La palabra Miraron ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Sandokán: Los tigres de Mompracem de Emilio Salgàri
Grandes Esperanzas de Charles Dickens
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
Fantina Los miserables Libro 1 de Victor Hugo
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece miraron.
Estadisticas de la palabra miraron
Miraron es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 12973 según la RAE.
Miraron aparece de media 5.53 veces en cada libro en castellano.
Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la miraron en las obras de referencia de la RAE contandose 841 apariciones .
Errores Ortográficos típicos con la palabra Miraron
Cómo se escribe miraron o mirrarron?
Más información sobre la palabra Miraron en internet
Miraron en la RAE.
Miraron en Word Reference.
Miraron en la wikipedia.
Sinonimos de Miraron.

la Ortografía es divertida
Algunas Frases de libros en las que aparece miraron
La palabra miraron puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 5389
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Los cuatro filósofos se miraron todo pasmados: el señor de Tréville no bromeaba en materia de disciplina. ...
En la línea 7387
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Cuando el joven guardia y los tres mosqueteros estuvieron sin tes tigos, se miraron de una forma que quería decir que todos compren dían la gravedad de la situación. ...
En la línea 7793
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Porthos y Aramis se miraron; comenzaban a comprender. ...
En la línea 8083
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... ¿Tenéis, pues, dinero?Los cuatro amigos se miraron, y una nube pasó por las frentes que un instante antes estaban despejadas. ...
En la línea 1211
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Todo ello es una pura estafa; el burro vuelve a su dueño y la cuadrilla se reparte la ganancia; es una infamia que se evitaría, a mi parecer, con sólo prohibir hablar el _caló_; porque, ¿qué otra cosa sino las palabras en _caló_ dichas a su oído, pudo inducir al jumento a portarse de tan inconcebible manera?» Ambos parecían completamente convencidos de la exactitud de esta conclusión, y continuaron fumando hasta consumir los cigarros; entonces se levantaron, se atusaron las patillas, nos miraron con fiero desden, y arrojando al suelo las puntas de los cigarros, salieron de la habitación a paso largo. ...
En la línea 3151
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Miráronse con asombro unos a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es alto y rubio como aquella gente». ...
En la línea 3677
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Uno de los dependientes de la iglesia me ha contado que una noche estaba de guardia con un compañero dentro de la iglesia, porque unos ladrones habían asaltado poco antes una de las capillas y cometido un sacrilegio; el tiempo se les hacía pesado, y para entretenerse, en el silencio de la noche, tomaron una palanca, removieron la losa y miraron en la sima abierta: estaba obscura como una tumba; entonces ataron un peso al extremo de una cuerda larga y lo echaron dentro. ...
En la línea 4152
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Miráronse unos a otros, y miraron mi pasaporte. ...
En la línea 5789
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... En fin, su grandeza, su contoneo, su negrura y su acompañamiento pudiera y pudo suspender a todos aquellos que sin conocerle le miraron. ...
En la línea 5821
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... La cola, o falda, o como llamarla quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de tres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática figura con aquellos tres ángulos acutos que las tres puntas formaban, por lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se debía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las Tres Faldas; y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se llama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos, y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, por ser costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación de sus nombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero esta condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el Trifaldi. ...
En la línea 6106
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Levantaron la voz los de abajo, tanto, que pudo oír estas razones: -No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto que este forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé cantar, sino llorar; cuanto más, que el sueño de mi señora tiene más de ligero que de pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesoro del mundo. ...
En la línea 6485
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas. ...
En la línea 1965
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Las dos hermanas se miraron. ...
En la línea 2097
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto bien. ...
En la línea 9171
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Callaron y se miraron. ...
En la línea 11970
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Otra vez se miraron. ...
En la línea 454
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... No quiero entrar en los detalles de la Verdadera Revolución, pues esto alargaría mucho mis explicaciones. Baste decir que al día siguiente andaban fugitivos y aterrados por todo el territorio de la República los hombres, que horas antes se creían eternamente superiores. Era tal el terror infundido por los 'rayos negros', que todo el que tenía armas se apresuraba a dejarlas abandonadas en medio de los campos. Los padres y los maridos miraron con nuevos ojos a las mujeres dentro de sus casas. Imploraban su protección para que intercediesen con el gobierno femenino. ...
En la línea 588
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Los numerosos pigmeos se miraron inquietos al oír este trueno que hacía temblar el techo, profiriendo palabras incomprensibles. Al fin, por uno de los cuatro escotillones que daban salida a los caminos en rampa arrollados en torno a las patas de la mesa, vio aparecer al mismo hombrecillo que le había hablado horas antes. Llegaba con el rostro oculto por sus tocas, y sin esperar a que Gillespie le preguntase, explicó a gritos la larga ausencia de Flimnap. Este había tenido que salir en las primeras horas de la mañana para la antigua capital de Blefuscu, pero volvería al día siguiente. Con las máquinas voladoras era fácil dicho viaje, que en otras épocas exigía mucho tiempo. El gobierno municipal de la citada ciudad le había llamado urgentemente para que diese una conferencia sobre el Hombre-Montaña, explicando sus costumbres y sus ideas. ...
En la línea 1085
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El doctor, que remontaba, bufando de angustia, esta rampa interminable, sintió de pronto que crujía bajo sus pies e iba a romperse definitivamente, haciéndole caer de una altura igual a doce o quince veces la longitud de su cuerpo. El terror le hizo pedir socorro con chillidos de angustia. Fuera del local, los servidores y los maltrechos policías se miraron con una expresión de inteligencia: ...
En la línea 815
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... «¡Eh!, chiquillos, venid acá» repitió Guillermina; y se fueron acercando escalonados por secciones, como cuando se va a dar un ataque. Algunos, más resueltos, las manos a la espalda, miraron a las dos damas del modo más insolente. Pero uno de ellos, que sin duda tenía instintos de caballero, se quitó de la cabeza un andrajo que hacía el papel de gorra y les preguntó que a quién buscaban. «¿Eres tú del señor de Ido?». El rapaz respondió que no, y al punto destacose del grupo la niña de las zancas largas, de las greñas sueltas y de los zapatos de orillo, apartando a manotadas a todos los demás muchachos que se enracimaban ya en derredor de las señoras. ...
En la línea 1626
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Entró Barbarita y miró alarmada a su hijo, pero antes de tomar ninguna disposición, echole una buena reprimenda porque no se recataba del crudísimo viento seco del Norte que en aquellos días reinaba. Juan entonces se puso a tiritar, dando diente con diente. El frío que le acometió fue tan intenso que las palabras de queja salían de sus labios como pulverizadas. La madre y la esposa se miraron con terror consultándose recíprocamente en silencio sobre la gravedad de aquellos síntomas… Es mucho Madrid este. Sale de caza un cristiano por esas calles, noche tras noche. ¿En dónde estará la res? Tira por aquí, tira por allá, y nada. La res no cae. Y cuando más descuidado está el cazador, viene callandito por detrás una pulmonía de la finas, le apunta, tira, y me le deja seco. ...
En la línea 2636
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador. ...
En la línea 2746
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Lo más particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con tanto cuidado, había sentido, allá en el más apartado escondrijo de su alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podría ser ilusión suya; pero creía ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona que tras esta, a su parecer, estaba… Le conocía, ¡cosa más rara!, en la manera de empujar, en la manera de rasguñar la fechadura en la manera de probar una llave que no servía. Durante un rato, señora y criada no se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro del cráneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la señora sus ojos de gato, y su irónica sonrisa podría ser lo mismo el único aspecto cómico de la escena que el más terrible y dramático. Pero de repente, sin saber cómo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada pareció que se entendieron. Patria le decía con sus ojuelos que arañaban: «Abra usted, tonta, y déjese de remilgos». La señora decía: «¿Le parece a usted bien que abra?… ¿Cree usted que… ?». ...
En la línea 263
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Nadie sonrió; todos se quedaron absolutamente perplejos y se miraron unos a otros con gran aflicción, pidiéndose consejo. ¡Mirad!, esto era un atolladero, y no había nada en la historia inglesa que dijera cómo salir de él. No se hallaba presente el maestro de ceremonias; no había nadie que se sintiera seguro para aventurarse en aquel inexplorado mar ni para arriesgarse a intentar resolver este solemne problema. ¡Cielos! No había rascador hereditario. Entretanto, las lagrimas habían desbordado su dique y empezaron a rodar por las mejillas de Tom. La comezón en su nariz pedía alivio con más urgencia que nunca. Finalmente, la natuealeza derribó las barreras de la etiqueta: Tom elevó en su interior una plegaria de perdón por si obraba mal, y trajo consuelo a los afligidos corazones de sus cortesanos rascándose la nariz por sí mismo. ...
En la línea 881
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Acercáronse más, dando vueltas tímidamente y reconociéndole de pies a cabeza desde todas partes, como si fuera una especie nueva y extraña de animal; como si casi temieran que fuera una clase de animal que mordiera llegada la ocasión. Se detuvieron, por fin, delante de él, cogidas de las manos para protegerse mutuamente, y le miraron harto rato con inocentes ojos. Después una de ellas, con alarde de valor, preguntó con llaneza: ...
En la línea 887
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Las niñas se miraron una a otra, luego le miraron a él y volvieron a mirarse entre sí, maravilladas y confusas. Después una de ellas dijo: ...
En la línea 887
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Las niñas se miraron una a otra, luego le miraron a él y volvieron a mirarse entre sí, maravilladas y confusas. Después una de ellas dijo: ...
En la línea 1151
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... Los dos piratas se miraron a la lívida luz de un relámpago. Uno estaba tranquilo; al otro lo agitaba una emoción indescriptible. ...
En la línea 2326
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... Como dijo Sandokán, la suspensión de la vida duraba justo seis horas, porque apenas cayeron en los abismos del mar los dos piratas volvieron en sí, sin experimentar la menor alteración de sus fuerzas. Con un vigoroso golpe de talones, subieron a la superficie y miraron anhelantes a su alrededor. ...
En la línea 219
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Creo que los romanos se debieron de exasperar unos a otros a causa de sus narices. Quizá por esto fueron el pueblo más intranquilo que se ha conocido. Pero sea lo que fuere, la nariz romana del señor Wopsle me irritó de tal manera durante el relato de mis fechorías, que sentí el deseo de tirarle de ella hasta hacerle aullar. Pero lo que había tenido que aguantar hasta entonces no fue nada en comparación con las espantosas sensaciones que se apoderaron de mí cuando se interrumpió la pausa que siguió al relato de mi hermana, y durante la cual todos me miraron, mientras yo me sentía dolorosamente culpable, con la mayor indignación y execración. ...
En la línea 286
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Con el corazón palpitante, a pesar de ir montado en Joe, miré alrededor para observar si divisaba alguna señal de la presencia de los penados. Nada pude ver ni oír. El señor Wopsle me había alarmado varias veces con su respiración agitada, pero ahora ya sabía distinguir los sonidos y podía disociarlos del objeto de nuestra persecución. Me sobresalté mucho cuando tuve la ilusión de que seguía oyendo la lima, pero resultó no ser otra cosa que el cencerro de una oveja. Ésta cesó de pastar y nos miró con timidez. Y sus compañeras, volviendo a un lado la cabeza para evitar el viento y la cellisca, nos miraron irritadas, como si fuésemos responsables de esas molestias. Pero a excepción de esas cosas y de la incierta luz del crepúsculo en cada uno de los tallos de la hierba, nada interrumpía la inerte tranquilidad de los marjales. ...
En la línea 596
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... El señor Pumblechook y la señora Joe se miraron uno a otro, muy asombrados, y repitieron: ...
En la línea 603
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... El señor Pumblechook y la señora Joe se miraron otra vez, con el mayor asombro. Yo estaba verdaderamente furioso, como un testigo testarudo sometido a la tortura, y en aquellos momentos habría sido capaz de referirles cualquier cosa. ...
En la línea 1567
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Raskolnikof se había dirigido al puente de ***. Se internó en él, se acodó en el pretil y su mirada se perdió en la lejanía. Estaba tan débil, que le había costado gran trabajo llegar hasta allí. Sentía vivos deseos de sentarse o de tenderse en medio de la calle. Inclinado sobre el pretil, miraba distraído los reflejos sonrosados del sol poniente, las hileras de casas oscurecidas por las sombras crepusculares y a la orilla izquierda del río, el tragaluz de una lejana buhardilla, incendiado por un último rayo de sol. Luego fijó la vista en las aguas negras del canal y quedó absorto, en atenta contemplación. De pronto, una serie de círculos rojos empezaron a danzar ante sus ojos; las casas, los transeúntes, los malecones, empezaron también a danzar y girar. De súbito se estremeció. Una figura insólita, horrible, que acababa de aparecer ante él, le impresionó de tal modo, que no llegó a desvanecerse. Había notado que alguien acababa de detenerse cerca de él, a su derecha. Se volvió y vio una mujer con un pañuelo en la cabeza. Su rostro, amarillento y alargado, aparecía hinchado por la embriaguez. Sus hundidos ojos le miraron fijamente, pero, sin duda, no le vieron, porque no veían nada ni a nadie. De improviso, puso en el pretil el brazo derecho, levantó la pierna del mismo lado, saltó la baranda y se arrojó al canal. ...
En la línea 1606
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Los dos trabajadores se miraron con expresión interrogante. ...
En la línea 2338
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Raskolnikof entró en el despacho con el gesto del hombre que hace descomunales esfuerzos para no reventar de risa. Le seguía Rasumikhine, rojo como la grana, cohibido, torpe y transfigurado por el furor del semblante. Su cara y su figura tenían en aquellos momentos un aspecto cómico que justificaba la hilaridad de su amigo. Raskolnikof, sin esperar a ser presentado, se inclinó ante el dueño de la casa, que estaba de pie en medio del despacho, mirándolos con expresión interrogadora, y cambió con él un apretón de manos. Pareciendo todavía que hacía un violento esfuerzo para no echarse a reír, dijo quién era y cómo se llamaba. Pero apenas se había mantenido serio mientras murmuraba algunas palabras, sus ojos miraron casualmente a Rasumikhine. Entonces ya no pudo contenerse y lanzó una carcajada que, por efecto de la anterior represión, resultó más estrepitosa que las precedentes. ...
En la línea 2957
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... El pasillo estaba oscuro y ellos se habían detenido cerca de la lámpara. Se miraron en silencio. Rasumikhine se acordaría de este momento toda su vida. La mirada ardiente y fija de Raskolnikof parecía cada vez más penetrante, y Rasumikhine tenía la impresión de que le taladraba el alma. De súbito, el estudiante se estremeció. Algo extraño acababa de pasar entre ellos. Fue una idea que se deslizó furtivamente; una idea horrible, atroz y que los dos comprendieron… Rasumikhine se puso pálido como un muerto. ...
En la línea 560
del libro Fantina Los miserables Libro 1
del afamado autor Victor Hugo
... Las cuatro jóvenes se miraron. ...
En la línea 1160
del libro Fantina Los miserables Libro 1
del afamado autor Victor Hugo
... Cochepaille se levantó la manga y todos miraron. Allí estaba la fecha. ...

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