La palabra Detenerse ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Bodega de Vicente Blasco Ibañez
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
Memoria De Las Islas Filipinas. de Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
A los pies de Vénus de Vicente Blasco Ibáñez
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
Grandes Esperanzas de Charles Dickens
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
La llamada de la selva de Jack London
Un viaje de novios de Emilia Pardo Bazán
Julio Verne de La vuelta al mundo en 80 días
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece detenerse.
Estadisticas de la palabra detenerse
Detenerse es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 7662 según la RAE.
Detenerse aparece de media 1.09 veces en cada libro en castellano.
Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la detenerse en las obras de referencia de la RAE contandose 166 apariciones .
Errores Ortográficos típicos con la palabra Detenerse
Cómo se escribe detenerse o detenerrse?
Cómo se escribe detenerse o detenerze?

la Ortografía es divertida
Algunas Frases de libros en las que aparece detenerse
La palabra detenerse puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 367
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... _Zarandilla_ descolgaba la escopeta del arzón, arma que más de una vez tenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a los arrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde del camino, soltaban a pacer sus bestias en los _manchones_, tierras sin cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la dehesa. Después recogía la _chivata_ caída en el suelo, una larga pértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para arrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados. ...
En la línea 914
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un desierto. Los niños lloraban de frío, ocultando las manos bajo los sobacos; las mujeres de voz aguardentosa se encogían como fieras en el quicio de una puerta, para pasar la noche; los vagabundos sin pan, miraban los balcones iluminados de los palacios o seguían el desfile de las gentes felices que, envueltas en pieles, en el fondo de sus carruajes, salían de las fiestas de la riqueza. Y una voz, tal vez la misma, repetía en sus oídos, que zumbaban de debilidad: «No esperéis nada. ¡Cristo ha muerto!» El obrero sin trabajo, al volver a su frío tugurio, donde le aguardaban los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejábase caer en el suelo como una bestia fatigada, después de su carrera de todo un día para aplacar el hambre de los suyos. «¡Pan, pan!» le decían los pequeñuelos esperando encontrarlo bajo la blusa raída. Y el padre oía la misma voz, como un lamento que borraba toda esperanza: «¡Cristo ha muerto!» Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante para respirar en esta atmósfera de horno, se decía que era mentira la fraternidad de los hombres predicada por Jesús, y falso aquel dios que no había hecho ningún milagro, dejando los males del mundo lo mismo que los encontró al llegar a él... Y el trabajador vestido con un uniforme, obligado a matar en nombre de cosas que no conoce a otros hombres que ningún daño le han hecho, al permanecer horas y horas en un foso, rodeado de los horrores de la guerra moderna, peleando con un enemigo invisible por la distancia, viendo caer destrozados miles de semejantes bajo la granizada de acero y el estallido de las negras esferas, también pensaba con estremecimientos de disimulado terror: «¡Cristo ha muerto, Cristo ha muerto!» Sí; bien muerto estaba. Su vida no había servido para aliviar uno solo de los males que afligen a los humanos. En cambio, había causado a los pobres un daño incalculable predicándoles la humildad, infiltrando en sus espíritus la sumisión, la creencia del premio en un mundo mejor. El envilecimiento de la limosna y la esperanza de justicia ultraterrena habían conservado a los infelices en su miseria por miles de años. Los que viven a la sombra de la injusticia, por mucho que adorasen al Crucificado, no le agradecerían bastante sus oficios de guardián durante diecinueve siglos. ...
En la línea 1238
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él llevaba _algo_ dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de la Compañía, lo reconocían. No pensaba detenerse en su marcha hasta conquistar una posición tan alta en la política como la que su primo tenía en la industria. Otros, peores que él, manejaban los asuntos de la tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en Madrid, como virreyes del país. ...
En la línea 1506
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa incertidumbre. Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre. ...
En la línea 2299
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... En efecto, el coche cruzó la plaza fatal sin detenerse. ...
En la línea 2806
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Ana de Austria bajó la cabeza y dejó pasar el torrente sin responder, esperando que terminaría por detenerse; pero no era eso lo que quería Luis XIII; Luis XIII quería una discusión de la que saliese alguna luz nueva, convencido como estaba de que el cardenal tenía alguna segunda intención y maquinaba una sorpresa terrible como sabía hacer Su Eminen-cia. ...
En la línea 4276
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Ahora bien, como ya había hecho once leguas, D'Artagnan juzgó a pro pósito detenerse, estuviera o no estuviera Porthos en el hostal. ...
En la línea 4470
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Mientras Porthos y Mosquetón desayunaban con apetito de conva lecientes y con esacordialidad de hermanos que acerca a los hombres en la desgracia, D'Artagnan c ontó cómo Aramis, herido, había sido obli gado a detenerse en Crèvecceur, cómo había dejado a Athos debatirse en Amiens entre las manos de cuatro hombres que lo acusaban de mo nedero falso,y cómo él, D'Artagnan, se había visto obligado a pasar por encima d el vientre del conde de Wardes para llegar a Inglaterra. ...
En la línea 249
del libro Memoria De Las Islas Filipinas.
del afamado autor Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
... Tal sucede, por ejemplo, en la contaduría y tesorería jeneral de ejército y hacienda pública, las primeras oficinas, como se ha dicho: el contador y tesorero jeneral son dos jefes que recaudan, administran y distribuyen juntos, ligados mancomunadamente y en el ramo informativo los liga igual mancomunidad, segun antiquísimas instrucciones, las que si en su oríjen y muchos años despues pudieron ser útiles y buenas, ya son defectuosas y aun perjudiciales, porque este método atrasa el servicio, y da lugar y oríjen á disputas, disensiones y aun escándalos entre ambos jefes, como en mi tiempo lo he visto; por lo que la separacion de estas oficinas y su establecimiento en nueva planta y forma, marcando á cada uno sus atribuciones, es de tal urjencia y necesidad, que seria molesto y aun tiempo perdido detenerse á demostrar una verdad de que el Gobierno debe tener datos precisos y exactos; y por lo que tengo entendido que ya se ocupó de esto en otro tiempo, y hoy deben estar separadas esas oficinas; mas no teniendo una certeza de ello, he emitido mi pobre parecer en el particular. ...
En la línea 359
del libro Memoria De Las Islas Filipinas.
del afamado autor Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
... Los portes de las cartas, ó sea la tarifa de sus precios, tambien han sufrido variaciones en distintas épocas, y siempre en aumento progresivo en favor de la renta; pues que á fines del pasado siglo las tarifas marcaban un peso por onza, y dos reales plata fuerte por cada carta sencilla ó que no llegase á media onza; y en el dia la tarifa marca de porte doce reales plata fuerte por cada onza, y cuatro reales idem idem por carta sencilla; más en esto no hay por qué detenerse; los portes se pagan como está mandado últimamente, y de ello no hay reclamacion alguna. ...
En la línea 4331
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Me contó que a unas tres leguas de La Coruña, el caballo, agobiado por el calor y por las moscas, se había caído al suelo con una especie de ataque, del que sólo había vuelto a fuerza de copiosas sangrías, razón por la que tuvo que detenerse un día más en el camino. ...
En la línea 7143
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Ven, sultán mío; no es bueno detenerse en este lugar. ...
En la línea 1214
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Sintió también que el golpear no cesaba, pero no vio quién lo podía causar; y así, sin más detenerse, hizo sentir las espuelas a Rocinante, y, tornando a despedirse de Sancho, le mandó que allí le aguardase tres días, a lo más largo, como ya otra vez se lo había dicho; y que, si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese por cierto que Dios había sido servido de que en aquella peligrosa aventura se le acabasen sus días. ...
En la línea 2269
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco, que querían detenerse a beber en una fontecilla que allí estaba. ...
En la línea 3347
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Ya estaban todos los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro de la venta y rodeados dél, persuadiéndole que luego, sin detenerse un punto, volviese a consolar a su padre. ...
En la línea 4601
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Digo otra vez que puede vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la den entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre. ...
En la línea 626
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Los franceses fueron los que, en 1764, introdujeron estos animales y los otros cuadrúpedos de la isla. Desde entonces unos y otros han crecido en número de un modo extraordinario. Y, hecho curioso, los caballos no han abandonado nunca el extremo oriental de la isla, aunque no se ha opuesto obstáculo alguno a su paso, ni es esta parte más atractiva que las otras. Los gauchos a quienes he interrogado, me aseguran que el hecho es cierto, pero no han podido darme explicación alguna de él, aparte la afición viva (querencia) que los caballos manifiestan por los lugares que de ordinario frecuentan. Deseaba yo, con empeño, saber qué causa había detenido su crecimiento, tan considerable al principio; detención tanto más notable, no estando la isla por completo habitada por ellos, y no habiendo en ella tampoco fieras. Es inevitable, sin duda, que en una isla de poca extensión, tarde o temprano y por una causa cualquiera, debe detenerse el desarrollo de una especie animal; pero ¿por qué se ha detenido el desarrollo de los caballos antes que el de los toros? El capitán Sulivan ha tratado de proporcionarme algunos datos acerca de esto. ...
En la línea 1259
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... s indios guían su marcha, durante esas excursiones, por la posición del sol, de tal manera que cuando está el cielo cubierto se ven obligados a detenerse. ...
En la línea 1667
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... ntland, la cresta de la montaña tiene una altitud de 12.454 pies (3.736 metros). camino no pasa por nieves perpetuas, aun cuando las he visto desde él. el vértice es el viento excesivamente frío: pero, a pesar de ello, es imposible dejar de detenerse algunos minutos para admirar el color del cielo y la pureza de la atmósfera. vista es admirable: al oeste se domina un magnífico caos de montañas separadas por desfiladeros profundísimos. ordinario nieva antes de esta época del año y hasta resulta impracticable el camino en esta estación; pero hemos tenido buena fortuna; ni de día ni de noche se ha presentado una sola nube en el cielo, a excepción de pequeñas masas de vapores que rodean los picos más elevados ...
En la línea 1713
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... gún los reglamentos, no debe detenerse el apire para tomar aliento, como no tenga la mina 600 pies de profundidad ...
En la línea 4026
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. ...
En la línea 4495
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. ...
En la línea 5456
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio entonces y que atravesó De Pas sin detenerse. ...
En la línea 7318
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... El del gorro la alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó a detenerse; hablaron; él abría los brazos, ponía las manos sobre el corazón, besaba dos dedos en cruz; ella decía no con la cabeza. ...
En la línea 101
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El canónigo iba a detenerse en Niza sólo por ver a su sobrino. El año anterior, después de anunciarle éste una visita desde Peñiscola, había desistido de ir a Valencia, volviéndose a Francia. ...
En la línea 1321
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Seguía adelante el duque del Valentinado, siempre de fiesta en fiesta, acogido reglamente por los más altos señores franceses, que habían recibido órdenes de su monarca para obsequiarlo cual si fuese un príncipe heredero. En Lyon le daban un banquete pantagruélico, con trescientas sesenta piezas de volatería o de caza mayor y ciento sesenta y dos platos montados de confitería, corriendo verdaderos ríos de hipocrás y los mejores vinos de Francia. Por Valence, capital de su ducado, pasaba casi sin detenerse, pretextando que debía ser investido por el mismo rey en persona, y también se negaba a recibir el collar de San Miguel, presentado por un embajador del monarca, arguyendo que él sólo podía aceptarlo de manos de Luis XII. ...
En la línea 265
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Pero el profesor Flimnap tenía demasiado que hacer para detenerse a contestar las preguntas de las ciudadanas curiosas. Apenas había dormido en la noche anterior. Después de su cena con el jefe supremo de la Universidad se trasladó a la Galería de la Industria para convencerse de que el Gentleman-Montaña podía dormir provisionalmente sobre trescientas cuarenta y dos carretadas de paja que la Administración del ejercito había facilitado a última hora. Poco después de amanecer ya estaba en pie el buen profesor, conferenciando con todos sus compañeros del 'Comité de recibimiento del Hombre-Montaña'. Estos, divididos en varias subcomisiones, iban a dirigir a quinientos carpinteros encargados de fabricar, antes de que llegase la noche, una mesa y una silla apropiadas a las dimensiones del gigante, y a una tropa igualmente numerosa de colchoneros, que en el mismo espacio de tiempo fabricarían una cama digna del recién llegado. ...
En la línea 2373
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud. La cojita echó en el cortadillo una cantidad, así como un dedo, inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera más de lo conveniente; y al dárselo a la presa, le repitió el sermón. ¡Y cómo se relamía la otra después de beber, y qué bien le supo! Conocía muy bien al galapaguito para atreverse a pedir más. Sabía, por experiencia de casos análogos, que no traspasaba jamás el límite que su bondad y su caridad le imponían. Era buena como un ángel para conceder, y firme como una roca para detenerse en el punto que debía. ...
En la línea 5114
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Iba a decir «¿y todo para qué?» pero se contuvo. Nunca le había sido tan grata la persona de su tía como aquella noche, y se sintió atraído hacia ella por fuerza irresistible. Por fin se fue la santa, y a poco, Moreno ordenó a su criado que se retirara. «Me acostaré dentro de un ratito—dijo el caballero—; pues aunque creo que he de dormir, todavía no tengo ni pizca de sueño. Me sentaré aquí y revisaré la lista de regalos, a ver si se me queda alguno. ¡Ah!, conviene no olvidar las mantas. La hermana de Morris se enfadará si no le llevo algo de mucho carácter… ». La idea de las mantas llevó a su mente, por encadenamiento, el recuerdo de algo que había visto aquella tarde. Al ir a la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artículo, tropezó con una ciega que pedía limosna. Era una muchacha, acompañada por un viejo guitarrista, y cantaba jotas con tal gracia y maestría, que Moreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella. Era horriblemente fea, andrajosa, fétida, y al cantar parecía que se le salían del casco los ojos cuajados y reventones, como los de un pez muerto. Tenía la cara llena de cicatrices de viruelas. Sólo dos cosas bonitas había en ella: los dientes, que eran blanquísimos, y la voz pujante, argentina, con vibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma de punzadora nostalgia. «Esto sí que tiene carácter» pensaba Moreno oyéndola, y durante un rato tuviéronle encantado las cadencias graciosas, aquel amoroso gorjeo que no saben imitar las celebridades del teatro. La letra era tan poética como la música. ...
En la línea 5381
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Quedose muy satisfecho, y después de detenerse un rato a ver un escaparate de estampas, volvió a pegar la hebra: «Podría ponerse en duda que entre ella y mi tía haya comunicación, y en caso de que no la hubiera, el problema de su residencia seguiría como boca de lobo; pero yo sostengo que hay comunicación. Si no, ¿qué significa el papelito de apuntes que sorprendí el otro día sobre la cómoda de mi tía, y en el cual, pasando al descuido la vista, distinguí este renglón que decía: Corresponden a F. 1.252 reales? F. quiere decir ella. Luego hay comunicación entre mi tía y ella, y como esta comunicación no es postal, resulta claro, como la luz del día, que reside en Madrid». ...
En la línea 6032
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado. Segunda, llena de consternación, no hablaba ya de asesinato, y aunque no acababa de comprender el robo del chiquillo, no se atrevió a mentarlo ante la señora casera. Había intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes dosis de ergotina; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y no había medio de traerla a la razón. Guillermina tuvo más suerte o puso en ejecución mejores medios, porque logró hacerle beber algo de aquel eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicación precipitada de remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba; pero la vida no quería detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano, trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo. Calladas, se hablaron mirándose. ...
En la línea 243
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Titubeó el personaje y acabó por detenerse. Sin duda sintió que estaba en terreno delicado. Lord Hertford se, paró ante él, miróle a la cara con serenos y francos ojos y dijo: ...
En la línea 382
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Llegada a Dowgate, la flotilla subió por el límpido Walbrook, cuyo cauce lleva ahora dos siglos oculto a la vista bajo terrenos edificados, hacia Bucklersbury, dejando atrás casas y pasando bajo puentes llenos de juerguistas y brillantemente iluminados; por fin vino a detenerse en una dársena, donde está ahora Barge Yard, en el centro de la antigua ciudad de Londres. Tom desembarcó, y él y su vistoso cortejo cruzaron Cheapside, e hicieron un corto paseo entre la Judería Vieja y la calle Basinghall, hasta el Ayuntamiento.. ...
En la línea 1027
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Llenóse de alegría el corazón del rey, que podía ya escaparse si la empresa de Hugo le llevara algo lejos; pero no había de tener semejante suerte. Hugo se deslizó detrás de la mujer, le arrebató el lío y volvió corriendo y envolviéndole en un pedazo de manta vieja que llevaba al brazo. La mujer prorrumpió en gritos no bien sintió la pérdida por la disminución de peso, aunque no se había dado cuenta del hurto. Hugo, sin detenerse, puso el lío en las manos del rey, diciéndole: ...
En la línea 1025
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Pensaba yo, mientras proseguíamos la marcha, que la luz de nuestros aparatos Ruhmkorff debía necesariamente atraer a algunos de los habitantes de esos oscuros fondos. Pero aunque muchos se acercaron lo hicieron a una distancia lamentable para un cazador. Varias veces vi al capitán Nemo detenerse y apuntar con su fusil para, tras algunos instantes de observación, desistir de tirar y reanudar la marcha. ...
En la línea 1132
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Vanas fueron sus búsquedas. La Esperance y la Récherche pasaron incluso ante Vanikoro sin detenerse. Fue un viaje muy desgraciado, pues costó la vida a D'Entrecasteaux, a dos de sus oficiales y a varios marineros de su tripulación. ...
En la línea 2329
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Sí. Este condenado capitán tuvo que detenerse precisamente a la hora en que íbamos a fugarnos. ...
En la línea 2538
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Y más aún que paciencia, resignación -añadió Conseil, usando la palabra justa -Después de todo, el capitán Nemo no podrá ir eternamente hacia el Sur. Forzoso le será detenerse, aunque no fuera más que por los bancos de hielo, y regresar hacia aguas más civilizadas. Entonces será llegado el momento de volver a pensar en los proyectos de Ned Land. ...
En la línea 1106
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... El asunto era bastante interesante para mí y reflexioné en silencio acerca de él. El señor Wopsle, como el tío que tan mala paga alcanzó por sus bondades en la tragedia, empezó a meditar en voz alta acerca de su jardín en Camberwell. Orlick, con las manos en los bolsillos, andaba encorvado a mi lado. La noche era oscura, húmeda y fangosa, de modo que a cada paso nos hundíamos en el barro. De vez en cuando llegaba hasta nosotros el estampido del cañón que daba la señal de la fuga, y nuevamente retumbaba a lo largo del lecho del río. Yo estaba entregado a mis propios pensamientos. El señor Wopsle murió amablemente en Camberwell, muy valiente en el campo Bosworth y en las mayores agonías en Glastonbury. Orlick, a veces, tarareaba la canción de Old C1em, y yo me figuré que había bebido, aunque no estaba borracho. Así llegamos al pueblo. El camino que seguimos nos llevó más allá de Los Tres Alegres Barqueros y, con gran sorpresa nuestra, pues ya eran las once de la noche, encontramos el establecimiento en estado de gran agitación, con la puerta abierta de par en par y las luces encendidas en todos los departamentos del establecimiento, de un modo no acostumbrado. El señor Wopsle preguntó qué sucedía, aunque convencido de que habían aprehendido a un penado; un momento después salió corriendo con la mayor prisa. Sin detenerse, exclamó al pasar por nuestro lado: ...
En la línea 1238
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Todos estábamos profundamente persuadidos de que el desgraciado Wopsle había ido demasiado lejos, y que, siendo aún tiempo, haría mejor en detenerse en su atolondrada carrera. ...
En la línea 165
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Pero ¿y si esto no es verdad? ¿Y si el hombre no es un ser miserable, o, por lo menos, todos los hombres? Entonces habría que admitir que nos dominan los prejuicios, los temores vanos, y que uno no debe detenerse ante nada ni ante nadie. ¡Obrar: es lo que hay que hacer! ...
En la línea 331
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Entró en el figón, se bebió una copa de vodka y dio algunos bocados a un pastel que se llevó para darle fin mientras continuaba su paseo. Hacía mucho tiempo que no había probado el vodka, y la copita que se acababa de tomar le produjo un efecto fulminante. Las piernas le pesaban y el sueño le rendía. Se propuso volver a casa, pero, al llegar a la isla Petrovski, hubo de detenerse: estaba completamente agotado. ...
En la línea 927
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... El dolor del latigazo iba desapareciendo, y Raskolnikof, olvidándose de la humillación sufrida. Una idea, vaga pero inquietante, le dominaba. Permanecía inmóvil, con la mirada fija en la lejanía. Aquel sitio le era familiar. Cuando iba a la universidad tenía la costumbre de detenerse allí, sobre todo al regresar (lo había hecho más de cien veces), para contemplar el maravilloso panorama. En aquellos momentos experimentaba una sensación imprecisa y confusa que le llenaba de asombro. Aquel cuadro esplendoroso se le mostraba frío, algo así como ciego y sordo a la agitación de la vida… Esta triste y misteriosa impresión que invariablemente recibía le desconcertaba, pero no se detenía a analizarla: siempre dejaba para más adelante la tarea de buscarle una explicación… ...
En la línea 1567
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Raskolnikof se había dirigido al puente de ***. Se internó en él, se acodó en el pretil y su mirada se perdió en la lejanía. Estaba tan débil, que le había costado gran trabajo llegar hasta allí. Sentía vivos deseos de sentarse o de tenderse en medio de la calle. Inclinado sobre el pretil, miraba distraído los reflejos sonrosados del sol poniente, las hileras de casas oscurecidas por las sombras crepusculares y a la orilla izquierda del río, el tragaluz de una lejana buhardilla, incendiado por un último rayo de sol. Luego fijó la vista en las aguas negras del canal y quedó absorto, en atenta contemplación. De pronto, una serie de círculos rojos empezaron a danzar ante sus ojos; las casas, los transeúntes, los malecones, empezaron también a danzar y girar. De súbito se estremeció. Una figura insólita, horrible, que acababa de aparecer ante él, le impresionó de tal modo, que no llegó a desvanecerse. Había notado que alguien acababa de detenerse cerca de él, a su derecha. Se volvió y vio una mujer con un pañuelo en la cabeza. Su rostro, amarillento y alargado, aparecía hinchado por la embriaguez. Sus hundidos ojos le miraron fijamente, pero, sin duda, no le vieron, porque no veían nada ni a nadie. De improviso, puso en el pretil el brazo derecho, levantó la pierna del mismo lado, saltó la baranda y se arrojó al canal. ...
En la línea 58
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Antes de haberse recobrado de la conmoción que le provocó la trágica muerte de Curly, Buck experimentó otra peor. François le sujetó al cuerpo un aparejo de correas y hebillas. Era un arnés como el que había visto que, allá en la finca, los mozos de cuadra colocaban a los caballos. Y tal como había visto trabajar a los caballos fue puesto él a trabajar, tirando del trineo para llevar a François hasta el bosque que bordeaba el valle y regresar con una carga de leña. Aunque su dignidad resultó gravemente herida al verse convertido en animal de carga, fue lo bastante sensato como para no rebelarse. Se metió de lleno en la tarea y se esforzó al máximo, por más que todo le parecía nuevo y extraño. François era severo, exigía obediencia total y gracias a su látigo la lograba en el acto; por su parte, Dave, que era un experimentado perro zaguero, mordía las nalgas de Buck cada vez que cometía un error. Spitz, que era el que guiaba, era igualmente experimentado, pero como no siempre podía acercarse a Buck, le lanzaba de vez en cuando gruñidos de reproche o echaba astutamente su peso sobre las riendas para forzarlo a seguir el rumbo correcto. Buck aprendía con facilidad y, bajo la tutela conjunta de sus dos colegas y de François, realizó notables progresos. Antes de regresar al campamento ya sabía que ante un «¡so!» tenía que detenerse y ante un «¡arre!», avanzar, no le costaba trazar las curvas con amplitud y mantenerse lejos del zaguero cuando, en una pendiente, el trineo cargado se le venía encima pisándole los talones. ...
En la línea 95
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Nada lo amilanaba. Y era precisamente por esto por lo que había sido elegido correo del gobierno. Asumía todo tipo de riesgos, afrontando resueltamente la helada con su pequeño rostro curtido y luchando sin descanso desde el alba hasta el crepúsculo. Recorrió las peligrosas orillas del lago sobre la delgada capa de hielo que cedía y se agrietaba bajo los pies y sobre la que no osaban detenerse. En una ocasión, el trineo se hundió con Dave y Buck, que, cuando los arrastraron fuera del agua, estaban medio helados y casi ahogados. Para salvarlos fue necesario encender la consabida hoguera. Estaban cubiertos de hielo, y los dos hombres los tuvieron corriendo, sudando y descongelándose tan cerca del fuego que quedaron chamuscados por las llamas. ...
En la línea 118
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Buck no aulló. Lejos de detenerse, se abalanzó sobre Spitz, que lo esperó de costado, con tal ímpetu que no le atinó a la garganta. Rodaron juntos sobre la nieve en polvo. Spitz se levantó como si no hubiese sido derribado, mordió a Buck en el hombro y se apartó de un salto. En dos ocasiones resonaron las mandíbulas como el acero de un cepo, mientras se alejaba para afianzar las patas, gruñendo y frunciendo los delgados labios para mostrar los dientes. ...
En la línea 201
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Buck sentía vagamente que no podía confiar en aquellos dos hombres ni en la mujer. No sabían cómo hacer las cosas, y con el paso de los días fue evidente que eran incapaces de aprender. Eran descuidados, carecían de orden y de disciplina. Les llevaba la mitad de la noche montar un precario campamento, y media mañana levantarlo y cargar el trineo, y lo hacían de una forma tan inadecuada que durante el resto del día tenían que detenerse varias veces para volver a acomodar la carga. Hubo días en que no lograron recorrer veinte kilómetros. Otros, que ni siquiera consiguieron arrancar. Y no hubo uno solo en el que lograsen cubrir más de la mitad de la distancia que habían tomado como base para calcular la comida de los perros. ...
En la línea 301
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... -¿A Vichy directamente? ¿No pensaban ustedes detenerse en alguna parte? ...
En la línea 401
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Arrancaron los caballos a su pesado trote percherón, y fueron rodando por las calles bien enlosadas, hasta detenerse ante un portal estrecho, con sus tiestos de plantas raquíticas, su escalerilla de mármol y sus claros faroles de gas. ...
En la línea 1375
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Después de haber almorzado, mister Fogg, mistress Aouida y sus compañeros volvieron a sus asientos. Phileas Fogg, la joven Aouida y sus compañeros, confortablemente instalados, miraban el paisaje variado que se presentaba a la vista; vastas praderas, montañas que se perfilaban en el horizonte, torrentes que rodaban sus aguas espumosas. De vez en cuando aparecía, en masa dilatada, un gran rebaño de bisontes, cual dique movedizo. Esos innumerables ejércitos de rumiantes oponen a veces un obstáculo insuperable al paso de los trenes. Se han visto millares de ellos desfilar, durante muchas horas, en apiñadas hileras cruzando los rieles. La locomotora tiene entoces que detenerse y aguardar que la vía esté libre. ...
En la línea 1376
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Y eso fue lo,que en aquella ocasión aconteció. A las tres de la tarde, la vía quedó interrumpida por un rebaño de diez o doce mil cabezas. La máquina, después de haber amortiguado la velocidad, intentó introducir su espolón en tan inmensa columna, pero tuvo que detenerse ante la impenetrable masa. ...

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