La palabra Lanzaban ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
La llamada de la selva de Jack London
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece lanzaban.
Estadisticas de la palabra lanzaban
Lanzaban es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 22624 según la RAE.
Lanzaban aparece de media 2.55 veces en cada libro en castellano.
Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la lanzaban en las obras de referencia de la RAE contandose 388 apariciones .
Errores Ortográficos típicos con la palabra Lanzaban
Cómo se escribe lanzaban o lansaban?
Cómo se escribe lanzaban o lanzavan?
Más información sobre la palabra Lanzaban en internet
Lanzaban en la RAE.
Lanzaban en Word Reference.
Lanzaban en la wikipedia.
Sinonimos de Lanzaban.

la Ortografía es divertida
Algunas Frases de libros en las que aparece lanzaban
La palabra lanzaban puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 8603
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Los ojos de Milady lanzaban tales destellos que, aunque él fuera hombre y armado ante una mujer desarmada, sintió el frío del miedo deslizarse hasta el fondo de su alma; no por ello dejó de continuar, con un furor creciente:-Sí, comprendo,después de haber heredado de mi hermano, os habría sido dulce heredar de mí; pero, sabedlo de antemano, podéis matarme o hacerme matar, mis precauciones están tomadas, ni un pe nique de cuanto poseo pasará a vuestras manos. ...
En la línea 6639
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Batían los platillos, lanzaban las trompetas su alarido, los timbales emitían su nota grave y solemne; despertábanse los ecos del Peñón, y las escalonadas azoteas de la ciudad retumbaban con aquel estrépito conmovedor. ...
En la línea 699
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... nada tan delicioso como esta escena: el agua de la bahía lisa como un espejo, las ramas de los árboles colgando sobre los bordes de las rocas, los barcos anclados, las tiendas sostenidas en la enramada, el humo elevándose en grandes copos sobre el bosque que llena el valle, todo inundado de la más apacible calma. Al siguiente día, 20, se desliza tranquila nuestra flotilla sobre las aguas del canal y entramos en un distrito más habitado. Pocos de estos indígenas, ninguno tal vez, había visto todavía un hombre blanco. De todas maneras, es imposible pintar la sorpresa que experimentaron al ver nuestros barcos. En todos lados ardían fuegos (de donde el nombre de Tierra del Fuego), ya para llamar nuestra atención, ya para extenderse a lo lejos la noticia de un suceso extraordinario. Algunos indígenas nos siguieron corriendo a lo lejos de la costa por espacio de algunas millas. Nunca olvidaré la impresión que me causó el aspecto de uno de estos grupos de salvajes: cuatro o cinco hombres aparecieron de improviso en el vértice de una roca que caía perpendicular sobre el agua; enteramente desnudos, sueltos y esparcidos sus largos cabellos y con gruesos garrotes en las manos; dando saltos y echando los brazos al aire, hacían las más grotescas contorsiones y lanzaban los gritos más espantosos. ...
En la línea 125
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Mientras permanecía inmóvil fue examinando lo que le rodeaba. La muchedumbre era cada vez más numerosa en torno de su cuerpo y en las profundidades del bosque. El zumbido de sus palabras y sus gritos iba en aumento. Se presentía la llegada incesante de nuevos grupos. Por entre los cuatro aeroplanos inmóviles al extremo de sus cables volaban otros completamente libres, que se complacían en pasar y repasar sobre la nariz del prisionero. Eran dragones rojos y verdes, serpientes de enroscada cola, peces de lomo redondo, todos con alas, con escamas de diversos colores y con ojos enormes. Gillespie adivinó que eran las luciérnagas que en la noche anterior lanzaban mangas de luz por sus faros, ahora extinguidos. ...
En la línea 443
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Sus cañones del tamaño de casas, sus fusiles y ametralladoras, que lanzaban plomo con la misma rapidez que una máquina de coser da puntadas, podían suprimir instantáneamente las manifestaciones femeninas, por numerosas que fuesen. Además, la mujer, acobardada por tantos siglos de servidumbre, tenía miedo a los procedimientos de violencia. Solo las jóvenes que habían cultivado sus músculos en los deportes al aire libre se reían de estos temores de las señoras de salón. Todas se mostraban acordes al lamentar los crímenes de los hombres, pero la situación angustiosa parecía sin remedio… . ...
En la línea 1410
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Y sus gritos los lanzaban de buena fe, sin ninguna ironía. Lo importante para ellos era hacer la guerra, no parándose en averiguar contra quien la hacían. Marchaban a combatir a los hombres porque estaban en la capital; de haberse encontrado en Balmuff, hubiesen ido a combatir a las mujeres, profiriendo gritos radicalmente contrarios con el mismo entusiasmo y la misma voluntad de ser héroes. ...
En la línea 4484
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Dunia le apuntó. Sólo esperaba que hiciera un movimiento para apretar el gatillo. Estaba mortalmente pálida, temblaba su labio inferior y sus grandes ojos negros lanzaban llamaradas. Svidrigailof no la había visto nunca tan hermosa. En el momento en que la joven levantó el revólver, el fuego de sus ojos penetró en el pecho del enemigo y quemó su corazón, que se contrajo dolorosamente. Dio un paso hacia delante y se oyó una detonación. La bala rozó el cabello de Svidrigailof y fue a incrustarse en la pared, a sus espaldas. Svidrigailof se detuvo y dijo, esbozando una sonrisa: ...
En la línea 138
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Perrault intervino para ayudar. Los dos hombres estuvieron casi una hora corriendo tras él. Le lanzaban sus garrotes, él los esquivaba. Lo maldecían a él, a todos sus antepasados y a todos sus posibles descendientes hasta la más lejana de las generaciones futuras, incluyendo además cada pelo de su cuerpo y cada gota de la sangre de sus venas; y él respondía con gruñidos y se mantenía fuera de su alcance. No intentaba huir, sino que se replegaba sin alejarse del campamento, dando a entender claramente que cuando su deseo fuera complacido él se acercaría y se portaría bien. ...

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