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La palabra encontraban
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La palabra Encontraban ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Bodega de Vicente Blasco Ibañez
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
A los pies de Vénus de Vicente Blasco Ibáñez
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Sandokán: Los tigres de Mompracem de Emilio Salgàri
La llamada de la selva de Jack London
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece encontraban.

Estadisticas de la palabra encontraban

Encontraban es una de las palabras más utilizadas del castellano ya que se encuentra en el Top 5000, en el puesto 3623 según la RAE.

Encontraban tienen una frecuencia media de 25.65 veces en cada libro en castellano

Esta clasificación se basa en la frecuencia de aparición de la encontraban en 150 obras del castellano contandose 3899 apariciones en total.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Encontraban

Cómo se escribe encontraban o hencontraban?
Cómo se escribe encontraban o encontrraban?
Cómo se escribe encontraban o encontravan?

Algunas Frases de libros en las que aparece encontraban

La palabra encontraban puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 363
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otra satisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dos perros viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza, esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portalón del cortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador hacía llevadera su suerte. El tío _Zarandilla_ pasaba las horas sentado en uno de los bancos al lado de la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos de interminables surcos, sin que el aperador le regañase por su indolencia senil. La vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y su comida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios. ¡Bendito sea Dios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al único hijo que los viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo soldado, en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a la seña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba, según ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que los perros anunciasen su proximidad, oía ella el trotar del caballo. ...

En la línea 1250
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal, era el consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores de Jerez. No creían en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas, sólo pensaban en la revolución social con degollinas y fusilamientos de burgueses y jesuitas; no tenían la esperanza de la vida eterna, consuelo y compensación de las miserias de aquí abajo, que son insignificantes, pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y como resultado lógico de tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con nuevos tonos sombríos. ...

En la línea 1408
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... A media noche, los señores, al salir del casino, encontraban mujeres arrebujadas en raídos mantones o con la falda a la cabeza, que les tendían la mano. ...

En la línea 1755
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en pequeños grupos, deseando encontrar a alguien, para que les enseñase las manos. Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni con callos ni sin ellos, encontraban a nadie ante su paso. ...

En la línea 258
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Desaliñados, borrachos, despellejados, los mosqueteros del rey, o mejor los del señor de Tréville, se desparramaban por las tabernas, por los paseos, por los juegos públicos, gritando fuerte y retorciéndose los mostachos, haciendo sonar sus espuelas, enfrentándose con placer a los guardias del señor cardenal cuando los encontraban; luego, desen vainando en plena calle entre mil bromas; muertos a veces, pero segu ros en tal caso de ser llorados y vengados; matando con frecuencia, y seguros entonces de no enmohecer en prisión, porque allí estaba el señor de Tréville para reclamarlos. ...

En la línea 867
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Se les veía con los brazos entrelazados, ocupando todo lo ancho de la calle, y agrupando tras sí a todos los mosqueteros que encontraban, por loque, al fin, aquello fue una marcha triunfal. ...

En la línea 2323
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... A primera vista, nada denotaba, pues, al cardenal y era imposible a quienes no conocían su rostro adivinar ante quién se encontraban. ...

En la línea 2541
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Porque una hora antes, el señor Athos, quien debo confiar a Vuestra Majestad que es un hombre de la mayor calidad, me hacía el h onor, después de haber cenado conmigo, de charlar en el salón de mi palacio con el señor duque de La Trémouille y el señor conde de Chalus, que se encontraban allí. ...

En la línea 2715
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Daba de comer al caminante hambriento, que luego seguía su viaje muy alegre con provisiones en las alforjas y una _peseta_ en el bolsillo; cuando sus feligreses necesitaban dinero, no tenían más que acudir a su despacho, y de seguro encontraban inmediato remedio. ...

En la línea 5076
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... No satisfechos con eso, intentaron concitar al pueblo en contra mía, diciendo que yo era brujo, compañero de gitanos y hechiceras; y así me llamaban sus agentes cuando me encontraban en la calle. ...

En la línea 5520
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Entre éstos se encontraban, por la época a que me refiero, varios obispos. ...

En la línea 449
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... los propietarios. Sir Woodbine Parish me señaló otro manantial de disputas muy frecuentes entonces: el suelo había permanecido seco tanto tiempo y existía en él una cantidad tan enorme de polvo, que en este país tan llano habían desaparecido todos los linderos, y las gentes no encontraban ya los límites de sus respectivas propiedades. ...

En la línea 574
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... En este continente meridional todo se verifica en gran escala. Desde el río de la Plata hasta la Tierra del Fuego, una distancia de 1.200 millas (1.930 kilómetros) se han levantado las tierras en masa (y en Patagonia a una altura de 300 a 400 pies) durante el período de las conchas marinas actuales. Las conchas antiguas que quedaron en la superficie de la llanura levantada conservan todavía en parte sus colores, aun estando expuesta a la acción de la atmósfera. Ocho largos períodos de reposo al menos, han interrumpido este movimiento de elevación; durante estos períodos ha arrastrado el mar las tierras profundamente y formando a niveles sucesivos largas líneas de cantiles o escarpaduras, que separan las diferentes planicies que se elevan unas tras otras como las gradas de una escalera gigantesca. El movimiento de elevación y la irrupción del mar durante los períodos de reposo se han verificado con mucha igualdad en inmensas extensiones de costa; me ha sorprendido mucho observar, en efecto, que las planicies se encontraban a alturas casi iguales, en puntos muy distantes entre sí. La llanura más baja se encuentra a 90 pies sobre el nivel del mar, y la más alta, a corta distancia de la costa, a 950 pies sobre dicho nivel. De esta última planicie no quedan más que algunos restos bajo la forma de colinas de vértices planos, cubiertos de cantos rodados. La llanura más alta, en las orillas del Santa Cruz alcanza una elevación de 3.000 pies sobre el nivel del mar al pie de la cordillera. He dicho que en el período de las conchas marinas actuales se había elevado la Patagonia de 300 a 400 pies; y puedo añadir que desde la época en que las montañas de hielo transportaban piedras, ha llegado la elevación hasta 1.500 pies. Por lo demás, estos movimientos de elevación no han afectado sólo a la Patagonia. ...

En la línea 807
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... poco ver que, bajo una latitud correspondiente a la de Cumberland, en cada valle de una cadena de montañas cuyos vértices más altos no llegarían a 900 ó 1.200 metros, se encontraban ríos de hielo que bajaban hasta la costa ...

En la línea 1312
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... rante la estación improductiva, ni sus hijos ni los cerdos salían de la huerta; porque encontraban en abundancia con que alimentarse. ...

En la línea 2320
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó, todo ello junto y como quiera. ...

En la línea 3906
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... ¿Por qué no? ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos. ...

En la línea 7396
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Los mineros la encontraban al salir a la claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la pasión del juego que dominaba a casi todos. ...

En la línea 7539
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el rostro del otro para encontrar el secreto. ...

En la línea 430
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... A1 fin le resultaron intolerables los largos mutismos de Claudio, su, celos sin causa, seguidos de apartamientos que le dolían como menosprecios. Dejaba de acompañarla a las fiestas, no venía en busca suya a Montecarlo, y luego sus amigas lo encontraban paseando a solas por la orilla del mar. Otras veces lo veía volver cansado y polvoriento de excursiones a pie por los Alpes, emprendidas sin razón alguna. Era necesaria una explicación entre los dos. ...

En la línea 582
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Los que se dedicaban al placer habían hecho voto de morir jóvenes. Nunca se conoció mayor desprecio por la vida ajena. El que tenia un enemigo .lo asesinaba por sí mismo o valiéndose del auxilio de un mercenario Los grandes mantenían un alquimista de cámara para que les preparase nuevos venenos. La liviandad de esposas e hijas daba origen a terribles venganzas. En la Roma de entonces, raro era el amanecer que no se encontraban en las calles varios cadáveres; pero esto no impedía las arriesgadas aventuras de la noche siguiente. Además, según decían los humanistas, «los favoritos de los dioses deben morir jóvenes», y únicamente los burgueses, vulgares y tímidos, podían aspirar a una monótona vejez. ...

En la línea 1448
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... «También el artista—pensó Claudio— era distinto en los albores del Renacimiento a como es ahora. Pintores y escultores vivían como simples artesanos, formando gremios semejantes a los de los obreros manuales, sin otras aspiraciones que las de su pequeño círculo, divirtiéndose a su manera y procurando que los señores no los invitasen a sus palacios, pues se encontraban desorientados y tristes en un ambiente superior al suyo.» ...

En la línea 1468
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Una mañana el cadáver de Astor Manfredi apareció flotando sobre las aguas del Tíber con los brazos atados y—según decían algunos, sin poder aducir pruebas—con vestigios del mayor de los ultrajes que puede recibir un hombre. Horas después se encontraban en el río los cadáveres de otros dos jóvenes y el de una mujer desconocida. El Tíber daba estos presentes casi a diario, como testimonio de las bacanales y citas misteriosas de la noche anterior. ...

En la línea 1524
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Ante el paso del gigante huían las gentes dando gritos. Sus pies solo encontraban un desierto repentino, mientras a sus espaldas se iba levantando un bullicio enorme, pues el público se arremolinaba para seguirle entre vaivenes de audacia y de pavor. ...

En la línea 897
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Eran ya las diez de la mañana, porque con aquello de lavarse bien se había ido bastante tiempo. Rosita tardó mucho en traer el agua, y Nicanora se había dado la inmensa satisfacción de ir a la compra. Todos los individuos de la familia, cuando se encontraban uno frente a otro, se echaban a reír, y el más risueño era D. José, porque… ¡si supieran!… ...

En la línea 1838
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Se fue a la cocina detrás de Papitos, siguiendo una costumbre antigua de hacer tertulia y de entretenerse en pláticas sabrosas cuando se encontraban solos. Un año antes, la criadita y el estudiante se pasaban las horas muertas en la cocina, contándose cuentos o proponiéndose acertijos. En estos era fuerte la chiquilla. Sus carcajadas se oían desde la calle cuando repetía la adivinanza, sin que el otro la pudiera acertar. Maximiliano se rascaba la cabeza, aguzando su entendimiento; pero la solución no salía. Papitos le llamaba zote, bruto y otras cosas peores sin que él se ofendiera. Tomaba su revancha en los cuentos, pues sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par en par y los ojos clavados en el narrador. Aquella noche estaba Papitos de muy mal temple por la soba que se había llevado, y le tenía mucha tirria al señorito porque no se puso de su parte en la contienda, como otras veces. «Feo, tonto—le dijo aguzando la jeta cuando le vio sentarse en la mesilla de pino de la cocina—. Acusón, patoso… memo en polvo». ...

En la línea 4037
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... «A mí no me puede nadie—gritó la infeliz con frenesí, los ojos desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la querían sujetar—. Soy Mauricia la Dura, la que le abrió una ventana en el casco a aquella ladrona que me robaba los pañuelos, la que le arrancó el moño a la Pepa, la que le arañó la cara a doña Malvina la protestanta… Suéltame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara. ¡Persona decente tú!… tú, que dejas un soldado pa tomar otro… tú que tienes ya el corazón como la puerta de Alcalá, de tanta gente como ha entrado por él… Ja, ja, ja… Loba, más que loba, so asquerosa, judía, con más babas que un perro tiñoso… cara de escupidera, zurrón, celemín de peinetas… verás qué recorrido te doy… así, así, y te arranco la nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo… ». Por fin no eran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salían, sino rugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos de los vigorosos que la contenían, sus dedos se agarraron con rabia epiléptica a lo que encontraban, y querían deshacer y rasgar la sábana y la colcha. El fatigoso mugido iba calmándose poco a poco, las contorsiones eran menos violentas, y por fin, cayó en un colapso profundísimo. La sedación era instantánea, y a la misma muerte se parecía. ...

En la línea 4093
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Jacinta la miró. Ya el día anterior había despertado su curiosidad hermosura tan expresiva. Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de aquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esos presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto, sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente. ...

En la línea 833
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... A poco, el tiempo mejoró y las nubes se fueron en parte. Ceso la cuadrilla de tiritar y se suavizó el humor de todos. Fuéronse poniendo más y más alegres, y, finalmente, empezaron a embromarse uno a otros, y a insultar a los viandantes que encontraban por el camino. Esto denunciaba que despertaban una vez más a la apreciación de la vida y sus alegrías. El temor que todo el mundo les tenía se mostraba en que todos los viandantes les cedían el paso y tomaban a bien sus groseras insolencias. Una de sus maldades consistía en arrancar la ropa tendida en los setos, a la vista de sus dueños, quienes no decían esta boca es mía, pues al parecer se mostraban agradecidos de que no se llevaran también los setos. ...

En la línea 2094
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —¡Eso espero, amor mío! -contestó el pirata. Doscientos indígenas habían llegado del interior de la isla y ocupaban los puntos que les señalaran los piratas, quienes ya se encontraban en sus puestos detrás de los cañones. ...

En la línea 121
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... En vano se esforzaba Buck en clavar los dientes en el pescuezo del gran perro blanco. Siempre que sus colmillos procuraban atacar una zona blanda, se encontraban con los colmillos de Spitz. Chocaban los colmillos, sangraban los cortes en los labios, sin que Buck consiguiera abrir un resquicio en la defensa de su enemigo. Entonces se enardeció y envolvió a Spitz en un torbellino de ataques. Una y otra vez intentó morderle la garganta, en donde la vida burbujea próxima a la superficie, y cada vez Spitz le dio una dentellada y él se apartó. A continuación, Buck optó por amagar un ataque a la garganta y, súbitamente, echar la cabeza hacia atrás efectuando al mismo tiempo un giro lateral, embistiendo con el hombro a modo de ariete el hombro de Spitz, con objeto de derribarlo. Pero en lugar de eso recibió cada vez una dentellada de Spitz en el hombro en el momento en que este último se apartaba dando un ágil brinco. ...

En la línea 246
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... En cambio, el amor de Buck por Thornton aumentaba cada día. En los viajes de verano, era el único hombre al que le dejaba cargar un fardo sobre su lomo. Nada era demasiado para Buck si Thornton se lo ordenaba. Un día (se habían abastecido con la recaudación de la balsa y habían salido de Dawson en dirección al nacimiento del Tanana), hombres y perros se encontraban en lo alto de un despeñadero que caía en vertical sobre un lecho de rocas desnudas situado a casi cien metros más abajo. John Thornton se había sentado cerca del borde con Buck junto a él. Un capricho insensato se apoderó del hombre, que reclamó la atención de Hans y de Pete para que vieran lo que se le había ocurrido. ...


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Más información sobre la palabra Encontraban en internet

Encontraban en la RAE.
Encontraban en Word Reference.
Encontraban en la wikipedia.
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