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La palabra condenar
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la palabra condenar

La palabra Condenar ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece condenar.

Estadisticas de la palabra condenar

Condenar es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 13246 según la RAE.

Condenar aparece de media 5.39 veces en cada libro en castellano.

Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la condenar en las obras de referencia de la RAE contandose 819 apariciones .

Errores Ortográficos típicos con la palabra Condenar

Cómo se escribe condenar o condenarr?
Cómo se escribe condenar o sondenar?

Más información sobre la palabra Condenar en internet

Condenar en la RAE.
Condenar en Word Reference.
Condenar en la wikipedia.
Sinonimos de Condenar.


la Ortografía es divertida


El Español es una gran familia

Algunas Frases de libros en las que aparece condenar

La palabra condenar puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 294
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura: -Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego. ...

En la línea 8058
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes. ...

En la línea 3849
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Doña Lupe permaneció un rato en la sala, sin moverse del sillón en que se sentara al entrar, con el manto puesto, la mano en la mejilla, pensando en lo mismo. No había vuelto aún de su asombro, ni volvería en mucho tiempo. Fortunata, de cuya casa venía, le había dado mil duros para que se los colocara del modo que lo creyera más conveniente… y sin querer admitir recibo… Al pronto sospechó la señora de Jáuregui si serían falsos los billetes… pero ¡quia, si eran más legítimos que el sol! Tal prueba de confianza le llegaba al alma, porque no sólo era confianza en su honradez, sino en su talento para hacer producir dinero al dinero… Pues además, Fortunata, en el curso de la conversación, había dado a entender que tenía acciones del Banco, sin decir cuántas. ¿De dónde había salido esta riqueza? Quizás Juanito Santa Cruz… quizás Feijoo… Lo más particular era que doña Lupe, por impulsos de tolerancia que habían surgido bruscamente en su espíritu, se esforzaba en suponer a aquel caudal una procedencia decente. ¡Fascinación que la moneda ejerce en ciertos caracteres, porque para estos lo bueno tiene que tener buen origen!… «¿Y por qué no ha de ser verdad todo eso del arrepentimiento?… —se decía—. Lo que no me explico es una cosa… El primer día me dijo Feijoo que estaba miserable… pero miserable, y comiéndose sus ahorros. ¡Pues si son estas las sobras… ! En fin, doblemos la hoja; pongámonos en un punto de vista imparcial, y no hagamos juicios temerarios antes de tener datos seguros. ¿Quién se atreve a condenar a un semejante sin oírlo? Sería una crueldad, una injusticia. Eso de que siempre hayamos de pensar mal, me parece una barbaridad… Pero me estoy aquí ensimismada, y si tardo, quizás no encuentre en su casa a D. Francisco… Él dirá qué hacemos con todo este guano». ...

En la línea 4265
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... «¿Pero y los gatillos, que es lo que hace más falta?—dijo la dama amoscándose—. Hombre de Dios, usted se va a condenar por tantos embustes como dice. ¿No me prometió que estarían por ayer? ¿Qué palabras son esas? Vaya, que ni Job tendría paciencia para aguantarle a usted. Están parados los carpinteros de armar, por causa de esa santa pachorra. No me extraña que esté usted tan gordo, Sr. Pepe… Y póngase la gorra, que está sudando y se puede constipar». ...

En la línea 5428
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Hay que perdonarla—replicó Maxi con humorismo—, porque no sabe lo que se hace… Y si la fuéramos a condenar, ¿quién le tiraría la primera piedra? ...

En la línea 3904
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Pero ¿qué te pasa? ¿Por qué gritas? Quieres que vaya a presidio, y ahora te asustas. ¿De qué? Pero escucha: no me dejaré atrapar fácilmente. Les daré trabajo. No tienen pruebas. Ayer estuve verdaderamente en peligro y me creí perdido, pero hoy el asunto parece haberse arreglado. Todas las pruebas que tienen son armas de dos filos, de modo que los cargos que me hagan puedo presentarlos de forma que me favorezcan, ¿comprendes? Ahora ya tengo experiencia. Sin embargo, no podré evitar que me detengan. De no ser por una circunstancia imprevista, ya estaría encerrado. Pero aunque me encarcelen, habrán de dejarme en libertad, pues ni tienen pruebas ni las tendrán, te doy mi palabra, y por simples sospechas no se puede condenar a un hombre… Anda, siéntate… Sólo te he dicho esto para que estés prevenida… En cuanto a mi madre y a mi hermana, ya arreglaré las cosas de modo que no se inquieten ni sospechen la verdad… Por otra parte, creo que mi hermana está ahora al abrigo de la necesidad y, por lo tanto, también mi madre… Esto es todo. Cuento con tu prudencia. ¿Vendrás a verme cuando esté detenido? ...

En la línea 4883
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Raskolnikof pasó en el hospital el final de la cuaresma y la primera semana de pascua. Al recobrar la salud se acordó de las visiones que había tenido durante el delirio de la fiebre. Creyó ver el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y sin precedentes, que se había declarado en el fondo de Asia y se había abatido sobre Europa. Todos habían de perecer, excepto algunos elegidos. Triquinas microscópicas de una especie desconocida se introducían en el organismo humano. Pero estos corpúsculos eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad. Las personas afectadas perdían la razón al punto. Sin embargo ‑cosa extraña‑, jamás los hombres se habían creído tan inteligentes, tan seguros de estar en posesión de la verdad; nunca habían demostrado tal confianza en la infalibilidad de sus juicios, de sus teorías científicas, de sus principios morales. Aldeas, ciudades, naciones enteras se contaminaban y perdían el juicio. De todos se apoderaba una mortal desazón y todos se sentían incapaces de comprenderse unos a otros. Cada uno creía ser el único poseedor de la verdad y miraban con piadoso desdén a sus semejantes. Todos, al contemplar a sus semejantes, se golpeaban el pecho, se retorcían las manos, lloraban… No se ponían de acuerdo sobre las sanciones que había que imponer, sobre el bien y el mal, sobre a quién había que condenar y a quién absolver. Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros, pero, apenas llegaban al campo de batalla, las tropas se dividían, se rompían las formaciones y los hombres se estrangulaban y devoraban unos a otros. ...

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