Cual es errónea Viajar o Viagar?
La palabra correcta es Viajar. Sin Embargo Viagar se trata de un error ortográfico.
El Error ortográfico detectado en el termino viagar es que hay un Intercambio de las letras g;j con respecto la palabra correcta la palabra viajar
Más información sobre la palabra Viajar en internet
Viajar en la RAE.
Viajar en Word Reference.
Viajar en la wikipedia.
Sinonimos de Viajar.
Errores Ortográficos típicos con la palabra Viajar
Cómo se escribe viajar o viajarr?
Cómo se escribe viajar o biajar?
Cómo se escribe viajar o viagar?

El Español es una gran familia
Te vas a reir con las pifia que hemos hemos encontrado cambiando las letras g;j
Reglas relacionadas con los errores de g;j
Las Reglas Ortográficas de la G
Las palabras que contienen el grupo de letras -gen- se escriben con g.
Observa los ejemplos: origen, genio, general.
Excepciones: berenjena, ajeno.
Se escriben con g o con j las palabras derivadas de otra que lleva g o j.
Por ejemplo: - de caja formamos: cajón, cajita, cajero...
- de ligero formamos: ligereza, aligerado, ligerísimo...
Se escriben con g las palabras terminadas en -ogía, -ógico, -ógica.
Por ejemplo: neurología, neurológico, neurológica.
Se escriben con g las palabras que tienen los grupos -agi-, -igi. Por ejemplo: digiere.
Excepciones: las palabras derivadas de otra que lleva j. Por ejemplo: bajito (derivada de bajo), hijito
(derivada de hijo).
Se escriben con g las palabras que empiezan por geo- y legi-, y con j las palabras que empiezan por
eje-. Por ejemplo: geografía, legión, ejército.
Excepción: lejía.
Los verbos cuyos infinitivos terminan en -ger, -gir se escriben con g delante de e y de i en todos sus
tiempos. Por ejemplo: cogemos, cogiste (del verbo coger); elijes, eligieron (del verbo elegir).
Excepciones: tejer, destejer, crujir.
Las Reglas Ortográficas de La J
Se escriben con j las palabras que terminan en -aje. Por ejemplo: lenguaje, viaje.
Se escriben con j los tiempos de los verbos que llevan esta letra en su infinitivo. Por ejemplo:
viajemos, viajáis (del verbo viajar); trabajábamos, trabajemos (del verbo trabajar).
Hay una serie de verbos que no tienen g ni j en sus infinitivos y que se escriben en sus tiempos
verbales con j delante de e y de i. Por ejemplo: dije (infinitivo decir), traje (infinitivo traer).
Algunas Frases de libros en las que aparece viajar
La palabra viajar puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 4775
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -¡A fe mía! Admiro esos tres magníficos caballos que los mozos de cuadra tienen de la brida; es un placer de príncipe viajar en seme jantes monturas. ...
En la línea 703
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Algunos borrachos he conocido en Portugal, pero, sin excepción, eran individuos que, después de viajar fuera de su tierra, como aquel cochero, regresaban llenos de desprecio hacia su patria y manchados con los peores vicios de los países donde habían vivido. ...
En la línea 1155
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... YO.—Antes de responder desearía que me dijeses qué asuntos son esos que te obligan a ir a _Castumba_; tu yerno Paco me tiene dicho que los gitanos no acostumbran ya a viajar. ...
En la línea 1158
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Volviendo a lo de antes: eres libre de rechazar mi ofrecimiento; hay un _drungruje_ de aquí a _Madrilati_, y puedes viajar en el _birdoche_ o con los _dromalis_; pero te advierto, como hermano, que hay _chories_ en el _drun_, y algunos de ellos son del _Errate_. ...
En la línea 1456
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... ¿Viene usted con él? —¿Tengo yo aspecto de viajar en compañía de gitanos? El nacional me miró de pies a cabeza, y luego me clavó los ojos en el rostro, con una expresión que parecía querer decir: «Sí, señor; bastante.» Realmente, mi atavío no era muy a propósito para disponer a la gente en mi favor. ...
En la línea 496
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... hay campos inmensos de cardos cultivados y silvestres; hasta puede decirse que la región entera no es sino una gran llanura cubierta de estas plantas, las cuales no se mezclan jamás. El cardo cultivable tiene poco más o menos la altura de un caballo, pero el cardo silvestre de las Pampas excede a menudo en altura de la cabeza de un jinete. Abandonar la senda un instante sería locura, pues a menudo el mismo camino está invadido. Por supuesto, allí no hay ningún pasto, y si bueyes o caballos entran en un campo de cardos es imposible volver a encontrarlos. Por eso es muy aventurado hacer viajar bestias en esa estación; pues cuando están lo suficientemente rendidas de fatiga para no querer ya seguir más lejos, se escapan a los campos de cardos y no se las vuelve a ver más. Hay muy pocas estancias en esas regiones; y las pocas que allí se encuentran están situadas cerca de valles húmedos, donde afortunadamente no puede crecer ninguna de esas terribles plantas. La noche nos sorprende antes de llegar al término de nuestro viaje, y pasamos la noche en una chocita miserable habitada por gente pobre; la extrema cortesía de nuestro hospedero y de nuestra hospedera forma encantador contraste con todo lo que nos rodea. ...
En la línea 536
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... En cuanto a la divergencia de los hilos, creo que Mister Murray ha tratado de explicarla por su estado eléctrico semejante. Yo he encontrado en varias ocasiones arañas de la misma especie, pero de edad y sexo diferentes, adheridas en gran número a las cuerdas del buque a gran distancia de tierra, lo que tiende a probar que la costumbre de viajar por el aire caracteriza a esta especie como la de la sumersión caracteriza al Argironetes. Podemos, pues, desechar la suposición de Latreille, que dice: que los hilos de la Virgen deben su origen indistintamente a los animales jóvenes de varios géneros de arañas; por más que, como hemos visto, otras arañas jóvenes posean la facultad de realizar viajes aéreos. ...
En la línea 1251
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Tan pronto como emprendimos la marcha se nos unen una mujer y dos niños que hacían el mismo viaje. este país, único de Sudamérica en que se puede viajar sin necesidad de llevar armas, pronto se hacen amistades ...
En la línea 1252
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... un principio se suceden sin interrupción colinas y valles, pero a medida que nos aproximamos a Castro se presenta el terreno más llano. camino es por sí mismo muy curioso: en toda su longitud, a excepción de algunos trozos anchos y colocados longitudinalmente y otros muy estrechos transversales. verano no está muy malo este camino, pero en invierno, cuando la madera se pone escurridiza con la lluvia, es muy difícil viajar. ...
En la línea 669
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - Ha acertado usted, gentleman. El ilustre Momaren ha sido joven, como todos, y guarda la tristeza de un gran desengaño amatorio. Por eso muchos consideramos a Golbasto como el primero de nuestros poetas heroicos y a Momaren como el más exquisito de nuestros poetas de amor… . Yo quisiera que usted le manifestase esta tarde la admiración y el entusiasmo que ha sentido al leer sus versos. Piense que es mi jefe; piense que tan poderoso personaje ha ordenado la producción de este hermoso volumen solo por serle grato, haciendo trabajar en el durante cuatro días a todos los pintores y encuadernadores que dependen de la Universidad, y piense finalmente que el Padre de los Maestros es quien puede influir sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo para que le permitan viajar por toda la República acompañandome en mis conferencias, medio seguro de que los dos ganemos riquezas enormes. ...
En la línea 1489
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - ¿Se siente usted capaz de viajar montada en mi cabeza? ...
En la línea 1509
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - Ahora va usted a viajar con más comodidad -dijo, tomando a Popito entre dos dedos y elevándola sobre la mesa. ...
En la línea 287
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o pan seco… El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un beso, que las hambres con amor son menos. ...
En la línea 4906
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Haces la vida del caprichoso, que es peor. Te conviene una tranquilidad absoluta, renunciar a los deseos vehementes, a las cavilaciones que la no satisfacción de ellos te produce; viajar menos, ahogar todo apetito loco de los sentidos, renunciar a todos los excitantes malsanos; no me refiero solamente al café y al té, sino más principalmente a los excitantes imaginativos e ideales; huir de las emociones, y cortarte la coleta de banderillero, con intención de no dejártela crecer más; trazar una raya en tu vida y decir: «ni Cristo pasó de la Cruz, ni yo paso de aquí». Si tuvieras treinta o treinta y cinco años, te aconsejaría que te casaras; pero más vale que te hagas la cuenta de que por reciente providencia judicial… o divina, han desaparecido todas las mujeres que hay en el mundo, casadas, solteras y viudas… ...
En la línea 2025
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... ¿Para qué interrumpirme a fin de preguntarme si mi antipatía hacia Provis podía deberse a Estella? ¿Para qué entretenerme en mi camino, a fin de comparar el estado de mi mente entre cuando traté de limpiarme de la mancha de la prisión, antes de ir al encuentro de Estella en la oficina de la diligencia, con el estado mental en que me hallaba ahora, al considerar el abismo que se había abierto entre Estella, en su orgullo y belleza, y el presidiario a quien albergaba en mi casa? No por hacerlo sería mejor el camino ni tampoco el final que nos estuviese reservado a todos. Eso no sería de ningún beneficio para mi protector ni para mí. Esta narración me había producido otro temor; o, mejor dicho, tal relato había dado forma y objeto a un temor que sentía inconscientemente. Si Compeyson vivía y descubría por azar el regreso de Provis, no serían ya dudosas las consecuencias. Nadie mejor que yo estaba persuadido de que Compeyson tenía un miedo horrible a Provis, y no era difícil imaginar que un hombre como él, a juzgar por la descripción que se nos había hecho, no vacilaría en lo más mínimo en librarse de un enemigo delatándolo. Hasta entonces, yo no había dicho una sola palabra a Provis acerca de Estella, y estaba firmemente decidido a no hacerlo. Pero dije a Herbert que antes de marcharme al extranjero deseaba ver a Estella y a la señorita Havisham. Esto ocurrió en cuanto nos quedamos solos por la noche del mismo día en que Provis nos refirió su historia. Resolví, pues, ir a Richmond al siguiente día, y así lo hice. Al presentarme a la señora Brandley, ésta hizo llamar a la doncella de Estella, quien me dijo que la joven había marchado al campo. ¿Adónde? A la casa Satis, como de costumbre. Repliqué que no era como de costumbre, pues hasta entonces nunca había ido sin mí. Pregunté cuándo estaría de regreso, pero advertí una reserva especial en la respuesta, que aumentó mi perplejidad. La doncella me dijo que, según se imaginaba, no regresaría por algún tiempo. Nada pude adivinar ni comprender por tales palabras, excepto el hecho de que deliberadamente se proponían que yo no pudiese comprenderlo, y, así, volví a mi casa completamente desencantado. Por la noche volví a consultar con Herbert después de la marcha de Provis (y debo repetir que yo siempre le acompañaba hasta su alojamiento y observaba con la mayor atención alrededor de mí), y en nuestra conversación, después de tratar del asunto, llegamos a la conclusión de que nada podía decidirse acerca del proyectado viaje al extranjero hasta que yo regresara de mi visita a la señorita Havisham. Mientras tanto, Herbert y yo reflexionamos acerca de lo que más convendría decir, o bien que teníamos la sospecha y el temor de que alguien nos vigilara, receloso, o excusarnos en el hecho de que, como yo no había estado nunca en el extranjero, me resultaría agradable hacer un viaje. Nos constaba de antemano que él aceptaría 169 cualquier cosa que yo le propusiera. Por otra parte, Herbert y yo convinimos en que no había que pensar en que Provis continuara muchos días en el mismo peligro a que estaba expuesto. Al día siguiente cometí la bajeza de fingir que iba a cumplir una promesa hecha a Joe de ir a verle; yo era capaz de cometer cualquier indignidad con relacion a Joe o a su nombre. Mientras durase mi ausencia, Provis debería tener el mayor cuidado, y Herbert se encargaría de él como lo hacía yo. Me proponía estar ausente una sola noche, y a, mi regreso debería empezar, según las ideas de Provis, mi carrera como caballero rico. Entonces se me ocurrió, y, según vi más tarde, también se le ocurrió a Herbert, que podríamos inducirle a ir al extranjero con la excusa de hacer compras o algo por el estilo. Habiendo dispuesto así mi visita a la señorita Havisham, salí en la primera diligencia del día siguiente, cuando apenas había luz en el cielo, y nos encontramos en plena carretera al asomar el día, que parecía avanzar despacio, quejándose y temblando de frío, envuelto como estaba en capas de nubes y andrajos de niebla, cual si fuese un mendigo. Cuando llegamos a El Jabalí Azul, después de viajar entre la lluvia, ¡cuál no sería mi asombro al ver en el umbral de la puerta, con un mondadientes en la mano y contemplando la diligencia, a Bentley Drummle! Como él fingió no haberme visto, yo hice como si no le reconociera. Tal actitud era muy ridícula por ambas partes, y más aún porque luego entramos a la vez en la sala del café, en donde él acababa de terminar su desayuno y en donde ordené que me sirvieran el mío. Me era violento en grado sumo verle en la ciudad, puesto que de sobra sabía la causa de su permanencia en ella. Fingiendo que me entregaba a la lectura de un periódico local de fecha remota, en el que no había nada tan legible como las manchas de café, de encurtidos, de salsas de pescado, de manteca derretida y de vino de que estaba lleno, como si el papel hubiese contraído el sarampión de un modo muy irregular, me senté a mi mesa en tanto que él permanecía ante el fuego. Poco a poco me pareció insoportable que estuviera allí, y por esta causa me puse en pie, decidido a gozar de mi parte de calor en la chimenea. Para alcanzar el atizador a fin de reanimar el fuego, tuve que pasar mis manos por detrás de sus piernas; pero, sin embargo, continué fingiendo que no le conocía. - ¿Es un desaire? - preguntó el señor Drummle. - ¡Oh! - exclamé, con el atizador en la mano. - ¿Es usted? ¿Cómo está usted? Me preguntaba quién me impediría gozar del calor del fuego. Dicho esto, revolví las brasas de un modo tremendo y después me planté al lado del señor Drummle, con los hombros rígidos y de espaldas al fuego. - ¿Acaba usted de llegar? - preguntó el señor Drummle dándome un ligero empujón hacia un lado. - Sí - le contesté, empujándole, a mi vez, con mi hombro. - Es un lugar horrible - dijo Drummle. - Según tengo entendido, es su país. - Sí – asentí. - Y creo que su Shropshire es completamente igual a esto. - No se le parece en nada absolutamente - contestó Drummle. Luego se miró las botas, y yo le imité mirándome las mías. Un momento más tarde, el señor Drummle miró mis botas, y yo las suyas, en justa correspondencia. - ¿Hace mucho que está usted aquí? - le pregunté, decidido a no dejarme alejar una sola pulgada del fuego. - Lo bastante para estar cansado - contestó Drummle fingiendo un bostezo, pero igualmente decidido a no alejarse. - ¿Estará aún mucho tiempo? - No puedo decirlo - contestó Drummle. - ¿Y usted? - No puedo decirlo - repliqué. Entonces experimenté la sensación de que si en aquel momento el señor Drummle hubiese hecho la menor tentativa para disfrutar de más sitio ante el fuego, yo le habría arrojado contra la ventana, y también comprendí que si mi hombro hubiese expresado la misma pretensión, el señor Drummle me habría arrojado a la mesa más cercana. Él se puso a silbar, y yo hice lo mismo. - Por aquí abundan los marjales, según creo - observó Drummle. - Sí. ¿Y qué? - repliqué. El señor Drummle me miró, luego se fijó en mis botas y dijo: - ¡Oh! Y se echó a reír. - ¿Está usted de buen humor, señor Drummle? 170 - No – contestó, - no puede decir se que lo esté. Voy a pasear a caballo. Para pasar el rato me propongo explorar esos marjales. Me han dicho que junto a ellos hay varias aldeas y que hay tabernas y herrerías curiosas… ¡Camarero! - ¿Qué desea el señor? - ¿Está ensillado mi caballo? - Lo han llevado ya ante la puerta, señor. -Muy bien. Ahora fíjate. Hoy la señorita no saldrá a caballo, porque el tiempo sigue malo. - Muy bien, señor. - Y yo no vendré a comer, porque iré a hacerlo a casa de la señorita. - Muy bien, señor. Drummle me miró con tal expresión de triunfo en su carota de grandes mandíbulas, que el corazón me dolió a pesar de la estupidez de aquel hombre, exasperándome de tal manera que me sentí inclinado a cogerlo en mis brazos (de igual modo como en las historias de ladrones se cuenta que los bandidos cogían a las damas) para sentarlo a la fuerza sobre las brasas. Una cosa resultaba evidente en nosotros, y era que, de no venir nadie en nuestra ayuda, ninguno de los dos sería capaz de abandonar el fuego. Allí estábamos ambos, con los hombros y los pies en contacto, sin movernos a ningún lado ni por espacio de una pulgada. Desde allí podíamos ver el caballo ante la puerta y entre la lluvia; mi desayuno estaba servido en la mesa, en tanto que ya habían retirado el servicio de Drummle; el camarero me invitaba a sentarme, y yo le hice una señal de asentimiento, pero los dos continuábamos inmóviles ante el fuego. - ¿Ha estado usted recientemente en «La Enramada»? - preguntó Drummle. - No - le contesté. - Ya quedé más que satisfecho de los Pinzones la última vez que estuve. - ¿Fue cuando tuvimos aquella pequeña diferencia de opinión? - Sí - le contesté secamente. - ¡Caramba! - exclamó él. - Demostró usted ser muy ligero de cascos. No debía haber perdido tan pronto su presencia de ánimo. - Señor Drummle - le contesté, - no es usted quién para darme consejos acerca del particular. Cuando pierdo el dominio sobre mí mismo (y con eso no admito que me ocurriese en aquella ocasión), por lo menos no tiro vasos a la cabeza de las personas. - Pues yo sí - contestó Drummle. Después de mirarle una o dos veces con expresión de ferocidad que aumentaba a cada momento, dije: - Señor Drummle, yo no he buscado esta conversación, que, por otra parte, no me parece nada agradable. - Seguramente no lo es - dijo con altanería y mirándome por encima del hombro. - No me lo parece ni remotamente. - Por lo tanto – continué, - y si me lo permite, me aventuraré a indicar la conveniencia de que en adelante no exista entre nosotros la menor comunicación. - Ésta es también mi opinión - dijo Drummle, - y lo habría indicado yo mismo, o lo hubiera hecho sin advertirlo. Pero no pierda usted los estribos. ¿No ha perdido ya bastante? - ¿Qué quiere usted decir, caballero? - ¡Camarero! - llamó Drummle como si quisiera contestarme de esta manera. El llamado acudió. -Fíjate bien. Supongo que has comprendido que la señorita no paseará hoy a caballo y que yo cenaré en su casa. - Lo he entendido muy bien, señor. Cuando el camarero, poniendo la mano en la tetera, vio que estaba muy fría, me dirigió una mirada suplicante y se marchó. Drummle, teniendo el mayor cuidado de no mover su hombro que se tocaba con el mío, sacó un cigarro del bolsillo, mordió la punta y lo encendió, pero sin demostrar su intención de apartarse lo más mínimo. Enfurecido como estaba, comprendí que no podríamos cruzar una sola palabra más sin hablar de Estella, nombre que no pódría consentirle que pronunciase; por esta razón, me quedé mirando fijamente a la pared, como si no hubiese nadie en la sala y yo mismo me obligara a guardar silencio. Es imposible decir cuánto tiempo habríamos permanecido en tan ridícula situación, pero en aquel momento entraron tres granjeros ricos, a los que acompañó el camarero sin duda alguna y que aparecieron en la sala del café desabrochándose sus grandes abrigos y frotándose las manos. Y como quiera que dieron una carga en dirección al fuego, no tuvimos más remedio que retirarnos. 171 A través de la ventana le vi agarrando las crines del cuello de su caballo y montando del modo brutal que le era peculiar. Luego desapareció. Me figuré que se había marchado, cuando volvió pidiendo fuego para el cigarro que tenía en la boca. Apareció un hombre con el traje lleno de polvo, a fin de darle con qué encender, e ignoro de dónde salió, si del patio de la posada o de la calle. Y mientras Drummle se inclinaba sobre la silla para encender el cigarro y se reía, moviendo la cabeza en dirección a la sala del café, los hombros inclinados y el revuelto cabello de aquel hombre, que me daba la espalda, me hicieron recordar a Orlick. Demasiado preocupado por otras cosas para sentir interés en averiguar si lo era o no, o para tocar siquiera el desayuno, me lavé la cara y las manos para quitarme el polvo del viaje y me dirigí a la vieja y tan recordada casa, que mejor habría sido para mí no ver nunca en la vida y en la que ojalá no hubiese entrado jamás. ...
En la línea 111
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... A los siete días de la llegada a Dawson ya estaban bajando por el empinado talud junto a los Barracks para enfilar la Yukon Trail en dirección a Dyea y Salt Water. Perrault era portador de despachos más urgentes, si cabe, que los que había traído; además, se había apoderado de él un orgullo profesional que lo incitaba a batir las marcas de velocidad del año. Varios aspectos le eran favorables. La semana de descanso había servido para que los perros se recuperasen y estuviesen en perfecto estado. La senda abierta por ellos a campo traviesa había sido después consolidada por otros viajeros. Y por último, la policía había instalado en dos o tres lugares depósitos de comida para los hombres y los perros, de modo que podían viajar con muy poco peso. ...
En la línea 150
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Un mestizo escocés se hizo cargo de él y de sus compañeros, y junto con una docena más de perros emprendieron el difícil camino a Dawson. Esta vez no se trataba de viajar ligeros de equipaje ni de batir un récord, sino de hacer un descomunal esfuerzo todos los días arrastrando una pesada carga. Aquel era el convoy del correo que llevaba las noticias del mundo a los hombres que buscaban oro en las regiones polares. ...
En la línea 162
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Pero aguantó hasta llegar al campamento, donde el conductor le hizo un lugar junto al fuego. Por la mañana lo encontró demasiado débil para viajar. A la hora del enganche intentó llegar como fuese hasta el conductor. Con un esfuerzo convulsivo se puso de pie, vaciló y cayó. Entonces empezó a arrastrarse lentamente hasta el lugar donde estaban enganchando a los perros. Adelantaba las patas delanteras y arrastraba el resto del cuerpo, y volvía a hacerlo para ganar cada vez un breve trecho. Las fuerzas lo abandonaron, y la última vez que sus compañeros lo vieron yacía jadeando sobre la nieve, mirándolos con anhelo. Pero lo oyeron aullar de forma lastimera hasta que se perdieron de vista detrás de una hilera de árboles. ...
En la línea 169
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Los propios conductores- esperaban confiados un prolongado respiro. Habían hecho dos mil kilómetros con dos días de asueto, y razonablemente y en justicia se merecían un intervalo de descanso. Pero eran tantos los hombres que habían acudido a Klondike y tan numerosas las novias, esposas y demás familiares que no lo habían hecho, que la congestión postal estaba adquiriendo enormes proporciones; y además estaban los despachos oficiales. Nuevas tandas de perros de la bahía de Hudson habrían de reemplazar a los que ya no valían para el camino. Había que desprenderse de estos últimos y, puesto que un perro poco significa frente a un puñado de dólares, el caso era venderlos. Pasaron tres días, en el transcurso de los cuales Buck y sus compañeros descubrieron cuán cansados y debilitados estaban. Después, en la mañana del cuarto día, llegaron de los Estados Unidos dos hombres, que los compraron con arneses incluidos, por cuatro cuartos. Se llamaban Hal y Charles. Charles era de mediana edad, más bien moreno, tenía la mirada miope y acuosa y un mostacho que se retorcía con furia hacia arriba como para compensar la aparente blandura del labio que ocultaba. Hal era un joven de diecinueve o veinte años, con un gran revólver Colt y un cuchillo de caza sujetos al cuerpo por un cinturón provisto de cartuchos. Este cinturón era el elemento más llamativo de su persona. Proclamaba su inmadurez, una absoluta e inefable inmadurez. Los dos hombres estaban manifiestamente fuera de lugar, y el porqué de que semejantes individuos se hubieran aventurado a viajar al norte es parte de un misterio que escapa al entendimiento. ...
En la línea 299
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... -Sí; pero andamos tan aprisa que me parece viajar en sueños. ¿Es cierto que estamos en Suez? ...
En la línea 400
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... -¡Qué curioso es eso, qué curioso!- Decía Picaporte volviendo a bordo-. Me convenzo de que no es inútil viajar si se quieren ver cosas nuevas. ...
En la línea 1419
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... -Pero, ¿qué idea -decía para sí- habrá tenido mi amo para viajar durante el invierno? ¿No podía aguardar la buena estación, para tener mayores probabilidades? ...

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