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La palabra propioz
Cómo se escribe

Comó se escribe propioz o propios?

Cual es errónea Propios o Propioz?

La palabra correcta es Propios. Sin Embargo Propioz se trata de un error ortográfico.

El Error ortográfico detectado en el termino propioz es que hay un Intercambio de las letras s;z con respecto la palabra correcta la palabra propios

Más información sobre la palabra Propios en internet

Propios en la RAE.
Propios en Word Reference.
Propios en la wikipedia.
Sinonimos de Propios.

Reglas relacionadas con los errores de s;z

Las Reglas Ortográficas de la S

Se escribe s al final de las palabras llanas.
Ejemplos: telas, andamos, penas
Excepciones: alférez, cáliz, lápiz

Se escriben con s los vocablos compuestos y derivados de otros que también se escriben con esta letra.
Ejemplos: pesar / pesado, sensible / insensibilidad

Se escribe con s las terminaciones -esa, -isa que signifiquen dignidades u oficios de mujeres.
Ejemplos: princesa, poetisa

Se escriben con s los adjetivos que terminan en -aso, -eso, -oso, -uso.
Ejemplos: escaso, travieso, perezoso, difuso

Se escribe con s las terminaciones -ísimo, -ísima.
Ejemplos: altísimo, grandísima

Se escribe con s la terminación -sión cuando corresponde a una palabra que lleva esa letra, o cuando otra palabra derivada lleva -sor, -sivo, -sible,-eso.
Ejemplos: compresor, compresión, expreso, expresivo, expresión.

Se escribe s en la terminación de algunos adjetivos gentilicios singulares.
Ejemplos: inglés, portugués, francés, danés, irlandés.

Se escriben s con las sílabas iniciales des-, dis-.
Ejemplos: desinterés, discriminación.

Se escribe s en las terminaciones -esto, -esta.
Ejemplos: detesto, orquesta.

Las Reglas Ortográficas de la Z

Se escribe z y no c delante de a, o y u.

Se escriben con z las terminaciones -azo, -aza.

Ejemplos: pedazo, terraza

Se escriben con z los sustantivos derivados que terminan en las voces: -anza, -eza, -ez.

Ejemplos: esperanza, grandeza, honradez

La X y la S


Te vas a reir con las pifia que hemos hemos encontrado cambiando las letras s;z


El Español es una gran familia

Algunas Frases de libros en las que aparece propios

La palabra propios puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 407
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga aplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y los tres gazpachos. En verano servían de _rempujeros_, marchando tras las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las muchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años se sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos. ...

En la línea 759
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Ninguna casa puede compararse con ella: abarca todos los ramos; cultiva la vid y elabora el mosto; almacena y añeja el vino; se dedica por si misma a la exportación y a la venta, y además destila mostos, elaborando su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo y medio. Los Dupont constituyen una dinastía; su fuerza no admite auxiliares ni asociados; planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes en viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles en que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont se añeja y envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por Dupont se encasca y se exporta sin la intervención de otro interesado. ...

En la línea 1349
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... --Ezto e de las propios lagrimitas de Jezú--decían unos chasqueando devotamente la lengua. ...

En la línea 1263
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Al principio Athos sostuvo durante algún tiempo a la asociación con sus propios dineros. ...

En la línea 2686
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... La señora de Guéménée leía, y todo el mundo escuchaba con atención a la lectora, a excepción de la reina que, por el contrario, había provocado aquella lectura a fin de poder seguir el hilo de sus propios pensamientos mientras fingía escuchar. ...

En la línea 3143
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -¡El gran cardenal! -¿Estáis seguro de que en su conversación con vos vuestra mujer no ha pronunciado nombres propios? -No lo creo. ...

En la línea 5181
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Y como entiendo, por haber tenido algunos propios, lo estimé en mil pistolas. ...

En la línea 2411
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Pero, volviendo a cosas más importantes, dígame: ¿de qué delitos conocía la Santa Casa de Córdoba? —Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los delitos en que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos descarríos carnales. ...

En la línea 5213
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Le ruego que disponga de los llaveros y empleados como de sus criados propios. ...

En la línea 5500
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis propios enemigos, era razonable esperar de sus manos un trato más liberal que el que hasta allí me habían dispensado. ...

En la línea 5682
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Sabed, pues, que soy inglés de limpia sangre y buena familia, que viajo por estos países para diversión y provecho propios, y también para los de otras personas. ...

En la línea 4011
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo. ...

En la línea 5077
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... -Todo eso pudiera ser, Sancho -replicó don Quijote-, pero no es así, porque lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas manos. ...

En la línea 5195
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Digo esto porque, ¿qué persuasión fuera bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de la Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha estendido algún tanto en mis alabanzas; pero comoquiera que yo me sea, doy gracias al cielo, que me dotó de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos, y mal a ninguno. ...

En la línea 6743
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... En fin, le detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse, miró aquella hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y, escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía: -¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballero caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado desgobernado gobernador? Parecióle a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedó suspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo: -¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja? -¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar -respondieron-, sino el asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala andanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don Quijote de la Mancha? Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó el pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, y que estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo: -Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano, que me digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que haga por ti; que, pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitados deste mundo, también lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios. ...

En la línea 437
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... La América septentrional posee también numerosos roedores propios (por supuesto, dejando aparte algunas especies errantes), cuatro géneros de rumiantes de cuernos huecos (el buey, el carnero, la cabra, y el antílope), grupo del que no hay ni una sola especie en la América meridional. En otro tiempo, en el período en que vivían la mayor parte de los moluscos que hoy existen, la América septentrional poseía, además de los rumiantes de cuernos huecos, el efefante, el mastodonte, el caballo y tres géneros de desdentados (el megatherium, el megalonix y ...

En la línea 441
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... 6 Véase Dr. Richardson, Report, pág. 157; L'lnstitut, 1837, pág. 253. Cuvier dice que el Kinkaju se encuentra en las Antillas mayores, pero es dudoso. M. Gervais afirma que allí se encuentra el Didelphis cancrivora. Es cierto que las Indias occidentales poseen algunos mamíferos que son propios de ellas. De Bahama se ha traído un diente de mastodonte (Edinb. New Philosoph. Journal, 1826, pág. 395). ...

En la línea 1752
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Esto es, pues, lo que debe haber sucedido casi en la misma época en la Patagonia meridional y en Chile aunque separados por más de un millar de kilómetros. consecuencia, si se hacen sentir de ordinario movimientos prolongados de descenso en épocas casi idénticas en superficies de mucha extensión, lo que estoy muy dispuesto a creer desde que he estudiado los arrecifes coralinos de los grandes océanos; o si, para no ocuparnos más que de la América meridional, los movimientos de descenso han tenido la misma extensión superficial que los de levantamiento; que, desde el período de las conchas existentes han producido la elevación de las costas del Perú, Chile, Tierra del Fuego, Patagonia y la Plata, fácil es comprender que en la misma época, en puntos muy distantes entre sí han sido las circunstancias favorables para la formación de depósitos fosilíferos, muy extensos y de mucho espesor, propios por consiguiente para resistir a la acción de las olas de la costa y para durar hasta nuestros días. ...

En la línea 2080
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... eo que hay más de una especie de tortuga de mar, y dos o tres especies o razas de tortugas de tierra, como lo probaré a continuación. se encuentran sapos ni ranas, lo que me ha sorprendido mucho, porque los bosques húmedos, situados en lugares templados de estas islas, parecían propios para estos animales ...

En la línea 47
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... De mí sé decir que pocas obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o reencarnación de los propios personajes. ...

En la línea 361
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... De Pas le despreciaba; la envidia de aquel pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo, los propios méritos. ...

En la línea 1480
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... No osaba ya oponer los impulsos propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a sus solas se desquitaba. ...

En la línea 1842
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Para aquella ausencia, para la necesidad que sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento que nacían de la soledad y la pobreza. ...

En la línea 77
del libro El Señor
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Pero sus propios triunfos le daban tristeza, le humillaban. ...

En la línea 338
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Continuó don Baltasar el relato de los descubrimientos que llevaba hechos en sus papeles propios y en el archivo de la catedral. Rodrigo de Borja nació en Játiva, en casa de su padre, don Jofre, cerca del Mercado, en una plaza llamada de los Borjas. Un tal Antonio Nogueroles era su maestro y ayo, y le daba el pecho una mujer apodada la Villena. Todos le llamaban Rodriguet, y jugaba con una hermana suya, Tecla, igualmente designada con el diminutivo valenciano de Tecleta. ...

En la línea 481
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Quedó en silencio Rosaura largo rato, mirándolo con fijeza, tal vez sin verlo, por estar absorta en la apreciación de sus propios pensamientos, y al fin dijo, con una frialdad que les dio miedo a los dos: ...

En la línea 785
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Las fuertes e importantes ciudades de Monticelli y Soriano, que eran suyas, las cedió al cardenal Orsini con la legación de la Marca y el obispado de Cartagena. Al cardenal Colonna, la abadía de Subiaco con todos los lugares fuertes que la rodeaban; al cardenal Savelli, Civita-Castellana y el obispado de Mallorca; a Palavicini, el obispado de Pamplona, que era de su hijo César; al cardenal Michiel, el obispado de Porto, y a los cardenales Sclafenati. San Severo y Riaro, otras ricas abadías y valiosos beneficios. Hasta el cardenal Domenico de la Rovere abandonó a su pariente Juliano porque Borgia le ofrecía mayores recompensas. Además, los cardenales aseglarados esperaban bajo su gobierno una existencia más grata aún que la que, habían llevado hasta entonces. Con los votos que Borgia consideraba propios y los del partido de Sforza, llegó a reunir catorce. Le faltaba uno para obtener la mayoría de los dos tercios, pero resultaba difícil conseguirlo. Ninguno de los del bando de Juliano quería ceder, conociendo la rivalidad implacable entre su jefe y Rodrigo. Sólo quedaba el anciano cardenal Gerardo, de noventa y cinco años casi irresponsable, al que pretendían ganar uno y otro bando; pero el insinuante Borgia y el hábil Sforza consiguieron al fin conquistar a este macrobio, y su voto fui decisivo en favor del cardenal de Valencia. ...

En la línea 915
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... —Aconsejado por cosmógrafos y marinos y basándose en sus propios estudios, trazaba el Papa Borgia una línea de Norte a Sur, más allá de las islas de Cabo Verde, partiendo el globo terráqueo en dos hemisferios Al Oriente de la llamada línea alejandrina, todo era para los navegantes portugueses, y al Occidente para los españoles. Que cada cual navegase siguiendo su rumbo propio, hasta que vinieran a encontrarse en la cara opuesta del planeta. ...

En la línea 275
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Al verlo Flimnap en el estrado de los señores del gobierno, se apresuró a darle la noticia de que el gigante era también poeta, aunque 'a su modo', con toda la grosería y la torpeza propias de su sexo, pero añadiendo que, a pesar de tales defectos, propios de su origen, parecía poseer cierto talento. ...

En la línea 834
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Gillespie no pudo ofenderse por este egoísmo, propio de enamorados. También el cuando había conseguido una entrevista con miss Margaret en un paseo de Nueva York o en un jardín de California, era capaz de no mostrar el menor interés ni llevarse la mano al sombrero aunque pasase por su lado el presidente de la República. El amor tiene bastante con sus propios asuntos y no deja espacio a las otras curiosidades de la vida. ...

En la línea 872
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... A la gente popular de la primera hora sucedieron otros grupos menos bulliciosos y de mejor aspecto, que pasaban en automóviles propios o en grandes vehículos de servicio público. ...

En la línea 1047
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - Ha bastado -dijo el orador- que un pobre pedante que enseña en nuestra Universidad la inútil lengua de los Hombres-Montañas, la cual de nada puede servirnos; ha bastado, repito, que descubriese en un bolsillo del tal gigante un libro del tamaño de cualquiera de nosotros, con unos versos disparatados, propios de su enorme animalidad, para que todos los falsos intelectuales que dominan nuestra organización universitaria, y son retribuidos exageradamente por el gobierno, viesen una ocasión de afirmar su influencia protegiendo a este colosal intruso como un compañero de letras. Y los altos señores del gobierno, que antes de ocupar sus cargos no conocían otra lectura que la del diario todas las mañanas, han aprovechado la ocasión para darse una falsa importancia de intelectuales, obedeciendo las indicaciones de sus protegidos que monopolizan la Universidad. ...

En la línea 83
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Isabel Cordero era, veinte años ha, una mujer desmejorada, pálida, deforme de talle, como esas personas que parece se están desbaratando y que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se conocía que había sido bonita. Los que la trataban no podían imaginársela en estado distinto del que se llama interesante, porque el barrigón parecía en ella cosa normal, como el color de la tez o la forma de la nariz. En tal situación y en los breves periodos que tenía libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el escritorio, y acabadita de poner la enorme sartén de migas para la cena o el calderón de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras. Cuidaba principalmente de que sus niñas no estuviesen ociosas. Las más pequeñas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre. Alguna de ellas se daba maña para planchar; solían también lavar en el gran artesón de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que mayormente sobresalían todas era en el arte de arreglar sus propios perendengues. Los domingos, cuando su mamá las sacaba a paseo, en larga procesión, iban tan bien apañaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa, desfilaban entre la admiración de los fieles; porque conviene apuntar que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la última, que era una miniaturita, formaban un rebaño interesantísimo que llamaba la atención por el número y la escala gradual de las tallas. Los conocidos que las veían entrar, decían: «ya está ahí doña Isabel con el muestrario». La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningún adorno, flácida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebaño, llevándolo por delante como los paveros en Navidad. ...

En la línea 131
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —No, gracias. Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior. Estaba limpiándose los dedos con el pañuelo, y Juanito discurriendo por dónde pegaría la hebra, cuando sonó abajo una voz terrible que dijo: ¡Fortunaaá! Entonces la chica se inclinó en el pasamanos y soltó un yia voy con chillido tan penetrante que Juanito creyó se le desgarraba el tímpano. El yia principalmente sonó como la vibración agudísima de una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido, digno canto de tal ave, la moza se arrojó con tanta presteza por las escaleras abajo, que parecía rodar por ellas. Juanito la vio desaparecer, oía el ruido de su ropa azotando los peldaños de piedra y creyó que se mataba. Todo quedó al fin en silencio, y de nuevo emprendió el joven su ascensión penosa. En la escalera no volvió a encontrar a nadie, ni una mosca siquiera, ni oyó más ruido que el de sus propios pasos. ...

En la línea 1057
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... En esto llegó la tía y madre adoptiva de Adoración. Era guapetona, alta y garbosa, mujer de un papelista, y la inquilina más ordenada, o si se quiere, más pudiente de aquella colmena. Vivía en una de las habitaciones mejores del primer patio y no tenía hijos propios, razón más para que Jacinta simpatizase con ella. En cuanto se vieron se comprendieron. Severiana estimó en lo que valían las bondades de la dama para con la pequeña; hízola entrar en su casa, y le ofreció una silla de las que llaman de Viena, mueble que en aquellos tugurios pareciole a Jacinta el colmo de la opulencia. ...

En la línea 1195
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Púsose Jacinta muy contenga. Había realizado su antojo; ya tenía su juguete. Aquello podría ser muy bien una niñería; pero ella tenía sus razones para obrar así. El plan que concibió para presentar al Pituso a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pensó que nada debía decir por el pronto al Delfín. Depositaría su hallazgo en casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Después diría que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella… ni una palabra referente a quién pudiera ser la mamá ni menos el papá de tal muñeco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al verle. ¿Diríale algo la voz misteriosa de la sangre? ¿Reconocería en las facciones del pobre niño las de… ? Al interés dramático de este lance sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de tal asunto. Imaginándose lo que iba a pasar, la turbación del infiel, el perdón suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba, producíase en su alma un goce semejante al del artista que crea o compone, y también un poco de venganza, tal y como en alma tan noble podía producirse esta pasión. ...

En la línea 292
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –No lo molestéis más, pobre niño. La mano de Dios se ha posado con fuerza sobre él, y mi corazón se deshace en amorosa compasión, y en pesar de no poder llevar su carga sobre mis propios viejos hombros cargados de dolor, y traerle la paz. ...

En la línea 376
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Pronto se dio cuenta de esto, y al instante se ocupó de sus propios asuntos, sin acordarse más de John Canty. Se dio cuenta también de otra cosa, a saber, que un fingido Príncipe de Gales estaba siendo festejado por la ciudad, en su lugar. Fácilmente coligió que el niño mendigo, Tom Canty, se había aprovechado deliberadamente de aquella estupenda oportunidad y se había convertido en usurpador. ...

En la línea 606
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Procedió luego el conde con mucha delicadeza a instruir a Tom en los usos propios de las ceremonias de Estado, con el pretexto de 'recordarle' cosas que él ya sabía; pero con gran satisfacción suya observo que Tom necesitaba muy poca ayuda en ese terreno, ya que se había valido de Humphrey, el cual le había dicho que a los pocos días tendría que empezar a comer en público, cosa que el muchacho sabía por murmuraciones de la corte. Pero Tom guardó para sí estos hechos. ...

En la línea 870
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Sintióse encantado el rey no sólo de ver que encantado animal era una ternera, sino también de tenerla en su compañía, porque se había sentido tan solo y desamparado, que acogió con agrado como camarada aun a aquel humilde animal. Se había visto tan maltratado, tan afrentado por sus propios semejantes, que fue para él un verdadero consuelo hallarse al fin en la sociedad de un ser que por lo menos tenía corazón tierno y animo apacible, por más que, no tuviera atributos más elevados, por lo cual Eduardo decidió prescindir de etiquetas y hacerse amigo de la ternera. ...

En la línea 1952
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... –¡Y tú también! ¿te has encontrado nunca a tus propios ojos más interesante que ahora? ¿Cómo sabe uno que tiene un miembro si no le duele? ...

En la línea 1514
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Y viva era, puesto que emanaba de una infinita aglomeración de infusorios pelágicos, de las noctilucas miliares, verdaderos glóbulos de gelatina diáfana, provistos de un flagelo filiforme, de las que se ha llegado a contar hasta veinticinco mil en treinta centímetros cúbicos de agua. Su luminosidad se reforzaba con los resplandores propios de las medusas, de las asterias, de las aurelias, de los dátiles y de otros zoófltos fosforescentes, impregnados de las materias orgánicas procedentes del desove de los peces y descompuestas por el mar, y tal vez de las mucosidades secretadas por los peces. ...

En la línea 1654
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... En las notas diariamente redactadas por «el profesor» Conseil veo también constancia de algunos peces del género de los tetrodones, propios de estos mares, espenglerianos con el dorso rojo y el vientre blanco, que se distinguen por tres hileras longitudinales de filamentos, y eléctricos ornados de vivos colores, de unas siete pulgadas de longitud. También, como muestras de otros géneros, ovoides, así Hamados por su semejanza con un huevo, de color marrón oscuro surcado de franjas blancas y desprovistos de cola; diodones, verdaderos puercoespines del mar, que pueden hincharse como una pelota de erizadas púas; hipocampos, comunes a todos los océanos; pegasos volantes de hocico alargado, cuyas aletas pectorales, muy extendidas y dispuestas en forma de alas, les permiten si no volar, sí, al menos, saltar por el aire; pegasos espatulados, con la cola cubierta por numerosos anillos escamosos; macrognatos, así llamados por sus grandes mandíbulas, de unos veinticinco centímetros de longitud, de hermosos y muy brillantes colores, y cuya carne es muy apreciada; caliónimos hvidos, de cabeza rugosa; miríadas de blenios saltadores, rayados de negro, que con sus largas aletas pectorales se deslizan por la superficie del agua con una prodigiosa rapidez; deliciosos peces veleros que levantan sus aletas como velas desplegadas a las corrientes favorables; espléndidos kurtos engalanados por la naturaleza con el amarillo, azul celeste, plata y oro; tricópteros, cuyas alas están formadas por radios filamentosos; los cotos, siempre manchados de cieno, que producen un cierto zumbido; las triglas, cuyo hígado es considerado venenoso; los serranos, con una especie de anteojeras sobre los ojos, y, por último, esos quetodontes de hocico alargado y tubular llamados arqueros, verdaderos papamoscas marinos que, armados de un fusil no inventado por los Chassepot o por los Remington, matan a los insectos disparándoles una simple gota de agua. ...

En la línea 1839
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... La progresiva elevación del sol aumentaba la claridad en el agua. El suelo iba cambiando poco a poco. A la arena fina sucedía una verdadera calzada de rocas redondeadas, revestidas de un tapiz de moluscos y de zoófitos. Entre las numerosas muestras de estas dos ramas, observé placenos de valvas finas y desiguales, especie de ostráceos propios del mar Rojo y del océano índico; lucinas anaranjadas de concha orbicular; tarazas; algunas de esas púrpuras persas que proveían al Nautilus de un tinte admirable; múrices de quince centímetros de largo que se erguían bajo el agua como manos dispuestas a hacer presa; las turbinelas, vulgarmente llamadas dientes de perro, erizadas de espinas; língulas anatinas, conchas comestibles que alimentan los mercados del Indostán; pelagias panópiras, ligeramente luminosas, y admirables oculinas fiabeliformes, magníficos abanicos que forman una de las más ricas arborizaciones de estos mares. ...

En la línea 1840
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... En medio de estas plantas vivas y bajo los ramajes de los hidrófitos corrían legiones de torpes articulados: raninas dentadas con sus caparazones en forma de triángulo un poco redondeado; birgos propios de estos parajes y horribles partenopes de aspecto verdaderamente repugnante. No menos horroroso era el enorme cangrejo que encontré varias veces, el mismo que fuera observado y descrito por Darwin. Un cangrejo enorme al que la naturaleza ha dado el instinto y la fuerza necesarios para alimentarse de nueces de coco; trepa por los árboles de la orilla y hace caer los cocos que se rajan con el golpe y, ya en el suelo, los abre con sus poderosas pinzas. Bajo el agua, el cangrejo corría con una gran agilidad que contrastaba con el lento desplazamiento entre las rocas de los quelonios que abundan en estas aguas del Malabar. ...

En la línea 1106
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... El asunto era bastante interesante para mí y reflexioné en silencio acerca de él. El señor Wopsle, como el tío que tan mala paga alcanzó por sus bondades en la tragedia, empezó a meditar en voz alta acerca de su jardín en Camberwell. Orlick, con las manos en los bolsillos, andaba encorvado a mi lado. La noche era oscura, húmeda y fangosa, de modo que a cada paso nos hundíamos en el barro. De vez en cuando llegaba hasta nosotros el estampido del cañón que daba la señal de la fuga, y nuevamente retumbaba a lo largo del lecho del río. Yo estaba entregado a mis propios pensamientos. El señor Wopsle murió amablemente en Camberwell, muy valiente en el campo Bosworth y en las mayores agonías en Glastonbury. Orlick, a veces, tarareaba la canción de Old C1em, y yo me figuré que había bebido, aunque no estaba borracho. Así llegamos al pueblo. El camino que seguimos nos llevó más allá de Los Tres Alegres Barqueros y, con gran sorpresa nuestra, pues ya eran las once de la noche, encontramos el establecimiento en estado de gran agitación, con la puerta abierta de par en par y las luces encendidas en todos los departamentos del establecimiento, de un modo no acostumbrado. El señor Wopsle preguntó qué sucedía, aunque convencido de que habían aprehendido a un penado; un momento después salió corriendo con la mayor prisa. Sin detenerse, exclamó al pasar por nuestro lado: ...

En la línea 1118
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Mucho después de la desaparición de los policías, mi hermana estaba muy enferma en la cama. Habíase perturbado enormemente su retina, de modo que veía los objetos multiplicados y a veces se empeñaba en coger imaginarias tazas de té y vasos de vino, tomándolos por realidades. El oído y la memoria los conservaba bastante buenos, pero sus palabras resultaban ininteligibles. Cuando, por fin, se recobró bastante para poder ser transportada a la planta baja, fue necesario ponerle al lado mi pizarra, con objeto de que pudiese indicar por escrito lo que no podía mencionar verbalmente. Y como escribía muy mal y pronunciaba peor, aun cuando estaba sana, y, por otra parte, Joe era un mal lector, se originaban tremendas complicaciones entre ellos, que yo era el llamado a resolver. El hecho de que le sirviera carnero en vez de medicina, la confusión entre el té y Joe, o entre el panadero y el tocino, eran los más fáciles de mis propios errores. ...

En la línea 1153
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Como yo, muchas veces, también lo había creído así en la lucha singular que siempre sostenía conmigo mismo, a punto estuve de derramar lágrimas de despecho y de dolor cuando Biddy expresó sus sentimientos y los míos propios. Le dije que tenía razón, comprendí que era lamentable, pero que no había más remedio. ...

En la línea 1402
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Por grados empezó a demostrarme tal confianza, que me pidió mi consejo con respecto a sus propios asuntos. Mencionó que nunca se había presentado una ocasión tan favorable como aquélla para acaparar el negocio de granos y semillas en su propio establecimiento, en caso de que se ampliase considerablemente. Lo único que necesitaba para alcanzar así una enorme fortuna era tener algo más de capital. Éstas fueron sus palabras: más capital. Y Pumblechook creía que este capital podría interesarlo en sus negocios un socio que no tendría nada que hacer más que pasear y examinar de vez en cuando los libros y visitarle dos veces al año para llevarse sus beneficios, a razón del cincuenta por ciento. Eso le parecía una excelente oportunidad para un joven animoso que tuviese bienes y que, por lo tanto, sería digna de fijar su atención. ¿Qué pensaba yo de eso? Él daba mucho valor a mis opiniones, y por eso me preguntaba acerca del particular. Yo le dije que esperase un poco. Esta respuesta le impresionó de tal manera que ya no me pidió permiso para estrecharme las manos, sino que dijo que tenía que hacerlo, y cumplió su deseo. ...

En la línea 194
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Seguía hablando como a la fuerza y parecía responder a sus propios pensamientos. ...

En la línea 315
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Rasumikhine tenía otra característica notable: ninguna contrariedad le turbaba; ningún revés le abatía. Podría haber vivido sobre un tejado, soportar el hambre más atroz y los fríos más crueles. Era extremadamente pobre, tenía que vivir de sus propios recursos y nunca le faltaba un medio u otro de ganarse la vida. Conocía infinidad de lugares donde procurarse dinero… , trabajando, naturalmente. ...

En la línea 512
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Cuando últimamente pensaba en la situación en que se hallaba en aquel momento, se figuraba que se sentiría aterrado. Pero ahora veía que no era así: no experimentaba miedo alguno. Por su mente desfilaban pensamientos, breves, fugitivos, que no tenían nada que ver con su empresa. Cuando pasó ante los jardines Iusupof, se dijo que en sus plazas se debían construir fuentes monumentales para refrescar la atmósfera, y seguidamente empezó a conjeturar que si el Jardín de Verano se extendiera hasta el Campo de Marte e incluso se uniera al parque Miguel, la ciudad ganaría mucho con ello. Luego se hizo una pregunta sumamente interesante: ¿por qué los habitantes de las grandes poblaciones tienen la tendencia, incluso cuando no los obliga la necesidad, a vivir en los barrios desprovistos de jardines y fuentes, sucios, llenos de inmundicias y, en consecuencia, de malos olores? Entonces recordó sus propios paseos por la plaza del Mercado y volvió momentáneamente a la realidad. ...

En la línea 1816
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Nada. Vamos. Lo verás por tus propios ojos. ...

En la línea 1188
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... A todo esto, la aventura habíase ya difundido y constituía la comidilla de todo el hotel. En el quiosco del portero y en la oficina del oberkellner, se murmuraba que la Fräulein, a las seis de la mañana, había salido, a pesar de la lluvia, en dirección al Hotel de Inglaterra. Sin embargo, por las reticencias de los criados, comprendí que no ignoraban que había pasado la noche en mi habitación. Por otra parte, ya se murmuraba de toda la familia del general. De él se sabía que la víspera había perdido el juicio y no hacía más que gemir; decían, además, que la abuela era su propia madre, venida de Rusia para oponerse al matrimonio de su hijo con la señorita Blanche de Cominges y desheredarlo en caso de desobediencia. Como no quiso someterse, la condesa, ante sus propios ojos, se había arruinado, adrede, jugando a la ruleta para no dejarle un sólo céntimo. Diese Russen! (¡Esos rusos!), repetía el oberkellner, moviendo la cabeza. Los otros reían. El oberkellner preparaba la nota. Mis ganancias en el juego eran también conocidas. Carlos, el camarero de mi piso, fue el primero en felicitarme. Pero todo eso no me importaba. Corrí al Hotel de Inglaterra. ...

En la línea 169
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Los propios conductores- esperaban confiados un prolongado respiro. Habían hecho dos mil kilómetros con dos días de asueto, y razonablemente y en justicia se merecían un intervalo de descanso. Pero eran tantos los hombres que habían acudido a Klondike y tan numerosas las novias, esposas y demás familiares que no lo habían hecho, que la congestión postal estaba adquiriendo enormes proporciones; y además estaban los despachos oficiales. Nuevas tandas de perros de la bahía de Hudson habrían de reemplazar a los que ya no valían para el camino. Había que desprenderse de estos últimos y, puesto que un perro poco significa frente a un puñado de dólares, el caso era venderlos. Pasaron tres días, en el transcurso de los cuales Buck y sus compañeros descubrieron cuán cansados y debilitados estaban. Después, en la mañana del cuarto día, llegaron de los Estados Unidos dos hombres, que los compraron con arneses incluidos, por cuatro cuartos. Se llamaban Hal y Charles. Charles era de mediana edad, más bien moreno, tenía la mirada miope y acuosa y un mostacho que se retorcía con furia hacia arriba como para compensar la aparente blandura del labio que ocultaba. Hal era un joven de diecinueve o veinte años, con un gran revólver Colt y un cuchillo de caza sujetos al cuerpo por un cinturón provisto de cartuchos. Este cinturón era el elemento más llamativo de su persona. Proclamaba su inmadurez, una absoluta e inefable inmadurez. Los dos hombres estaban manifiestamente fuera de lugar, y el porqué de que semejantes individuos se hubieran aventurado a viajar al norte es parte de un misterio que escapa al entendimiento. ...

En la línea 236
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Era el hombre que le había salvado la vida, lo que no era poco, pero además, era el amo ideal. Otros hombres se ocupaban de sus perros por sentido del deber y por conveniencia; pero éste lo hacía como si fueran sus propios hijos, porque le salía del alma. Y más aún. Nunca dejaba de saludarlos con dulzura o de dirigirles una palabra de aliento, y cuando se sentaba a hablar con ellos (a «charlar», como él decía) era tan gratificante para él como para sus animales. Solía agarrar con fuerza la cabeza de Buck entre las manos y apoyar en ella la suya, y lo zarandeaba en el suelo mientras le decía improperios que a Buck le sonaban como palabras de amor. Para Buck nada era comparable con aquel rudo abrazo y con la música de aquel murmullo de groserías, y era tal el éxtasis que alcanzaba con esos movimientos a un lado y al otro que el corazón parecía que iba a salírsele del cuerpo. Y cuando, una vez suelto, se ponía en pie de un salto, con el hocico sonriente, la mirada expresiva y el cuello palpitante de sonidos no articulados y se quedaba inmóvil en aquella postura, John Thornton exclamaba con admiración: ...


la Ortografía es divertida

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