La palabra Maestras ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece maestras.
Estadisticas de la palabra maestras
Maestras es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 10584 según la RAE.
Maestras aparece de media 7.21 veces en cada libro en castellano.
Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la maestras en las obras de referencia de la RAE contandose 1096 apariciones .
Más información sobre la palabra Maestras en internet
Maestras en la RAE.
Maestras en Word Reference.
Maestras en la wikipedia.
Sinonimos de Maestras.
Algunas Frases de libros en las que aparece maestras
La palabra maestras puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 6214
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Los cuadros que adornan la mayoría de las capillas son de los mejores de la escuela española; entre ellos destacan muchas de las obras maestras de Murillo, hijo de Sevilla. ...
En la línea 2409
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Con las Josefinas no tenía Fortunata relación alguna. Eran todas niñas de cinco a diez o doce años, que vivían aparte ocupando las habitaciones de la fachada. Comían antes que las otras en el mismo comedor, y bajaban a la huerta a hora distinta que las Filomenas. Toda la mañana estaban las niñas diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y plañidero que se oía en toda la casa. Por la tarde cantaban también la doctrina. Para ir a la iglesia, salían de su departamento procesionalmente, de dos en dos, con su pañuelo negro a la cabeza, y se ponían a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas maestras. ...
En la línea 2284
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Quise ver el salón por última vez. Me adentré por el corredor y llegué al museo en que había pasado tantas horas, tan agradables como útiles. Miré todas aquellas riquezas, todos aquellos tesoros, como un hombre en vísperas de un exilio eterno, que parte para nunca más volver. Iba yo a abandonar para siempre aquellas maravillas de la naturaleza y aquellas obras maestras del arte entre las que había vivido tantos días. Hubiera querido hundir mis miradas en el Atlántico a través de los cristales, pero los paneles de acero los recubrían herméticamente, separándome de ese océano que no conocía aún. ...
En la línea 3089
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Allí mismo, en aguas de las Antillas, a diez metros de profundidad, ¡cuántas cosas interesantes pude registrar en mis notas cotidianas! Entre otros zoófitos, las galeras, conocidas con el nombre de fisalias pelágicas, unas gruesas vejigas oblongas con reflejos nacarados, tendiendo sus membranas al viento y dejando flotar sus tentáculos azules como hüos de seda, encantadoras medusas para la vista y verdaderas ortigas para el tacto, con el líquido corrosivo que destilan. Entre los articulados, vi unos anélidos de un metro de largo, armados de una trompa rosa y provistos de mil setecientos órganos locomotores, que serpenteaban bajo el agua exhalando al paso todos los colores del espectro solar. Entre los peces, rayas molubars, enormes cartilaginosos de diez pies de largo y seiscientas libras de peso, con la aleta pectoral triangular y el centro del dorso abombado, con los ojos fijados a las extremidades de la parte anterior de la cabeza, y que se aplicaban a veces como una opaca contraventana sobre nuestros cristales. Había también balistes americanos para los que la naturaleza sólo ha combinado el blanco y el negro. Y gobios plumeros, alargados y carnosos, con aletas amarillas, y mandíbula prominente. Y escómbridos de dieciséis decímetros, de dientes cortos y agudos, cubiertos de pequeñas escamas, pertenecientes a la familia de las albacoras. Por bandadas aparecían de vez en cuando salmonetes surcados por rayas doradas de la cabeza a la cola, agitando sus resplandecientes aletas, verdaderas obras maestras de joyeria, peces en otro tiempo consagrados a Diana, particularmente buscados por los ricos romanos y de los que el proverbio decía que «no los come quien los coge». También unos pomacantos dorados, ornados de unas fajas de color esmeralda, vestidos de seda y de terciopelo, pasaron ante nuestros ojos como grandes señores del Veronese. Esparos con espolón se eclipsaban bajo su rápida aleta torácica. Los clupeinos, de quince pulgadas, se envolvían en sus resplandores fosforescentes. Los múgiles batían el mar con sus gruesas colas carnosas. Rojos corégonos parecían segar las olas con su afilada aleta pectoral y peces luna plateados dignos de su nombre se levantaban sobre el agua como otras tantas lunas con reflejos blancos. ...

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