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La palabra apagaba
Cómo se escribe

la palabra apagaba

La palabra Apagaba ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece apagaba.

Estadisticas de la palabra apagaba

La palabra apagaba no es muy usada pues no es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE

Más información sobre la palabra Apagaba en internet

Apagaba en la RAE.
Apagaba en Word Reference.
Apagaba en la wikipedia.
Sinonimos de Apagaba.


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece apagaba

La palabra apagaba puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 8676
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Haciendo seña a La Houdinière y a Cahusac de detenerse, descendió de su caballo y se aproximó a aquellos reidores sospechosos, esperando que con la ayuda de la are na que apagaba sus pasos, y del seto que ocultaba su marcha, podría oír algunas palabras de aquella conversación que t an interesante pare cía; a diez pasos del seto solamente reconoció el parloteo gascón de D'Artagnan, y como ya sabía que aquellos hombres eran mosquete ros, no dudó que los otros tres fueran aquellos que llamaban los inse parables, es decir, Athos, Porthosy Aramis. ...

En la línea 9421
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Ella le miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal, llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego. ...

En la línea 11170
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Quería que le consolase el reflexionar que por ella era todo aquello, que por ella había él vuelto a sentir con vigor las pasiones de la juventud que creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza, se encenagaba él en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no apagaba el remordimiento. ...

En la línea 4179
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Acostose también ella, y estuvo dándole conversación hasta que le entró sueño. ¡Pobre chico! La lástima que Fortunata sentía, apagaba en su espíritu la aversión, o al menos la escondía, como en un repliegue, no permitiéndole manifestarse. Y la compasión hacía que brotaran en su voluntad aquellos deseos de virtud sublime que a ratos surgían como flor de un minuto, criada por la emulación. La emulación o la manía imitativa eran lo que determinaba la idea de que si su marido se ponía muy malo, muy malo, ella sería la maravilla del mundo por el esmero en asistirle y cuidarle. Mas para que el triunfo fuese completo era menester que a Maxi le entrase una enfermedad asquerosa, repugnante y pestífera, de esas que ahuyentan hasta a los más allegados. Ella, entonces, daría pruebas de ser tan ángel como otra cualquiera, y tendría alma, paciencia, valor y estómago para todo. «Y entonces vería esa si aquí hay perfecciones o no hay perfecciones, y que cada una es cada una… Lo malo sería que no lo viese, porque acá no ha de venir… ». ...

En la línea 5362
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Ninguna noche conciliaba el sueño antes de que diera las doce el reloj de la Casa-Panadería. Oía claramente algunas campanadas; después el sonido se apagaba alejándose, como si se balanceara en la atmósfera, para volver luego y estrellarse en los cristales de la ventana. En el estado incierto del crepúsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el viento venía a la plaza a jugar con la hora. Cuando el reloj empezaba a darla, el viento la cogía en sus brazos y se la llevaba lejos, muy lejos… Después volvía para acá, describiendo una onda grandísima, y retumbaba ¡plam!, tan fuerte como si el sonoro metal estuviera dentro de la casa. El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza Mayor y se iba hasta Palacio, y aún más allá, cual si fuera mostrando la hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes: «Aquí tenéis las doce, tan guapas». Y luego tornaba para acá, ¡plam!… ¡ay!, era la última. El viento entonces se largaba refunfuñando. Otras noches se entretenía la joven discurriendo que la hora de la Puerta del Sol y la hora de la Panadería se enzarzaban. Empezaba esta, y le respondía la otra. De tal modo se confundían los toques, que no conociera aquella hora ni la misma noche que la inventó. Las doce de acá y las doce de allá eran una disputa o guirigay de campanadas. «Vamos, que también se oye la Merced… Tantísima hora, tantísima hora, y no sabe una si son las doce o qué… ». ...


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Errores Ortográficos típicos con la palabra Apagaba

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