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La palabra serrvidumbrre
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Comó se escribe serrvidumbrre o servidumbre?

Cual es errónea Servidumbre o Serrvidumbrre?

La palabra correcta es Servidumbre. Sin Embargo Serrvidumbrre se trata de un error ortográfico.

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Más información sobre la palabra Servidumbre en internet

Servidumbre en la RAE.
Servidumbre en Word Reference.
Servidumbre en la wikipedia.
Sinonimos de Servidumbre.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Servidumbre

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Algunas Frases de libros en las que aparece servidumbre

La palabra servidumbre puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 496
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Primeramente los _amarraban_, al venir de la libertad de la dehesa, para que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo, frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como en un picadero, y que aprendiesen a _tranquear_, a poner la pata de atrás donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras esto llegaba la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos, habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejándolos con las riendas. ¡Los potros que él llevaba desbravados, animales casi salvajes, que inspiraban miedo a muchos!... ...

En la línea 579
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... El _Maestrico_ seguía afirmando sus convicciones con una fe, que iluminaba sus ojos cándidos. ¡Ay! ¡Si los pobres supieran lo que saben los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabiduría está a su servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen en sus manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de abajo. Si alguien salía de la masa miserable, elevándose por su capacidad, en vez de permanecer fiel a su origen, prestando apoyo a los hermanos, desertaba de su puesto, volviendo las espaldas a cien generaciones de abuelos esclavos, aplastados por la injusticia, y vendía su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando un puesto entre ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el más atroz martirio de los pobres. Pero la instrucción aislada e individual resultaba inútil: sólo servía para formar desertores, tránsfugas, que se apresuraban a alinearse con el enemigo. Debían instruirse todos al mismo tiempo: adquirir la gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe las grandes conquistas de la razón humana. ...

En la línea 594
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban del estado de guerra, fingir que vivían entre peligros, quejándose de los gobiernos porque no les protegían bastante. Si los braceros pedían que les diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un cigarro más en las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen los dos reales en unos cuantos céntimos, todos gritaban desde arriba recordando _La Mano Negra_, afirmando que iba a resucitar. ...

En la línea 616
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se agitó, rompiendo su mutismo al oír al viejo. ¡La caridad! ¿Y para qué servía? Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas que acallaban su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre. ...

En la línea 5049
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Al decir que los bascos aborrecen la servidumbre, y que es muy raro encontrarlos de criados con los españoles, me refiero sólo a los varones; las hembras, por el contrario, no oponen reparos a entrar de criadas. ...

En la línea 2452
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Todos estos caballeros respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la servidumbre del noticierismo cortesano. ...

En la línea 2452
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Todos estos caballeros respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la servidumbre del noticierismo cortesano. ...

En la línea 3266
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Cuando estaba sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. ...

En la línea 4624
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre. ...

En la línea 398
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Extrañó inmediatamente el aislamiento verbal en que le hizo caer la desaparición de Figueras. Otra vez volvieron a transcurrir días y días sin que pudiese hablar en su idioma, fuera de las conversaciones sostenidas con su amante, y aun éstas eran muchas veces en francés si se presentaba alguna amiga. Nadie de la servidumbre hablaba español. Hasta aquella parienta pobre, encargada antes del cuidado de sus hijas, la mantenía Rosaura lejos de la casa, para que no conociese las Intimidades de su caprichosa existencia. ...

En la línea 565
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Tenía alquilado un villino en las afueras de Roma, una construcción género artista, con pequeño jardín y estudio de pintor, propiedad de un joven yanqui aficionado a diversas artes que se mantenía a la puerta de todas ellas; situación casi igual a la suya en literatura. Se había ido a Nueva York por varios meses, y al conocerse ambos en París, en el salón de un amigo, el norteamericano le arrendaba a última hora su casa de Roma, incluyendo en tal cesión la servidumbre: un ayuda de cámara italiano y su mujer, que actuaba de cocinera. ...

En la línea 650
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Solo comía en vajilla de oro; montaba los más valiosos corceles; su servidumbre vestía de seda y púrpura; iba a todas partes llevando un cortejo de poetas y pintores; daba la importancia de negocios de Estado a la organización en sus palacios y jardines de funciones teatrales y representaciones bélicas. «Quiso competir—dijo Platina, el humanista protegido por él y nombrado por Sixto IV bibliotecario del Vaticano—con todos los personajes antiguos en grandiosidad y magnificencia… , lo mismo en las cosas buenas que en los vicios.» ...

En la línea 680
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Al día siguiente aparecían en la playa más de doscientos cadáveres, entre ellos los de tres obispos italianos y otros personajes eme habían seguido al legado en su viaje a España. Setenta y cinco familiares de la servidumbre del cardenal se ahogaron Igualmente, y con ellos doce jurisconsultos, seis caballeros y gran número de jóvenes valencianos que iban a Roma por el gusto de vivir en ella o para estudiar en la universidad de Bolonia. ...

En la línea 386
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - Usted sabe, gentleman, quien fue el primer Hombre-Montaña que visitó este país. Hasta creo que el tal gigante dejó escrito un relato de su viaje, y usted debe haberlo leído, indudablemente. Como ya le dije, otros gigantes vinieron detrás de él en diversas épocas; pero esto solo tiene una relación indirecta con los sucesos que quiero relatarle. Ya sabe usted también, aunque sea de un modo vago, como era la vida de mi país en aquella época remota. Nuestro pueblo estaba gobernado por los emperadores, que se creían el centro del mundo y de una materia divina distinta a la de los otros seres. La vida de la nación se concentraba en la persona del soberano. Los más altos personajes saltaban sobre la maroma y hacían otros ejercicios acrobáticos para divertir al monarca del Imperio, que entonces se llamaba Liliput. La gran ambición de todo liliputiense era conseguir algún hilo de color de los que regalaba el déspota para cruzárselo sobre el pecho a guisa de condecoración. En resumen: mi país vivía sometido a una autoridad paternal pero arbitraria, y los hombres llevaban una existencia monótona y somnolienta, al margen de todo progreso. De las mujeres de entonces no hablemos. Eran esclavas, con una servidumbre hipócrita disimulada por el cariño egoísta del esposo y la falsa dulzura del hogar. ...

En la línea 443
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Sus cañones del tamaño de casas, sus fusiles y ametralladoras, que lanzaban plomo con la misma rapidez que una máquina de coser da puntadas, podían suprimir instantáneamente las manifestaciones femeninas, por numerosas que fuesen. Además, la mujer, acobardada por tantos siglos de servidumbre, tenía miedo a los procedimientos de violencia. Solo las jóvenes que habían cultivado sus músculos en los deportes al aire libre se reían de estos temores de las señoras de salón. Todas se mostraban acordes al lamentar los crímenes de los hombres, pero la situación angustiosa parecía sin remedio… . ...

En la línea 525
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Aprovechó la ocasión Gillespie para preguntar algo que le traía preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. ¿Cómo habían conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo a los asuntos públicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad? ...

En la línea 537
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El prisionero prefirió el aire libre. Era un pretexto para permanecer más tiempo fuera de aquel local, cuyo techo parecía agobiarle, a pesar de que se levantaba un metro por encima de su cabeza. Flimnap dio órdenes para la gran operación del día siguiente, poniendo en movimiento a la servidumbre del gigante. Pero estas órdenes, aunque el profesor recomendó a su gente el mayor secreto, circularon por la ciudad. ...

En la línea 104
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Barbarita le quería mucho. Habíale visto en su casa desde que tuvo el don de ver y apreciar las cosas; conocía bien, por opinión de su padre y por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador. Siendo niña, Estupiñá la llevaba a la escuela de la rinconada de la calle Imperial, y por Navidad iba con él a ver los nacimientos y los puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enfermó para morirse, Plácido no se separó de él ni enfermo ni difunto hasta que le dejó en la sepultura. En todas las penas y alegrías de la casa era siempre el partícipe más sincero. Su posición junto a tan noble familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones que él sabía desempeñar con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas, donde vivían la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho: «Plácido, hazme el favor de tirarte por el balcón a la calle», el infeliz no habría vacilado un momento en hacerlo. ...

En la línea 1163
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Los partícipes iban llegando a la casa atraídos por el olor de la noticia, que se extendió rápidamente; y la cocinera, las pinchas y otras personas de la servidumbre se atrevían a quebrantar la etiqueta, llegándose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para oír cantar al señor la cifra de aquellos dineros que les caían. La señorita Jacinta fue quien primero llevó los parabienes a la cocina, y la pincha perdió el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco reales le habían caído lo menos tres millones. Estupiñá, en cuanto supo lo que pasaba, salió como un rayo por esas calles en busca de los agraciados para darles la noticia. Él fue quien dio las albricias a Samaniego, y cuando ya no halló ningún interesado, daba la gran jaqueca a todos los conocidos que encontraba. ¡Y él no se había sacado nada! ...

En la línea 1871
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Más adelante tomarían alguna criada, porque no convenía tampoco que ella se matase a trabajar. Estarían seguramente en buena posición, y puede que algunos días tuvieran convidados a su mesa. La servidumbre es necesaria, y llegaría un día seguramente en que no se podrían pasar sin una niñera. Al oír esto, por poco suelta la risa Fortunata; pero se contuvo, concretándose a decir en su interior: «¡Para qué querrá niñeras este desventurado… !». ...

En la línea 3641
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Quedose dormido el buen señor, que por haber pasado muy mala noche, tenía sueño atrasado, y Fortunata permaneció a su lado sin chistar ni moverse por no turbar su descanso. Examinaba la habitación y habría deseado poder escudriñar la casa toda. De lo que en la alcoba observó, hubo de sacar el conocimiento de que la casa estaba muy bien puesta. D. Evaristo, que tan práctico quería ser en la vida social, debía de serlo más en la doméstica, y, conforme a sus ideas, lo primero que tiene que hacer el hombre en este valle de inquietudes es buscarse un buen agujero donde morar, y labrar en él un perfecto molde de su carácter. Soltero y con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni familia próxima, Feijoo vivía en dichosa soledad, bien servido por criados fieles, dueño absoluto de su casa y de su tiempo, no privándose de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo mismo de su santísima voluntad. Más que por el lujo, despuntaba la casa por la comodidad y el aseo. Gobernábala una tal doña Paca, gallega, que tuvo casa de huéspedes distinguidos y recomendados, en la cual vivió Feijoo mucho tiempo, y completaban la servidumbre una cocinera bastante buena y un criado muy callado y ya algo viejo, que había sido asistente de su amo. ...

En la línea 479
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Habían llevado su sillón hasta el rellano del amplio vestíbulo y se hallaba rodeada de sus criados, de la obsequiosa servidumbre del hotel, y en presencia del oberkellner que había acudido a recibir aquella visitante de alta categoría llegada allí con tal aparato y ruido, tan numerosos sirvientes propios y tanto equipaje… ¡la abuela! ...


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