la RAE.
Misterios en Word Reference.
Misterios en la wikipedia.
Sinonimos de Misterios.

El Español es una gran familia
Algunas Frases de libros en las que aparece misterios
La palabra misterios puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 489
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la naturalidad de la gente campesina, tímida y ruborosa en las relaciones humanas y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las bestias. Y como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas narices de los caballos un lejano perfume de la deseada primavera, comenzaron a relinchar, a dar saltos, a morderse, a estremecer sus vientres con agitaciones de péndulo, a resbalar las patas delanteras sobre las grupas más cercanas, haciendo esfuerzos por libertar sus cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos repartidos a ciegas por _Zarandilla_ hicieron cesar el estruendo de coces y relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres, exhalando los últimos restos de su agitación con bufidos y temblores. ...
En la línea 6324
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... «Esta mujer está llena de misterios» -murmuró para sus adentros D'Artagnan. ...
En la línea 1618
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... No hay en toda España cordillera como ésta, _caballero_; tiene sus secretos, sus misterios. ...
En la línea 1626
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... A mí me enorgullecen esas montañas, _caballero_; si yo fuera hombre independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una _burra_ como la de usted—excelente, por lo que veo, y mucho mejor que la mía—y me iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y haber visto las maravillas que contienen.» No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra, y sólo me detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito se portó muy bien, llegó la noche y aún faltaban dos leguas hasta Talavera. ...
En la línea 5641
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! La razón no explica los misterios, es verdad: pero explica que no se expliquen. ...
En la línea 10461
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... El Magistral arrancó un botón de rosa; con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar misterios naturales debajo de aquellas capas de raso. ...
En la línea 10512
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... En las siguientes filas estaban las educandas de doce y trece primaveras, presumidillas, entonadas; y detrás de estas las señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias, mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de malicia disimulada. ...
En la línea 10515
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Llegó la hora de los discursos, después de los cánticos, en que la voz de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios fisiológicos por que estaban pasando. ...
En la línea 55
del libro El Señor
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Le rodeaba una especie de vacío que le espantaba; en aquella nada que veía en el porvenir cabían todos los misterios peligrosos que el miedo podía imaginar. ...
En la línea 107
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - Voy a pasar la noche en numerosa compañía -se dijo Edwin-. ¡Y yo que me imaginaba esta tierra como un desierto!… Mañana, indudablemente, presenciaré cosas extraordinarias y podré explicarme los misterios de esta noche. ¡Ahora, a dormir! ...
En la línea 293
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... La vida es hermosa, y el reconocía que guarda dulzuras y misterios no sospechados por la Universidad. ...
En la línea 385
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - Va usted a saber -dijo- lo que tanto desea desde que nos conocimos. Vengo para explicarle la historia de este país y lo que fue la Verdadera Revolución. Los misterios y secretos que le preocupan van a desvanecerse. Escuche sin interrumpirme, como hacen las jóvenes que asisten a mi cátedra. Al final me expondrá sus dudas, si es que las tiene, y yo le contestaré. Después de este preámbulo, el profesor empezó su lección. ...
En la línea 36
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la contemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus sentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas flores bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse en ellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en la tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de pañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que se podrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar canastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar y también que tenían olor. Esto era verdad, porque despedían ese tufillo de los embalajes asiáticos, mezcla de sándalo y de resinas exóticas que nos trae a la mente los misterios budistas. ...
En la línea 105
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Andando los años, y cuando ya Estupiñá iba para viejo y no hacía corretaje ni contrabando, desempeñó en la casa de Santa Cruz un cargo muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y fiestas. Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes que consentir que nadie tocase al Delfín (así le solía llamar) en la punta del cabello. Ya era este un polluelo con ínfulas de hombre cuando Estupiñá le llevaba a los Toros, iniciándole en los misterios del arte, que se preciaba de entender como buen madrileño. El niño y el viejo se entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar ninguna regla… Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje, contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en la iglesia de Daganzo de Abajo. ...
En la línea 3398
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —¿Haciendo qué?—Escabeche de besugo.—Bien; me gusta. Jormiguita para cuando vengan los malos tiempos—dijo el Delfín con benévola ironía—. Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad. Te quiero demasiado para andar en misterios contigo. Tú eres razonable, te haces cargo de las cosas y comprenderás que tengo razón en lo que te voy a decir. ...
En la línea 4259
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —¿Yo?… ¿que le explique yo?… —repuso la fundadora con cierto aturdimiento—. Hay en el corazón misterios muy grandes, y en lo que toca a la simpatía, misterios de misterios… ¡Pobre mujer! Y si viera usted qué guapa era cuando polla. Se crió en casa de mis padres. ¡Lástima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresión, eran de lo poco que se ve. Después se echó a perder, y se le puso la cara dura y hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y efectivamente… ...
En la línea 1072
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Durante algunas horas y casi todos los días se descubrían los observatorios del salón y nuestras miradas no se cansaban de penetrar en los misterios del mundo submarino. ...
En la línea 1078
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Así, durante la travesía el mar nos prodigaba incesantemente sus más maravillosos espectáculos, variándolos al infinito y cambiando su decoración y su escenificación para el placer de nuestros ojos. Llamados estábamos no sólo a contemplar en medio del elemento líquido las obras del Creador, sino también a penetrar los más temibles misterios del océano. ...
En la línea 1642
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Ned Land no ha renunciado a la esperanza de recobrar su libertad. Es seguro que ha de aprovechar la primera ocasión que pueda depararle el azar. Sin duda, yo haré como él. Y, sin embargo, sé que no podría llevarme sin un cierto pesar lo que la generosidad del capitán nos ha permitido conocer de los misterios del Nautilus. Pues, en último término, ¿hay que odiar o admirar a este hombre? ¿Es una víctima o un verdugo? Y, además, para ser franco, antes de abandonarle para siempre yo querría haber realizado esta vuelta al mundo bajo los mares, cuyos inicios han sido tan magníficos. Yo querría haber visto lo que ningún hombre ha visto todavía, aun cuando debiera pagar con mi vida esta insaciable necesidad de aprender. ¿Qué he descubierto hasta ahora? Nada, o casi nada, pues aún no hemos recorrido más que seis mil leguas a través del Pacífico. ...
En la línea 3240
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Señor -le dije-, hablar por segunda vez de este asunto no puede ser de su agrado ni del mío, pero puesto que lo hemos abordado vayamos hasta el fin. Se lo repito, no se trata tan sólo de mi persona. Para mí, el estudio es una ayuda, una poderosa diversión, un gran aliciente, una pasión que puede hacerme olvidar todo. Como usted, soy un hombre capaz de vivir ignorado, oscuramente, en la frágil esperanza de legar un día al futuro el resultado de mis trabajos, por medio de un aparato hipotético confiado al azar de las olas y los vientos. En una palabra, yo puedo admirarle, seguirle a gusto en un destino que comprendo en algunos puntos… , aunque hay otros aspectos de su vida que me la hacen entrever rodeada de complicaciones y de misterios de los que, mis compañeros y yo, somos los únicos de aquí que estamos excluidos. Incluso cuando nuestros corazones han podido latir por usted, emocionados por sus dolores o conmovidos por sus actos de genio o de valor, hemos debido sofocar en nosotros hasta el más mínimo testimonio de esa simpatía que hace nacer la vista de lo que es bueno y noble, ya provenga del amigo o del enemigo. Pues bien, es este sentimiento de ser ext-años a todo lo que le concierne a usted lo que hace de nuestra situación algo inaceptable, imposible, incluso para mí, pero sobre todo para Ned Land. Todo hombre, por el solo y mero hecho de serlo, merece consideración. ¿Ha considerado usted los proyectos de venganza que el amor por la libertad y el odio a la esclavitud pueden engendrar en un carácter como el del canadiense? ¿Se ha preguntado usted lo que él puede pensar, intentar, llevar a cabo-… ? ...
En la línea 980
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... A la verdad, infundía tristeza en aquellos días de fin de Octubre, el aspecto de Vichy. No eran sino hojas caídas: el Parque, tan animado siempre, se veía solitario; sólo algunos agüistas tardíos, enfermos de veras, paseaban la acera de asfalto, henchida ayer del roce de ricos trajes y del rumor de alegres conversaciones. Nadie se cuidaba ya de recoger y barrer el amarillo tapiz del follaje, porque Vichy, tan peripuesto y adornado en la estación de aguas, se torna desastrado y desaliñado no bien le vuelven la espalda sus elegantes huéspedes de estío. Toda la villa semejaba una inmensa mudanza: de los chalets, desalquilados ya, desaparecían los adornos y balconadas, para evitar que los pudriesen las lluvias; en las calles se amontonaban la cal, el ladrillo para las obras de albañilería, que nadie osaba emprender en verano por no ensuciar las pulcras avenidas. Las tiendas de objetos de lujo iban cerrándose unas tras otras, y dueños y surtido tomaban el rumbo de Niza, Cannes o cualquiera estación invernal semejante. Algunas quedaban rezagadas todavía, y sus escaparates servían de entretenimiento a Lucía y Pilar, cuando esta última salía a sus despaciosos paseos. Entre ellas se señalaba un almacén de curiosidades, antigüedades y objetos de arte, situado casi frente a la famosa Ninfa, y, por consiguiente, a espaldas del Casino. Angosta en extremo la tienda, apenas podía encerrar el maremágnum de objetos apiñados en ella, que se desbordaban, hasta invadir la acera. Daba gusto revolver por aquellos rincones escudriñar aquí y acullá, hacer a cada instante descubrimientos nuevos y peregrinos. Los dueños del baratillo, ociosos casi todo el día, se prestaban a ello de buen grado. Erase una pareja; él, bohemio del Rastro, ojos soñolientos, raído levitín, corbata rota, semejante a una curiosidad más, a algún mueble usado y desvencijado; ella, rubia, flaca, ondulante, ágil como una zapaquilda de desván, al deslizarse entre los objetos preciosos amontonados hasta el techo. Miraban Lucía y Pilar muy entretenidas la heteróclita mescolanza. En el centro de la tienda se pavoneaba un soberbio velador de porcelana de Sévres y bronce dorado. El medallón principal ofrecía esmaltada, sobre un fondo de ese azul especial de la pasta tierna, la cara ancha, bonachona y tristota de Luis XVI; en torno, un círculo de medallones más chicos, presentaba las gentiles cabezas de las damas de la corte del rey guillotinado; unas empolvado el pelo, con grandes cestos de flores rematando el edificio colosal del peinado, otras con negras capuchas de encaje anudadas bajo la barbilla; todas impúdicamente descotadas, todas risueñas y compuestas, con fresquísima tez y labios de carmín. Si Lucía y Pilar estuviesen fuertes en Historia, ¡a cuánta meditación convidaba la vista de tanto ebúrneo cuello, ornado de collares de diamantes o de estrechas cintas de terciopelo, y probablemente segado más tarde por la cuchilla; ni más ni menos, que el pescuezo del rey que presidía melancólicamente aquella corte! La cerámica era el primor de la colección. Había cantidad de muñequitos de Sajonia, de colores suaves, puros y delicados, como las nubes que el alba pinta; rosados cupidillos, atravesando entre haces de flores azul celeste; pastoras blancas como la leche y rubias como unas candelas, apacentando corderillos atados con lazos carmesíes; zagales y zagalas que amorosamente se requestaban entre sotillos verdegay, sembrados de rosas; violinistas que empuñaban el arco remilgadamente, adelantando la pierna derecha para danzar un paso de minueto; ramilleteras que sonreían como papanatas, señalando hacia el canasto de flores que llevaban en el brazo izquierdo. Próximos a estos caprichos galantes y afeminados, los raros productos del arte asiático proyectaban sus siluetas extrañas y deformes, semejantes a ídolos de un bárbaro culto; por los panzudos tibores, cubiertos de una vegetación de hojas amarillas y flores moradas o color de fuego, cruzaban bandadas de pajarracos estrafalarios, o serpenteaban monstruosos reptiles; del fondo obscuro de los vasos tabicados surgían escenas fantásticas, ríos verdes corriendo sobre un lecho de ocre, kioscos de laca purpúrea con campanillas de oro, mandarines de hopalanda recta y charra, bigotes lacios y péndulos, ojos oblicuos y cabeza de calabacín. Las mayólicas y los platos de Palissy parecían trozos de un bajo fondo submarino, jirones de algún hondo arrecife, o del lecho viscoso de un río; allí entre las algas y fucus resbalaba la anguila reluciente y glutinosa, se abría la valva acanalada de la almeja, coleteaba el besugo plateado, enderezaba su cono de ágata el caracol, levantaba la rana sus ojos fríos, y corría de lado el tenazudo cangrejo, parecido a negro arañón. Había una fuente en que Galatea se recostaba sobre las olas, y sus corceles azules como el mar sacaban los pies palmeados, mientras algunos tritones soplaban, hinchados los carrillos, en la retuerta bocina. Amén de las porcelanas, había piezas de argentería antigua y pesada, de esas que se legan de padres a hijos en los honrados hogares de provincia: monumentales salvillas, anchas bandejas, soperones rematados en macizas alcachofas; había cofres de madera embutidos de nácar y marfil, arquillas de hierro labradas como una filigrana, tanques de loza con aro de metal, de formas patriarcales, que recordaban los bebedores de cerveza que inmortalizó el arte flamenco. Pilar se embobaba especialmente con las copas de ágata que servían de joyeros, con las alhajas de distintas épocas, entre las cuales había desde el amuleto de la dama romana hasta el collar, de pedrería contrahecha y finos esmaltes, de la época de María Antonieta; pero Lucía se enamoró sobre todo de los objetos de iglesia, que despertaban el sentimiento religioso, tan hecho para conmover su alma sincera y vehemente. Dos Apóstoles, alzado el dedo al cielo en grave actitud se destacaban, fileteados de latón los contornos, sobre dos cristales de colores, arrancados sin duda de la ojiva de algún desmantelado monasterio. En un tríptico de rancio y acaramelado marfil, aparecía Eva, magra y desnuda, ofreciendo a Adán la manzana funesta, y la Virgen, en los misterios de su Anunciación y Ascensión; todo trabajado incorrectamente, con ese candor divino del primitivo arte hierático, de los siglos de fe. A despecho de la rudeza del diseño, gustaba a Lucía la figura de la Virgen, la modestia de sus ojos bajos, la mística idealidad de su actitud. Si poseyese una cantidad crecida de dinero, a buen seguro que la daría por un Cristo que andaba confundido entre otras curiosidades, en el baratillo. Era de marfil también, y todo de una pieza, menos los brazos; y clavado en rica cruz de concha, agonizaba con dolorosa verdad, encogidos músculos y nervios en una contracción suprema. Tres clavos de diamante trucidaban sus manos y pies. Lucía le rezaba todos los días un padrenuestro, y aun solía besar sus rodillas, cuando no la miraba nadie. ...
En la línea 1171
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... -No, Don Ignacio; diré la verdad… creo que ya es mejor que la diga, porque tiene usted razón, he venido aquí… Sí, señor; oígalo usted. Yo le quiero como una loca, desde Bayona… no desde que le vi… Ya lo oye usted. Yo no tengo la culpa; ha sido contra mi voluntad, bien lo sabe Dios… Al principio creí que no era posible, que sólo me daba usted… lástima… y así… mucho agradecimiento por sus bondades conmigo… Creía yo que una mujer casada sólo puede querer a su marido… Si alguien me dijese que era esto… le insultaría, de fijo… Pero a fuerza de cavilar… no, yo no lo acerté, ni por pienso… Fue otro, fue quien conoce y entiende más que yo de los misterios del corazón… Mire usted, si yo supiese que era usted feliz, me hubiera curado… y también si alguien me mostrase compasión a su vez… ¡Caridad! ¡Compasión!… Yo la tengo de todo el mundo… y de mí… nadie, nadie la tiene… Así es que… ¿Se acuerda usted de lo alegre que era yo? Usted aseguraba que mi presencia le traía regocijo… Pues… ya me he acostumbrado a pensar cosas tan negras como usted… Y a desear la muerte. Si no fuese por lo que espero… me daría el mejor rato del mundo el que me pusiese donde está Pilar. Yo era fuerte y sana… Ya no tengo ni una hora buena. Esto ha sido como si un rayo me abrasase toda… Es un azote de Dios. Lo más amargo de todo es pensar en usted… que ha de ser desdichado en este mundo, réprobo en el otro… ...

la Ortografía es divertida
Busca otras palabras en esta web
Palabras parecidas a misterios
La palabra entraban
La palabra fealdad
La palabra jacas
La palabra custodia
La palabra confiados
La palabra encierro
La palabra elogiaba
Webs Amigas:
VPO en San Sebastian . Playas de Nerja . Cruceros de Geiranger . - Apartamentos en Caños De Meca Caños Corporativa