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La palabra choza
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la palabra choza

La palabra Choza ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Bodega de Vicente Blasco Ibañez
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Sandokán: Los tigres de Mompracem de Emilio Salgàri
Fantina Los miserables Libro 1 de Victor Hugo
La llamada de la selva de Jack London
Julio Verne de La vuelta al mundo en 80 días
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece choza.

Estadisticas de la palabra choza

Choza es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 17249 según la RAE.

Choza aparece de media 3.74 veces en cada libro en castellano.

Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la choza en las obras de referencia de la RAE contandose 568 apariciones .

Errores Ortográficos típicos con la palabra Choza

Cómo se escribe choza o chosa?
Cómo se escribe choza o shoza?
Cómo se escribe choza o coza?


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece choza

La palabra choza puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 470
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del Grajo, había llorado, abrazándole con tales extremos de emoción, que su familia creyó que iba a morir. ¡Ocho años sin ver a su don Fernando! ¡Ocho años, durante los cuales había enviado todos los meses un papel lleno de garabatos a aquel presidio del Norte, donde guardaban a su héroe! El pobre Matacardillos sabía que iba a morir de un momento a otro. Ya no dormía en la cama, se ahogaba, vivía casi artificialmente clavado en su sillón de paja, sin poder servir una copa, acogiendo con sonrisa triste a los arrieros y gañanes que le hablaban de su cara de salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de vicio. Don Fernando debía volver alguna vez a verle. Le molestaría poco tiempo; iba a morir muy pronto; pero su presencia alegraría la poca vida que le quedase. Y Salvatierra había prometido volver, siempre que pudiese, a visitar al _veterano_, en compañía de Manolo el de Trebujena (otro de los suyos), al que había encontrado en el ventorro del Grajo. Con él emprendió el regreso a Jerez, cuando los alcanzó la tempestad, obligándoles a refugiarse en el cortijo. ...

En la línea 924
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Salvatierra, al oír el nombre del cortijo, recordó a su camarada del ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor remedio. No le había visto desde el día en que el temporal le obligó a refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponiéndose repetir su visita en la próxima semana. Prolongaría uno de sus largos paseos, llegando hasta aquella choza donde le esperaban como un consuelo. ...

En la línea 1953
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo. ...

En la línea 1955
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando, de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un hombre, sin una bestia, con la monótona soledad del domingo. ...

En la línea 1391
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... «Esta es la casa»—dijo al fin, apeándose ante una humilde choza—. ...

En la línea 3877
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... CAPÍTULO XXIX Llegada a Padrón.—Un proyecto aventurado.—El _alquilador_.—Falta de palabra.—Un compañero singular.—Historia sencilla.—Un camino áspero.—La deserción.—La jaca.—Un diálogo.—Situación difícil.—La _Estadea_.—Nos anochece.—La choza.—La almohada del viajero. ...

En la línea 3940
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Allí entramos en una _choza_ gallega para reponer nuestras fuerzas y las del caballo. ...

En la línea 3941
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos bípedos nos regalamos con _broa_ y _aguardiente_, servidos por una mujer que encontramos en la choza. ...

En la línea 673
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó, por su parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. ...

En la línea 7556
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no escusadas para la claridad desta historia Durmió Sancho aquella noche en una carriola, en el mesmo aposento de don Quijote, cosa que él quisiera escusarla, si pudiera, porque bien sabía que su amo no le había de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se hallaba en disposición de hablar mucho, porque los dolores de los martirios pasados los tenía presentes, y no le dejaban libre la lengua, y viniérale más a cuento dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia acompañado. ...

En la línea 231
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Inmediatamente se pone a interrogarme del modo más altanero y misterioso. Por fortuna llevo encima una carta de recomendación que me ha dado el gobierno de Buenos Aires5 para el comandante de Patagones. Lleva esa carta al general Rosas, quien me envía un atentísimo mensaje, y el secretario viene en mi busca, pero esta vez muy cortés y muy cumplido. Vamos a aposentarnos al rancho o choza de un viejo español que había seguido a Napoleón en su expedición a Rusia. ...

En la línea 320
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... En Montevideo, de donde acabábamos de salir, en los veintitrés días comprendidos entre el 26 de julio y el 19 de agosto, la temperatura media, deducida de 276 observaciones, elevóse a 14,60 centígrados; la temperatura media del día más cálido fue de 18,6° y la del día frío fue de 7,7°-. El punto más bajo donde descendió el termómetro fue de 5,30 y subió a veces en el día hasta el de 20,5°- a 21,1°-. Sin embargo, a pesar de esta elevada temperatura, casi todos los escarabajos, varios géneros de arañas, los limacos, los moluscos terrestres, los sapos y los lagartos estaban escondidos todos ellos debajo de las piedras y soñolientos. Por el contrario, acabamos de ver que en Bahía Blanca, que sólo está 4° de latitud más al sur, y donde, por consiguiente, es muy pequeña la diferencia de clima, esa misma temperatura con un calor extremo algo menor, basta para despertar a los seres animados, de todos los órdenes. Esto prueba cómo el estímulo necesario para hacer salir a los animales del estado de sueño engendrado por la invernada, se rige admirablemente por el clima ordinario del país y no por el calor absoluto. Sabido es que entre los trópicos la soñolencia de verano de los animales está determinada, no por la temperatura, sino por los momentos de sequía. Al pronto quedé muy sorprendido al observar junto a Río de Janeiro, que numerosos moluscos e insectos, bien desarrollados, que debieron de haber estado sumidos en letargo, poblaban en pocos días las menores depresiones que habían estado llenas de agua. Humboldt ha referido un extraño accidente: una choza construida en un lugar donde un cocodrilo joven estaba enterrado en barro endurecido. Y añade: «los indios encuentran a menudo enormes boas, que llaman ellos ují (serpiente de agua), sumidas en un estado letárgico; para reanimarlas, es menester irritarlas o mojarlas». ...

En la línea 368
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Esos soldados viven en una choza pequeña, construida con tallos de cardo, que no les resguarda contra el viento ni la lluvia; en este último caso, la única función de la techumbre consiste en reunirla en gotas más gruesas. No les dan víveres: para alimentarse sólo tienen lo que pueden cazar, avestruces, ciervos, armadillos, etc.; por único combustible, no tienen sino los tallos de una pequeña planta, parecida un poco al áloes. El único lujo que pueden permitirse esos hombres es fumar cigarrillos y mascar mate. No podía menos de pensar que los buitres, habituales acompañantes del hombre en estas desiertas llanuras, encaramados en los altos más próximos, con su paciencia ejemplar parecían decir a cada instante: «¡Ah, qué banquete cuando vengan los indios!». ...

En la línea 378
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... 16 de septiembre.- Llegamos a la séptima posta, situada al pie de la sierra Tapalguen. Hemos atravesado un país absolutamente llano; el suelo, blando y turboso, está cubierto de ásperas hierbas. La choza está muy limpia y es muy habitable; los postes y las vigas consisten en una docena de tallos de cardo silvestre, atados con tiras de cuero; esos pies derechos, que parecen columnas jónicas, sostienen la techumbre y los costados, cubiertos de cañas a manera de bálago. Aquí me refieren un hecho que no hubiera podido creer si no hubiese sido en parte testigo presencial de él. Durante la noche anterior, un granizo tan gordo como manzanitas y en extremo duro, había caído con tal violencia, que causó la muerte a un gran número de animales salvajes. Uno de los soldados encontró trece cadáveres de ciervos (Cervus campestris), y me enseñaron la piel aún fresca de éstos; minutos después de mi llegada, otro soldado trajo siete más. ...

En la línea 916
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... ¡Cuál fue su gozo cuándo al fin vio el destello de una luz! Acercóse a ella cautelosamente, paso a paso, para mirar en torno y escuchar. La luz procedía de un hueco de ventana sin vidrios en una desvencijada choza. El niño oyó una voz y sintió ganas de correr y esconderse, pero cambió al momento de opinión, ya que, sin lugar á dudas, aquella voz estaba rezando. Deslizóse el rey hasta la ventana, se puso de puntillas y echó una mirada al interior de la choza. La habitación era pequeña y su suelo de tierra apisonada por el uso. En un rincón se veía un lecho de juncos y una o dos mantas hechas jirones; cerca de él un cubo, una taza, una jofaina, y algunos cacharros y sartenes. Había un banco angosto y un escabel de tres patas; en la chimenea quedaba el rescoldo de un fuego de leña. Ante una hornacina, iluminada por una sola vela, se hallaba arrodillado un hombre de edad, a cuyo lado, en una caja vieja de madera, estaban un libro abierto y una calavera. El hombre, que era de cuerpo grande y huesudo, y de pelo y barba largos y blancos como la nieve, se cubría con unas pieles de cordero que le llegaban de la garganta a las rodillas. ...

En la línea 975
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Silencio. Se oyó ruido de voces cerca de la choza y el cuchillo cayó de las manos del ermitaño, el cual arrojó una piel de cordero sobre Eduardo y se levantó tembloroso. Aumentaron los ruidos, y pronto las voces sonaron bruscas y coléricas. Sobrevinieron luego golpes y gritos de socorro, y por fin el rumor de pasos rápidos que se retiraban. Inmediatamente se sintió una sucesión de golpes atronadores en la puerta de la choza, seguida de estas palabras: ...

En la línea 975
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Silencio. Se oyó ruido de voces cerca de la choza y el cuchillo cayó de las manos del ermitaño, el cual arrojó una piel de cordero sobre Eduardo y se levantó tembloroso. Aumentaron los ruidos, y pronto las voces sonaron bruscas y coléricas. Sobrevinieron luego golpes y gritos de socorro, y por fin el rumor de pasos rápidos que se retiraban. Inmediatamente se sintió una sucesión de golpes atronadores en la puerta de la choza, seguida de estas palabras: ...

En la línea 981
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –¿Qué muchacho? Dejaos de mentiras, señor, ermitaño, y no tratéis de engañarme, que no estoy de humor para sufrirlo. Cerca de aquí he apresado a los bellacos que me lo robaron, y les he hecho confesar. Me han dicho que se había escapado otra vez y que le habían seguido hasta la puerta de esta choza. Me enseñaron sus mismas huellas. No os detengáis más, porque os aseguro que si no me lo entregáis… ¿Dónde está? ...

En la línea 694
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... El malayo cerró la puerta de la choza, apagó el fuego, se echó en un rincón y soñó que ya estaba en Mompracem. ...

En la línea 177
del libro Fantina Los miserables Libro 1
del afamado autor Victor Hugo
... Entró en una callejuela a la cual daban muchos jardines. El viento frío de los Alpes comenzaba a soplar. A la luz del expirante día el forastero descubrió una caseta en uno de aquellos jardines que costeaban la calle. Pensó que sería alguna choza de las que levantan los peones camineros a orillas de las carreteras. Sentía frío y hambre. Estaba resignado a sufrir ésta, pero contra el frío quería encontrar un abrigo. Generalmente esta clase de chozas no están habitadas por la noche. Logró penetrar a gatas en su interior. Estaba caliente, y además halló en ella una buena cama de paja. Se quedó por un momento tendido en aquel lecho, agotado. De pronto oyó un gruñido: alzó los ojos y vio que por la abertura de la choza asomaba la cabeza de un mastín enorme. ...

En la línea 179
del libro Fantina Los miserables Libro 1
del afamado autor Victor Hugo
... Se arrastró fuera de la choza como pudo, no sin agrandar los desgarrones de su ropa. Salió de la ciudad, esperando encontrar algún árbol o alguna pila de heno que le diera abrigo. Pero hay momentos en que hasta la naturaleza parece hostil; volvió a la ciudad. Serían como las ocho de la noche. Como no conocía las calles, volvió a comenzar su paseo a la ventura. Cuando pasó por la plaza de la catedral, enseñó el puño a la iglesia en señal de amenaza. Destrozado por el cansancio, y no esperando ya nada se echó sobre un banco de piedra. Una anciana salía de la iglesia en aquel momento, y vio a aquel hombre tendido en la oscuridad. ...

En la línea 336
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Cien metros más allá, Buck se encontró con uno de los perros de trineo que Thornton había comprado en Dawson. Se revolcaba en lucha con la muerte, en mitad del camino, y Buck pasó bordeándolo sin detenerse. Del campamento llegaban débilmente numerosas voces, en una cantinela cuyo sonido aumentaba y decrecía de forma monótona. Al aproximarse, pegado al suelo, al borde del claro, encontró a Hans boca abajo, emplumado de flechas como un puerco espín. En el mismo instante miró hacia donde había estado la choza de ramas y lo que vio hizo que se le erizase el pelo del cuello y del lomo. Una ráfaga de rabia insuperable lo recorrió. Sin ser consciente de ello, emitió un terrible bramido de furia. Por última vez en su vida permitió que la pasión usurpara el lugar de la astucia y la razón; y si esa vez perdió la cabeza fue por el gran amor que profesaba a John Thornton. ...

En la línea 337
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Los yeehat estaban bailando en torno a los restos de la choza de ramas cuando oyeron el espantoso rugido y vieron venírseles encima a un animal como nunca habían visto otro igual. Era Buck, furioso ciclón viviente, que se lanzaba contra ellos poseído de frenesí destructivo. Saltó sobre el que más destacaba (era el jefe de los yeehat) y le hizo un amplio desgarrón en la garganta, hasta que la yugular destrozada se convirtió en una fuente de sangre. No se entretuvo en acosar a la víctima, sino que prosiguió mordiendo indiscriminadamente, y al siguiente brinco le desgarró la garganta a un segundo hombre. No había forma de detenerlo. Metido entre ellos, mordía, rasgaba, destrozaba, en un aterrador movimiento continuo que desafiaba las flechas que le arrojaban. De hecho, tan increíblemente rápidos eran sus movimientos y tan amontonados estaban los indios, que eran ellos los que se herían con las flechas unos a otros. Y un cazador joven que lanzó un venablo a Buck en pleno salto, se lo clavó a otro cazador con tanta fuerza, que se le quedó clavado en la espalda. Entonces el pánico se apoderó de los yeehat que escaparon despavoridos al bosque proclamando en la huida el advenimiento del Espíritu del Mal. ...

En la línea 504
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Cinco minutos después, Phileas Fogg, sir Francis Cromarty y Picaporte llegaban cerca, de una choza adherida a una cerca formada por altas empalizadas. En la choza habia un indio, y en la cerca, un elefante. El indio introdujo a mister Fogg y a sus dos compañeros en la cerca. ...


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Más información sobre la palabra Choza en internet

Choza en la RAE.
Choza en Word Reference.
Choza en la wikipedia.
Sinonimos de Choza.

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