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La palabra mandado
Cómo se escribe

la palabra mandado

La palabra Mandado ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
Memoria De Las Islas Filipinas. de Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
A los pies de Vénus de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Grandes Esperanzas de Charles Dickens
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
El jugador de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
Fantina Los miserables Libro 1 de Victor Hugo
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece mandado.

Estadisticas de la palabra mandado

Mandado es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 9556 según la RAE.

Mandado aparece de media 8.24 veces en cada libro en castellano.

Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la mandado en las obras de referencia de la RAE contandose 1252 apariciones .

Más información sobre la palabra Mandado en internet

Mandado en la RAE.
Mandado en Word Reference.
Mandado en la wikipedia.
Sinonimos de Mandado.


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece mandado

La palabra mandado puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 3422
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Sólo el de Mosquetón, que había viajado sin amo durante cinco o seis horas la víspera, habría podido continuar la ruta; pero por un error inconcebible, el veterinario al que se había mandado a buscar, según parecía, para sangrar al caballo del hostele ro, había sangrado al de Mosquetón. ...

En la línea 9712
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Como si desconfiase de mí, ha querido custodiaros él mismo y me ha mandado en su lugar a hacer firmar a Buckingham la orden de vuestra deportación. ...

En la línea 359
del libro Memoria De Las Islas Filipinas.
del afamado autor Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
... Los portes de las cartas, ó sea la tarifa de sus precios, tambien han sufrido variaciones en distintas épocas, y siempre en aumento progresivo en favor de la renta; pues que á fines del pasado siglo las tarifas marcaban un peso por onza, y dos reales plata fuerte por cada carta sencilla ó que no llegase á media onza; y en el dia la tarifa marca de porte doce reales plata fuerte por cada onza, y cuatro reales idem idem por carta sencilla; más en esto no hay por qué detenerse; los portes se pagan como está mandado últimamente, y de ello no hay reclamacion alguna. ...

En la línea 6024
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... —¿Para qué ha mandado usted buscar una _soga_ esta tarde?—preguntó el funcionario. ...

En la línea 6025
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... —Yo no he mandado por la _soga_—respondió el preso—. ...

En la línea 6074
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. ...

En la línea 6780
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Al cabo me alivié, y, discurriendo sobre el caso, decía entre mí: «¿No sería cuerdo ir en busca del rey moro y pedirle venganza por la muerte de mi padre, y que sus expoliadores sean a su vez expoliados, y el tesoro, el propio tesoro de mi padre, sea arrancado de sus manos y se me entregue a mí, que soy su hijo?» En aquel tiempo el rey de los moros no estaba en Fez, estaba ausente en sus guerras; y, levantándome, le seguí hasta Arbat, que es puerto de mar, y cuando allí llegué no le encontré; pero su hijo sí estaba, y dijéronme que hablar al hijo era como hablar al rey, al propio Muley Abderrahmán; fuí, pues, a ver al hijo del rey, y me eché a sus plantas y elevé mi voz, y le dije lo que tenía que decirle, y me miró benignamente y dijo: «En verdad tu historia es lastimosa y me entristece; y eso que pides yo lo otorgo, y la muerte de tu padre será vengada y sus expoliadores expoliados; te escribiré una carta de mi puño para el pachá, el propio pachá de Tafilaltz, y le ordenaré que averigüe el caso, y esa carta tú mismo la llevarás para entregársela.» Y al oír esas palabras, mi corazón se moría de miedo dentro del pecho, y contesté: «No tal, señor; bien está que escribas una carta al pachá, al propio pachá de Tafilaltz; pero esa carta yo no la tomaré, ni iré a Tafilaltz, pues apenas llegase, y conocido mi mandado, los moros se levantarían contra mí y me darían muerte, o pública o secretamente, porque ¿no eran moros los asesinos de mi padre? ¿Y soy yo algo más que un judío, aunque judío polaco?» Y con rostro benigno, dijo: «En verdad, hablas cuerdamente; escribiré esa carta, pero no la llevarás tú, la mandaré por otras manos; por tanto, tranquiliza tu corazón y no dudes que, si la historia es cierta, la muerte de tu padre será vengada, y el tesoro o su equivalente se recobrará y te será entregado; dime, pues, ahora: ¿dónde piensas vivir hasta entonces?» Y yo le dije: «Señor, iré al país de Suz, y allí esperaré.» Y replicó: «Sea, y no tardarás en saber de mí.» Me levanté, pues, y salí, y me fuí al país de Suz hasta Swirah, que los nazarenos llaman Mogador, y allí, con turbado corazón, esperé noticias del hijo del rey moro; pero las noticias no llegaron, y nunca más desde tal día he vuelto a saber de él, y ya hace tres años que estuve en su presencia. ...

En la línea 13
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Por mandado del Rey nuestro señor: Juan de Amezqueta. ...

En la línea 232
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Siguióle el labrador con los ojos, y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y díjole: -Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado. ...

En la línea 314
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... -Que me place, señor mío -respondía ella; y con mucha alegría ejecutaba lo que le era mandado. ...

En la línea 370
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... -Lloráralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera mandado quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de Ovidio. ...

En la línea 2428
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Poco después se descubrió al autor, al jefe que había mandado aquella tropa y se provocó una reunión para tratar el asunto ...

En la línea 2478
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Sabía de varios tenientes generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones, como en efecto las había perdido el general inepto. ...

En la línea 3226
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada artísticos. ...

En la línea 8071
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Aquellos ocho años vividos al lado de un hombre que ella creía vulgar, bueno de la manera más molesta del mundo, maniático, insustancial; aquellos ocho años de juventud sin amor, sin fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras, rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y tener en qué fundar la predilección con que la miraba. ...

En la línea 8198
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... La González era cómica por amor; se había enamorado de Perales, que la había robado; casados en secreto, recorrían después todas las provincias, y para ayuda del presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos, se decidió a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la había mandado imitar, pero en algunas ocasiones se atrevía a ser original y hacía excelentes papeles de virgen amante. ...

En la línea 1505
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El verdadero ejército de los conjurados, que se mantenía esperando órdenes a varias millas de Sinigaglia, al saber lo ocurrido se apresuró a retirarse, no obstante estar mandado por un sobrino y un hermano de los presos. Terminada esta operación tan rápida y eficaz, el duque de las Romanas se posesionó de la fortaleza de Sinigaglia antes que se ocultase el sol, tal como lo había prometido. ...

En la línea 2906
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa. Estaba lívido, y de lívido pasó a verde, cuanto Patricia le dijo que la señorita había salido a compras. Dejándose llevar de su insensato recelo, interrogó a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a buena parte iba. Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entró, el marido había mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de la sala. «¿De dónde vienes?» le preguntó.—«Me parece—replicó ella—, haberte dicho que iba a comprar este retor». Mostró un envoltorio, después un paquetito, y otro. «¿Ves?… la sopa Juliana que tanto te gusta… ». ...

En la línea 3392
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Y en alta voz: «Dime, ¿por qué no te has puesto la bata de seda, como te he mandado?». ...

En la línea 3933
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Lo ha mandado el médico. Dice que es medicina. Parece aquello de al revés te lo digo. ...

En la línea 3973
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Enterose la dama minuciosamente de cómo había pasado la noche, de quiénes se quedaron a velarla, de lo que había dicho el médico en la visita de la mañana. A todo contestó Severiana: el doctor había mandado que se le diera doble dosis de la nuez cómica, seguir con las cucharadas por la noche, las papeletitas por el día, y a sus horas el Jerez o Pajarete. Guillermina, sin dejar de oír esto, empezaba a poner su atención en otra cosa. Frente a la ventana y formando ángulo recto con la cama habían puesto la mesa, que debía ser altar, y en ella estaba de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared todos los clavos que creía necesarios para suspender la decoración proyectada. ...

En la línea 982
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –¡Oh, mi buen señor! ¿Acaso os, referís al andrajoso vagabundo que llegó aquí anoche? Ya que un hombre como vos se interesa por un arrapiezo como él, sabed que ha ido a hacer un mandado. No tardará en venir. ...

En la línea 985
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –Sea, pues. Trataré de esperar. Pero… , un momento. ¿Decís que ha ido a un mandado? ¿Vos lo habéis enviado? Mentís; porque él no habría ido. Os habría tirado de esas viejas barbas si hubiérais osado semejante insolencia. Has mentido, amigo, seguramente has mentido. No iría ni por ti ni por otro hombre alguno. ...

En la línea 779
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... — La señorita Havisham me ha mandado venir - expliqué. ...

En la línea 897
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Me intranquilizó mucho el caso del joven caballero pálido. Cuanto más recordaba la pelea y mentalmente volvía a ver a mi antagonista en el suelo, en las varias fases de la lucha, mayor era la certidumbre que sentía de que me harían algo. Sentía que la sangre del joven y pálido caballero había caído sobre mi cabeza, y me decía que la ley tomaría venganza de mí. Sin tener idea clara de cuáles eran las penalidades en que había incurrido, para mí era evidente que los muchachos de la aldea no podrían recorrer la comarca para ir a saquear las casas de la gente y acometer a los jóvenes estudiosos de Inglaterra, sin quedar expuestos a severos castigos. Durante varios días procuré no alejarme mucho de mi casa, y antes de salir para cualquier mandado miraba a la puerta de la cocina con la mayor precaución y hasta con cierto temblor, temiendo que los oficiales de la cárcel del condado vinieran a caer sobre mí. La nariz del pálido y joven caballero me había manchado los pantalones, y en el misterio de la noche traté de borrar aquella prueba de mi crimen. Al chocar contra los dientes de mi antagonista me herí los puños, y retorcí mi imaginación en un millar de callejones sin salida, mientras buscaba increíbles explicaciones para justificar aquella circunstancia condenatoria cuando me curasen ante los jueces. ...

En la línea 1444
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... El señor Jaggers me había mandado debidamente sus señas; vivía en Little Britain, y él había escrito luego a mano, en su tarjeta: Precisamente al salir de Smithfield y cerca de la oficina de la diligencia.Sin embargo, un cochero de alquiler, que parecía tener en su levitón tantas esclavinas como años, me metió en su coche haciendo luego tantos preparativos como si se tratase de hacer un viaje de cincuenta millas. Fue también obra de mucho tiempo su ascenso al pescante, cubierto de un paño verdoso y manchado por las inclemencias del tiempo y comido ya de polillas. Era un estupendo carruaje, adornado exteriormente por seis coronas, y detrás había numerosas agarraderas estropeadas para que se apoyasen no sé cuántos lacayos. Debajo habían puesto unas cuantas púas para contener a los lacayos por afición que se sintieran tentados de montar. ...

En la línea 1464
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... - No pregunto cuándo lo han mandado ustedes ni dónde, así como tampoco si lo han mandado. ¿Lo ha recibido Wemmick? ...

En la línea 977
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Has hecho bien en volver en ti ‑siguió diciendo‑. Hace ya cuatro días que no te alimentas: lo único que has tomado ha sido unas cucharadas de té. Te he mandado a Zosimof dos veces. ¿Te acuerdas de Zosimof? Te ha reconocido detenidamente y ha dicho que no tienes nada grave: sólo un trastorno nervioso a consecuencia de una alimentación deficiente. «Falta de comida ‑dijo‑. Esto es lo único que tiene. Todo se arreglará.» Está hecho un tío ese Zosimof. Es ya un médico excelente… Bueno ‑dijo dirigiéndose al mozo‑, no quiero hacerle perder más tiempo. Haga el favor de explicarme el motivo de su visita… Has de saber, Rodia, que es la segunda vez que la casa Chelopaief envía un empleado. Pero la visita anterior la hizo otro. ¿Quién es el que vino antes que usted? ...

En la línea 1764
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Lo sabía, estaba seguro de que te había mandado Sonia. ...

En la línea 1845
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Sí, ha sido muy amable… Oye, Dunia, he dicho a ese hombre que lo iba a tirar por la escalera y lo he mandado al diablo. ...

En la línea 3622
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Piénselo bien, señorita. Le doy tiempo para que reflexione. Comprenda que si no estuviera completamente seguro de lo que digo, me guardaría mucho de acusarla tan formalmente como lo estoy haciendo. Tengo demasiada experiencia para exponerme a un proceso por difamación… Esta mañana he negociado varios títulos por un valor nominal de unos tres mil rublos. La suma exacta consta en mi cuaderno de notas. Al regresar a mi casa he contado el dinero: Andrés Simonovitch es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he puesto en una cartera que me he guardado en el bolsillo. Sobre la mesa han quedado alrededor de quinientos rublos, entre los que había tres billetes de cien. Entonces ha llegado usted, llamada por mí, y durante todo el tiempo que ha durado su visita ha dado usted muestras de una agitación extraordinaria, hasta el extremo de que se ha levantado tres veces, en su prisa por marcharse, aunque nuestra conversación no había terminado. Andrés Simonovitch es testigo de que todo cuanto acabo de decir es exacto. Creo que no lo negará usted, señorita. La he mandado llamar por medio de Andrés Simonovitch con el exclusivo objeto de hablar con usted sobre la triste situación en que ha quedado su segunda madre, Catalina Ivanovna (cuya invitación me ha sido imposible atender), y tratar de la posibilidad de ayudarla mediante una rifa, una suscripción o algún otro procedimiento semejante… Le doy todos estos detalles, en primer lugar, para recordarle cómo han ocurrido las cosas, y en segundo, para que vea usted que lo recuerdo todo perfectamente… Luego he cogido de la mesa un billete de diez rublos y se lo he entregado, haciendo constar que era mi aportación personal y el primer socorro para su madrastra… Todo esto ha ocurrido en presencia de Andrés Simonovitch. Seguidamente la he acompañado hasta la puerta y he podido ver que estaba tan trastornada como cuando ha llegado. Cuando usted ha salido, yo he estado conversando durante unos diez minutos con Andrés Simonovitch. Finalmente, él se ha retirado y yo me he acercado a la mesa para recoger el resto de mi dinero, contarlo y guardarlo. Entonces, con profundo asombro, he visto que faltaba uno de los tres billetes. Comprenda usted, señorita. No puedo sospechar de Andrés Simonovitch. La simple idea de esta sospecha me parece un disparate. Tampoco es posible que me haya equivocado en mis cuentas, porque las he verificado momentos antes de llegar usted y he comprobado su exactitud. Comprenda que la agitación que usted ha demostrado, su prisa en marcharse, el hecho de que haya tenido usted en todo momento las manos sobre la mesa, y también, en fin, su situación social y los hábitos propios de ella, son motivos suficientes para que me vea obligado, muy a pesar mío y no sin cierto horror, a concebir contra usted sospechas, crueles sin duda pero legítimas. Quiero añadir y repetir que, por muy convencido que esté de su culpa, sé que corro cierto riesgo al acusarla. Sin embargo, no vacilo en hacerlo, y le diré por qué. Lo hago exclusivamente por su ingratitud. La llamo para hablar de una posible ayuda a su infortunada segunda madre, le entrego mi óbolo de diez rublos, y he aquí el pago que usted me da. No, esto no está nada bien. Necesita usted una lección. Reflexione. Le hablo como le hablaría su mejor amigo, y, en verdad, no puede usted tener en este momento otro amigo mejor, pues, si no lo fuese, procedería con todo rigor e inflexibilidad. Bueno, ¿qué dice usted? ...

En la línea 1028
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... —Hola, amigo Alexei Ivanovitch —dijo, saludándome con gravedad—. Excúsame por haberte molestado una vez más, perdona a una anciana. Lo he perdido todo allá abajo, cerca de cien mil rublos. Tenías mucha razón al no querer acompañarme ayer. Me encuentro ahora aquí sin recursos. No quiero perder un solo minuto y me voy a las nueve y media. He mandado a buscar a ese inglés amigo tuyo, Mr. Astley, para pedirle prestados tres mil francos por ocho días. Tranquilízale en caso de que tenga dudas. Tengo todavía algo, amigo mío. Poseo tres fincas y dos casas. Me queda dinero líquido, pues no lo traje todo conmigo. Digo esto para que no tenga recelos… ¡Ya está aquí! Bien se ve que es una buena persona. ...

En la línea 1030
del libro Fantina Los miserables Libro 1
del afamado autor Victor Hugo
... Y siguió cuestionándose. Reconoció que su vida tenía un objetivo, pero ¿cuál? ¿Ocultar su nombre? ¿Engañar a la policía? ¿No tenía otro objetivo su vida, el objetivo verdadero, el de salvar no su persona sino su alma, ser bueno y honrado, ser justo? ¿No era esto lo que él había querido y lo que el obispo le había mandado? Sintió que el obispo estaba ahí con él, que lo miraba fijamente, y que si no cumplía su deber, el alcalde Magdalena con todas sus virtudes sería odioso a sus ojos, y en cambio el presidiario Jean Valjean sería un ser admirable y puro. Los hombres veían su máscara, pero el obispo veía su conciencia. ...


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