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La palabra acechando
Cómo se escribe

la palabra acechando

La palabra Acechando ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece acechando.

Estadisticas de la palabra acechando

La palabra acechando no es muy usada pues no es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE

Más información sobre la palabra Acechando en internet

Acechando en la RAE.
Acechando en Word Reference.
Acechando en la wikipedia.
Sinonimos de Acechando.


El Español es una gran familia

Algunas Frases de libros en las que aparece acechando

La palabra acechando puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 3575
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Al mes, ya Feijoo no podía vivir sin aumentar indefinidamente las horas que al lado de ella pasaba. Muchos días comían o almorzaban juntos, y como ambos amantes habían convenido en enaltecer y restaurar prácticamente la hispana cocina, hacía la individua unos guisotes y fritangas, cuyo olor llegaba más allá de San Francisco el Grande. De sobremesa, si no jugaban al tute, el buen señor le contaba a su querida aventuras y pasos estupendos de su dramática vida militar. Había estado en Cuba en tiempo de la expedición de Narciso López, y trabajó mucho en la persecución y captura del famoso insurgente. Fortunata le oía embelesada, puestos los codos sobre la mesa, la cara sostenida en las manos, los ojos clavados en el narrador, quien bajo la influencia de la atención ingenua de su amada, se sentía más elocuente, con la memoria más fresca y las ideas más claras. «Tú no puedes hacerte cargo de aquellas noches de luna en Cuba, de aquella bóveda de plata resplandeciente, de aquellos manglares que son jardines en medio de los espejos de la mar… Pues aquella noche de que te hablo, estábamos acechando junto a un río, porque sabíamos que por allí habían de pasar los insurgentes. Oímos un chapoteo en el agua; creímos que era un caimán que se escurría entre las cañas bravas. De repente, pim… un tiro. ¡Ellos!… Al instante toda nuestra gente se echa los fusiles a la cara. Ta-ra-ra-trap… Un negrazo salta sobre mí, y zas, le meto el machete por el ombligo y se lo saco por el lomo… No me he visto en otra, hija». ...

En la línea 4002
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Entró la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien. Juan Antonio había claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de damasco, formando como un marco. Resultaba un conjunto bonito y muy simpático, y así lo declaró la señora, echándole sus gafas. Luego cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de gran habilidad, había hecho para rifarla. Era de cuadros de malla, combinados con otros cuadros de peluche carmesí. Encima se puso un paño de altar traído de la parroquia, que tenía un hermoso encaje. Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados. Era papelista, y en su arte, con paciencia y engrudo, hacía maravillas. Se colocaron los ramos de caracoles, cajitas de dulce y estampas; y por fin, los retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al enemigo. ...

En la línea 4776
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... «Le manda su último artículo—dijo el regente a sus amigos, acechando en la puerta de la farmacia—. Ahora baja la cuerda con un dulce… Como anoche, lo mismo que anoche. Veréis, veréis la broma que le tengo preparada». ...

En la línea 4862
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita, riéndole las gracias a doña Desdémona, se fueron al balcón. La viuda tenía que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante empezó el secreto. «Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. ¿Sabes que el primo Moreno no sale de la tienda? Allí se va por las mañanas, y no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen. El muy tonto, ¡qué mal lo disimula! Parece mentira que se chifle así un hombre de su edad… porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre enfermo… porque los médicos dirán lo que quieran, pero el mejor día hace el crac… ¿Y qué más prueba de su embrutecimiento que estar aquí?… ¿Por qué no se va al extranjero como otros años? Buen pajarraco está. Ya ves; un hombre, por ejemplo, que podría haber hecho la felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin familia propia, solo, triste… ¡Ah!, le conozco bien: es un disoluto, un inmoral, un corrompido. No le gustan más que las casadas. Me lo ha dicho a mí misma… a mí me lo ha dicho». ...


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