La palabra Acudieron ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece acudieron.
Estadisticas de la palabra acudieron
Acudieron es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 7335 según la RAE.
Acudieron aparece de media 11.5 veces en cada libro en castellano.
Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la acudieron en las obras de referencia de la RAE contandose 1748 apariciones .
Errores Ortográficos típicos con la palabra Acudieron
Cómo se escribe acudieron o hacudieron?
Cómo se escribe acudieron o akudieron?
Cómo se escribe acudieron o acudierron?
Más información sobre la palabra Acudieron en internet
Acudieron en la RAE.
Acudieron en Word Reference.
Acudieron en la wikipedia.
Sinonimos de Acudieron.

El Español es una gran familia
Algunas Frases de libros en las que aparece acudieron
La palabra acudieron puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 975
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Como de costumbre, el palacio del señor de Tréville estaba lleno de soldados de esa arma,que acudieron en socorro de sus camaradas. ...
En la línea 9963
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Los tres amigos acudieron y encontraron a D'Artagnan que, en lugar de encontrarse mal, corría hacia su caballo. ...
En la línea 6908
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Dos marineros acudieron solícitos con una buena ración y me la ofrecieron con afecto fraternal; no vacilé en aceptar su obsequio, y los boquerones me parecieron deliciosos. ...
En la línea 826
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendo ellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio, comenzaron a menudear sobre ellos con grande ahínco y vehemencia. ...
En la línea 2759
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, y el cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltase el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicándole tuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea; y que, siendo verdad, como sin duda ellos creían que lo era, lo que en sus razones había dicho, que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. ...
En la línea 3376
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes con el ventero, pues, por persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas, le habían pagado todo lo que él quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de la plática del oidor y la resolución de su amo, cuando el demonio, que no duerme, ordenó que en aquel mesmo punto entró en la venta el barbero a quien don Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno, que trocó con los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento a la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando no sé qué de la albarda, y así como la vio la conoció, y se atrevió a arremeter a Sancho, diciendo: -¡Ah don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todos mis aparejos que me robastes! Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyó los vituperios que le decían, con la una mano asió de la albarda, y con la otra dio un mojicón al barbero que le bañó los dientes en sangre; pero no por esto dejó el barbero la presa que tenía hecha en el albarda; antes, alzó la voz de tal manera que todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia, y decía: -¡Aquí del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda, me quiere matar este ladrón salteador de caminos! -Mentís -respondió Sancho-, que yo no soy salteador de caminos; que en buena guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos. ...
En la línea 3904
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado la conversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido. ...
En la línea 9187
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... En vano la Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilán acudieron presurosos al tener noticia del mal; a todos los recibió afablemente, sonrió a todos, pero contaba los minutos que faltaban para las diez de la noche. ...
En la línea 11973
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Sin necesidad de decírselo, ni por señas, acudieron ambos a una cita. ...
En la línea 1363
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Inmediatamente acudieron los seis bandoleros con su barra. Mientras unos la mantenían verticalmente, otros se frotaban las manos y escupían en ellas, preparándose para el gran esfuerzo común. ...
En la línea 1525
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Aquella cárcel estaba guardada por una tropa numerosa, compuesta de mujeres flecheras y hombres barbudos de la policía montada. Al ver aproximarse al gigante por el extremo de la avenida, o sea a una distancia que hubiese exigido de cualquier pigmeo mil pasos para correrla, todas estas tropas acudieron a las armas. Nadie pensó en huir. Las explosiones de entusiasmo y los cantos patrióticos de los días anteriores habían infundido a todos una audacia heroica. ...
En la línea 2892
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Dos o tres días después, volviendo del Saladero, a donde fue para decir a su hermano que pronto le soltarían, vio Maximiliano a Santa Cruz guiando un faetón por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tenía el brazo bueno. Miró a Maxi, y este le miró a él. Desde lejos, porque el coche iba bastante a prisa, observó Rubín que este entraba por la calle de Raimundo Lulio. ¿Pasaría luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel momento sintió el exaltado chico ganas de tener alas. Apresuró el paso todo lo que pudo, y al llegar a su calle… ¡Dios!… lo que se temía… Fortunata en el balcón, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo de la Habana, por donde seguramente había seguido el coche. Subió el joven farmacéutico tan rápidamente la escalera, que al llegar arriba no podía respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones. Cayose más bien que se sentó en una silla, y su mujer y Patricia acudieron a él creyendo que le daba algún accidente. No podía hablar y se golpeaba la cabeza con los puños. Cuando su mujer se quedó sola con él sintió Rubín que aquella furibunda cólera se trocaba en un dolor cobarde. El alma se le desgajaba y sacudía resistiéndose a albergar en su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuqueó las manos. «Ten piedad de mí—le dijo con aflicción más de niño que de hombre—. Por tu vida… la verdad, la verdad. Ese señor… tú esperándole… él pasaba por verte. Tú no me quieres, tú me estás engañando… le quieres otra vez… le has visto en alguna parte. La verdad… Más quiero morirme de pena que de vergüenza. Fortunata, yo te saqué de las barreduras de la calle, y tú me cubres a mí de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de él una caricatura. El último favor te pido… la verdad, dime la verdad». ...
En la línea 3284
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no sabía con cuál quedarse, y estaba perpleja y muda. ...
En la línea 4426
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Todos acudieron a la señora de Santa Cruz que había perdido el conocimiento, y Moreno, poniendo una cara entre burlesca y consternada, se dejó decir: «Estas cosas le pasan a mi querida tía por meterse a redentora». ...
En la línea 5687
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofícialas corrieron espantadas al auxilio de su jefe; pero por pronto que acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente; y después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y tiró con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oían desde la calle. Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro. Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que clavaba sus garras en el pelo de la víctima, que si no, allí da cuenta de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por desasirse y seguir la gresca; pero al fin el número, que no el valor, venció su increíble pujanza. A una de las modistillas la tiró patas arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían realizar. «Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el plato ajeno… Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de engañar al Verbo Divino. ¡Lástima de agua del bautismo la que te echaron! Tramposa, chalana… Te pateo la cara aunque me deshonre las suelas de las botas». ...
En la línea 883
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Otros pensamientos acudieron a su mente. Le aterraba la idea de pasar ante el banco donde se había sentado a reflexionar cuando se marchó la muchacha. El mismo temor le infundía un posible nuevo encuentro con el gendarme bigotudo al que había entregado veinte kopeks. «¡El diablo se lo lleve! ...

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