Cual es errónea Parado o Parrado?
La palabra correcta es Parado. Sin Embargo Parrado se trata de un error ortográfico.
La falta ortográfica detectada en la palabra parrado es que se ha eliminado o se ha añadido la letra r a la palabra parado
Errores Ortográficos típicos con la palabra Parado
Cómo se escribe parado o parrado?

la Ortografía es divertida
Algunas Frases de libros en las que aparece parado
La palabra parado puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 5089
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Luego se dejó caer con la cabeza entre sus dos manos; D'Artagnan permaneció ante él, parado de espanto. ...
En la línea 5556
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... En la calle de Seine encontró a Planchet que se hallaba parado an te la tienda de un pastelero y que parecía extasiado ante un brioche de la forma más apetecible. ...
En la línea 7281
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Este con fesó que con su camarada, el mismo que acababa de morir, estaba encargado de raptar a una joven que debía salir de París por la barrera de La Villete pero que, habiéndose parado a beber en una taberna, habían llegado diez minutos tarde al coche. ...
En la línea 1473
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la punta del lanzón alzar no sé qué bulto que estaba caído en el suelo, por lo cual se dio priesa a llegar a ayudarle si fuese menester; y cuando llegó fue a tiempo que alzaba con la punta del lanzón un cojín y una maleta asida a él, medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto, que fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mandóle su amo que viese lo que en la maleta venía. ...
En la línea 3224
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Sólo llegó el cura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en la barca venían, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora habían quedado; de los cuales no había sabido en qué habían parado, ni si habían llegado a España, o llevádolos los franceses a Francia. ...
En la línea 3726
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Uno de aquellos que las llevaban, dejando la carga a sus compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando una horquilla o bastón con que sustentaba las andas en tanto que descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tiró don Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio, que le quedó en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado. ...
En la línea 6699
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Y lo que me tiene admirado es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivir como cristiana.» A lo que respondió Sancho: -Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan Tiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo más bien parado, y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar lo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tu cuñado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por registrar. ...
En la línea 1753
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doña Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: «Pero esta hucha… no sé… me parece… no es la misma». Dando un gran suspiro, envolvió rápidamente en un pañuelo los destrozados restos de la víctima, y los guardó en la cómoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta, quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea de contar el dinero… Pero si era suyo, ¿a qué tanto miedo y zozobra? Él no había robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los ladrones. Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no andar con tapujos. ¡Sí, pues buena se pondría doña Lupe si él le contara su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y adelante. ...
En la línea 2304
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Todas las mañanas antes de ir a clase, hacía Rubín esta excursión al campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida. Desde que pasaba de la iglesia de Chamberí veía el disco de la noria, y ya no le quitaba los ojos hasta llegar próximo a él. Cuando el motor daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qué y obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No sabía explicarse por qué oculta relación de las cosas la velocidad de la máquina le decía: «apresúrate, ven, que hay novedades». Pero luego llegaba y no había novedad ninguna, como no fuera que aquel día soplaba el viento con más fuerza. Desde la tapia de la huerta oíase el rumor blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentíase el crujir del mecanismo que transmite la energía del viento al vástago de la bomba… Otros días le veía quieto, amodorrado en brazos del aire. Sin saber por qué, deteníase el joven; pero luego seguía andando despacio. Hubiera él lanzado al aire el mayor soplo posible de sus pulmones para hacer andar la máquina. Era una tontería; pero no lo podía remediar. El estar parado el motor parecíale señal de desventura. ...
En la línea 220
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... Pero este pensamiento se le fue diluyendo, derritiéndosele, y al poco rato no era sino una polca. Es que un piano de manubrio se había parado al pie de la ventana de su cuarto y estaba sonando. Y el alma de Augusto repercutía notas, no pensaba. ...
En la línea 543
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... Al llegar a esta conclusión de que él era otro, la moza a que seguía entró en una casa. Augusto se quedó parado, mirando a la casa. Y entonces se dio cuenta de que la había venido siguiendo. Recapacitó que había salido para ir al Casino y emprendió el camino de este. Y proseguía: ...
En la línea 547
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... Sintióse de pronto detenido. La de la cesta se había parado a hablar con otra compañera. Vaciló un momento Augusto, y diciéndose: «¡Bah, hay tantas mujeres hermosas desde que conocí a Eugenia… !», echó a andar, volviéndose camino del Casino. ...
En la línea 527
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Entonces fue cuando comprendí que todo lo que había en la estancia, a semejanza del reloj, se había parado e interrumpido hacía ya mucho tiempo. Noté que la señorita Havisham dejó la joya exactamente en el mismo lugar de donde la tomara. Y mientras Estella repartía los naipes, yo miré otra vez a la mesa del tocador, y allí vi el zapato que un día fue blanco y ahora estaba amarillento, pero sin la menor señal de haber sido usado. Miré al pie cuyo zapato faltaba y observé que la media de seda, que también fue blanca y que ahora era de color de hueso, quedó destrozada a fuerza de andar; y aun sin aquella interrupción de todo y sin la inmóvil presencia de los pálidos objetos ya marchitos, el traje nupcial sobre el cuerpo inmóvil no podría haberse parecido más a una vestidura propia de la tumba, ni el largo velo más semejante a un sudario. ...
En la línea 728
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... El corredor era muy largo y parecía rodear los cuatro lados de la casa. Sólo atravesamos un lado de aquel cuadrado, y al final ella se detuvo, dejó la vela en el suelo y abrió la puerta. Allí podía ver la luz diurna, y me encontré en un patinillo enlosado, cuyo lado extremo lo formaba una pequeña vivienda que tal vez había pertenecido al gerente o al empleado principal de la abandonada fábrica de cerveza. En la pared exterior de aquella casa había un reloj, y, como el de la habitación de la señorita Havisham y también a semejanza del de ésta, se había parado a las nueve menos veinte. ...
En la línea 1126
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Tan inmutable era la triste y vieja casa, y la amarillenta luz en las oscuras habitaciones, así como el aspecto marchito de la buena señora junto al tocador, que, muchas veces, me pregunté si al pararse los relojes se había parado también el tiempo en aquel lugar misterioso, y si mientras yo y todos los demás crecíamos y nos desarrollábamos, cuanto había en la casa permanecía siempre en el mismo estado. Jamás entraba allí la luz del día. Esto me maravillaba, y, bajo la influencia de aquella casa, continué odiando cordialmente mi oficio y también seguí avergonzado de mi propio hogar. ...
En la línea 2043
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Salí de Little Britain con el cheque en el bolsillo y me encaminé a casa del hermano de la señorita Skifflns, el perito contable, y éste se dirigió inmediatamente a buscar a Clarriker con objeto de traerlo ante mí. Así, tuve la satisfacción de terminar agradablemente el asunto. Era la única cosa buena que había hecho y la única que lograba terminar desde que, por vez primera, me enteré de las grandes esperanzas que podía tener. Clarriker me informé entonces de que la casa progresaba rápidamente y que con el dinero recibido podría establecer una sucursal en Oriente, que necesitaba en gran manera para el mejor desarrollo de los negocios. Añadió que Herbert, en su calidad de nuevo socio, iría a hacerse cargo de ella, y, por consiguiente, comprendí que debería haberme preparado para separarme de mi amigo aunque mis asuntos hubiesen estado en mejor situación. Y me pareció como si estuviera a punto de soltarse mi última áncora y que pronto iría al garete, impulsado por el viento y el oleaje. Pero me sirvió de recompensa la alegría con que aquella noche llegó Herbert a casa para darme cuenta de los cambios ocurridos, sin imaginar ni remotamente que no me comunicaba nada nuevo. Empezó a formar alegres cuadros de sí mismo, llevando a Clara Barley a la tierra de Las mil y una noches, y expresó la confianza de que yo me reuniría con ellos (según creo, en una caravana de camellos) y que remontaríamos el curso del Nilo para ver maravillas. Sin entusiasmarme demasiado con respecto a mi papel en aquellos brillantes planes, comprendí que los asuntos de Herbert tomaban ya un rumbo francamente favorable, de 199 manera que sólo faltaba que el viejo Bill Barley siguiera dedicado a su pimienta y a su ron para que su hija quedara felizmente establecida. Habíamos entrado ya en el mes de marzo. Mi brazo izquierdo, aunque no ofrecía malos síntomas, siguió el natural curso de su curación, de tal manera que aún no podía ponerme la chaqueta. El brazo derecho estaba ya bastante bien; desfigurado, pero útil. Un lunes por la mañana, cuando Herbert y yo nos desayunábamos, recibí por correo la siguiente carta de Wemmick: «Walworth. Queme usted esta nota en cuanto la haya leído. En los primeros días de esta semana, digamos el miércoles, puede usted llevar a cabo lo que sabe, en caso de que se sienta dispuesto a intentarlo. Ahora, queme este papel». Después de mostrarle el escrito a Herbert, lo arrojé al fuego, aunque no sin habernos aprendido de memoria estas palabras, y luego celebramos una conferencia para saber lo que haríamos, porque, naturalmente, había que tener en cuenta que yo no estaba en condiciones de ser útil. -He pensado en eso repetidas veces-dijo Herbert, - y creo que lo mejor sería contratar a un buen remero del Támesis; hablemos a Startop. Es un buen compañero, remero excelente, nos quiere y es un muchacho digno y entusiasta. Había pensado en él varias veces. - Pero ¿qué le diremos, Herbert? - Será necesario decirle muy poco. Démosle a entender que no se trata más que de un capricho, aunque secreto, hasta que llegue la mañana; luego se le dará a entender que hay una razón urgente para llevar a bordo a Provis a fin de que se aleje. ¿Irás con él? -Sin duda. - ¿Adónde? En mis reflexiones, llenas de ansiedad, jamás me preocupé acerca del punto a que nos dirigiríamos, porque me era indiferente por completo el puerto en que desembarcáramos, ya fuese Hamburgo, Rotterdam o Amberes. El lugar significaba poco, con tal que fuese lejos de Inglaterra. Cualquier barco extranjero que encontrásemos y que quisiera tomarnos a bordo serviría para el caso. Siempre me había propuesto llevar a Provis en mi bote hasta muy abajo del río; ciertamente más allá de Gravesend, que era el lugar crítico en que se llevarían a cabo pesquisas en caso de que surgiese alguna sospecha. Como casi todos los barcos extranjeros se marchaban a la hora de la pleamar, descenderíamos por el río a la bajamar y nos quedaríamos quietos en algún lugar tranquilo hasta que pudiésemos acercarnos a un barco… Y tomando antes los informes necesarios, no sería difícil precisar la hora de salida de varios. Herbert dio su conformidad a todo esto, y en cuanto hubimos terminado el desayuno salimos para hacer algunas investigaciones. Averiguamos que había un barco que debía dirigirse a Hamburgo y que convendría exactamente a nuestros propósitos, de manera que encaminamos todas nuestras gestiones a procurar ser admitidos a bordo. Pero, al mismo tiempo, tomamos nota de todos los demás barcos extranjeros que saldrían aproximadamente a la misma hora, y adquirimos los necesarios datos para reconocer cada uno de ellos por su aspecto y por el color. Entonces nos separamos por espacio de algunas horas; yo fui en busca de los pasaportes necesarios, y Herbert, a ver a Startop en su vivienda. Nos repartimos las distintas cosas que era preciso hacer, y cuando volvimos a reunirnos a la una, nos comunicamos mutuamente haber terminado todo lo que estaba a nuestro cargo. Por mi parte, tenía ya los pasaportes; Herbert había visto a Startop, quien estaba más que dispuesto a acompañarnos. Convinimos en que ellos dos manejarían los remos y que yo me encargaría del timón; nuestro personaje estaría sentado y quieto, y, como nuestro objeto no era correr, marcharíamos a una velocidad más que suficiente. Acordamos también que Herbert no iría a cenar aquella noche sin haber estado en casa de Provis; que al día siguiente, martes, no iría allí, y que prepararía a Provis para que el miércoles acudiese al embarcadero que había cerca de su casa, ello cuando viese que nos acercábamos, pero no antes; que todos los preparativos con respecto a él deberían quedar terminados en la misma noche del lunes, y que Provis no debería comunicarse con nadie, con ningún motivo, antes de que lo admitiésemos a bordo de la lancha. Una vez bien comprendidas por ambos estas instrucciones, yo volví a casa. Al abrir con mi llave la puerta exterior de nuestras habitaciones, encontré una carta en el buzón, dirigida a mí. Era una carta muy sucia, aunque no estaba mal escrita. Había sido traída a mano (naturalmente, durante mi ausencia), y su contenido era el siguiente: 200 «Si no teme usted ir esta noche o mañana, a las nueve, a los viejos marjales y dirigirse a la casa de la compuerta, junto al horno de cal, vaya allí. Si desea adquirir noticias relacionadas con su tío Provis, vaya sin decir nada a nadie y sin pérdida de tiempo. Debe usted ir solo. Traiga esta carta consigo.» Antes de recibir esta extraña misiva, ya estaba yo bastante preocupado, y por tal razón no sabía qué hacer, a fin de no perder la diligencia de la tarde, que me llevaría allí a tiempo para acudir a la hora fijada. No era posible pensar en ir la noche siguiente, porque ya estaría muy cercana la hora de la marcha. Por otra parte, los informes ofrecidos tal vez podrían tener gran influencia en la misma. Aunque hubiese tenido tiempo para pensarlo detenidamente, creo que también habría ido. Pero como era muy escaso, pues una consulta al reloj me convenció de que la diligencia saldría media hora más tarde, resolví partir. De no haberse mencionado en la carta al tío Provis, no hay duda de que no hubiese acudido a tan extraña cita. Este detalle, después de la carta de Wemmick y de los preparativos para la marcha, hizo inclinar la balanza. Es muy difícil comprender claramente el contenido de cualquier carta que se ha leído apresuradamente; de manera que tuve que leer de nuevo la que acababa de recibir, antes de enterarme de que se trataba de un asunto secreto. Conformándome con esta recomendación de un modo maquinal, dejé unas líneas escritas con lápiz a Herbert diciéndole que, en vista de mi próxima marcha por un tiempo que ignoraba, había decidido ir a enterarme del estado de la señorita Havisham. Tenía ya el tiempo justo para ponerme el abrigo, cerrar las puertas y dirigirme a la cochera por el camino más directo. De haber tomado un coche de alquiler yendo por las calles principales, habría llegado tarde; pero yendo por las callejuelas que me acortaban el trayecto, llegué al patio de la cochera cuando la diligencia se ponía en marcha. Yo era el único pasajero del interior, y me vi dando tumbos, con las piernas hundidas en la paja, en cuanto me di cuenta de mí mismo. En realidad, no me había parado a reflexionar desde el momento en que recibí la carta, que, después de las prisas de la mañana anterior, me dejó aturdido. La excitación y el apresuramiento de la mañana habían sido grandes, porque hacía tanto tiempo que esperaba la indicación de Wemmick, que por fin resultó una sorpresa para mí. En aquellos momentos empecé a preguntarme el motivo de hallarme en la diligencia, dudando de si eran bastante sólidas las razones que me aconsejaban hacer aquel viaje. También por un momento estuve resuelto a bajar y a volverme atrás, pareciéndome imprudente atender una comunicación anónima. En una palabra, pasé por todas las fases de contradicción y de indecisión, a las que, según creo, no son extrañas la mayoría de las personas que obran con apresuramiento. Pero la referencia al nombre de Provis dominó todos mis demás sentimientos. Razoné, como ya lo había hecho sin saberlo (en el caso de que eso fuese razonar), que si le ocurriese algún mal por no haber acudido yo a tan extraña cita, no podría perdonármelo nunca. Era ya de noche y aún no había llegado a mi destino; el viaje me pareció largo y triste, pues nada pude ver desde el interior del vehículo, y no podía ir a sentarme en la parte exterior a causa del mal estado de mis brazos. Evitando El Jabalí Azul, fui a alojarme a una posada de menor categoría en la población y encargué la cena. Mientras la preparaban me encaminé a la casa Satis, informándome del estado de la señorita Havisham. Seguía aún muy enferma, aunque bastante mejorada. Mi posada formó parte, en otro tiempo, de una casa eclesiástica, y cené en una habitación pequeña y de forma octagonal, semejante a un baptisterio. Como no podía partir los manjares, el dueño, hombre de brillante cabeza calva, lo hizo por mí. Eso nos hizo trabar conversación, y fue tan amable como para referirme mi propia historia, aunque, naturalmente, con el detalle popular de que Pumblechook fue mi primer bienhechor y el origen de mi fortuna. - ¿Conoce usted a ese joven? -pregunté. - ¿Que si le conozco? ¡Ya lo creo! ¡Desde que no era más alto que esta silla! - contestó el huésped. - ¿Ha vuelto alguna vez al pueblo? - Sí, ha venido alguna vez - contestó mi interlocutor. - Va a visitar a sus amigos poderosos, pero, en cambio, demuestra mucha frialdad e ingratitud hacia el hombre a quien se lo debe todo. - ¿Qué hombre es ése? - ¿Este de quien hablo? - preguntó el huésped. - Es el señor Pumblechook. - ¿Y no se muestra ingrato con nadie más? - No hay duda de que sería ingrato con otros, si pudiera-replicó el huésped; - pero no puede. ¿Con quién más se mostraría ingrato? Pumblechook fue quien lo hizo todo por él. - ¿Lo dice así Pumblechook? 201 - ¿Que si lo dice? - replicó el huésped. - ¿Acaso no tiene motivos para ello? - Pero ¿lo dice? - Le aseguro, caballero, que el oírle hablar de esto hace que a un hombre se le convierta la sangre en vinagre. Yo no pude menos que pensar: «Y, sin embargo, tú, querido Joe, tú nunca has dicho nada. Paciente y buen Joe, tú nunca te has quejado. Ni tú tampoco, dulce y cariñosa Biddy.» - Seguramente el accidente le ha quitado también el apetito - dijo el huésped mirando el brazo vendado que llevaba debajo de la chaqueta -. Coma usted un poco más. - No, muchas gracias - le contesté alejándome de la mesa para reflexionar ante el fuego. - No puedo más. Haga el favor de llevárselo todo. Jamás me había sentido tan culpable de ingratitud hacia Joe como en aquellos momentos, gracias a la descarada impostura de Pumblechook. Cuanto más embustero era él, más sincero y bondadoso me parecía Joe, y cuanto más bajo y despreciable era Pumblechook, más resaltaba la nobleza de mi buen Joe. Mi corazón se sintió profunda y merecidamente humillado mientras estuve reflexionando ante el fuego, por espacio de una hora o más. Las campanadas del reloj me despertaron, por decirlo así, pero no me curaron de mis remordimientos. Me levanté, me sujeté la capa en torno de mi cuello y salí. Antes había registrado mis bolsillos en busca de la carta, a fin de consultarla de nuevo, pero como no pude hallarla, temí que se me hubiese caído entre la paja de la diligencia. Recordaba muy bien, sin embargo, que el lugar de la cita era la pequeña casa de la compuerta, junto al horno de cal, en los marjales, y que la hora señalada era las nueve de la noche. Me encaminé, pues, directamente hacia los marjales, pues ya no tenía tiempo que perder. ...
En la línea 4265
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Lo creo. Se lo dije dos veces. La dirección se grabó en su cerebro sin que usted se diera cuenta, y ahora ha seguido este camino sin saber lo que hacía. Por lo demás, cuando le hablé de todo esto, yo no esperaba que usted se acordase. Usted no se cuida, Rodion Romanovitch… ¡Ah! Quiero decirle otra cosa. En Petersburgo hay mucha gente que va hablando sola por la calle. Uno se encuentra a cada paso con personas que están medio locas. Si tuviéramos verdaderos sabios, los médicos, los juristas y los filósofos podrían hacer aquí, cada uno en su especialidad, estudios sumamente interesantes. No hay ningún otro lugar donde el alma humana se vea sometida a influencias tan sombrías y extrañas. El mismo clima influye considerablemente. Por desgracia, Petersburgo es el centro administrativo de la nación y su influencia se extiende por todo el país. Pero no se trata precisamente de esto. Lo que quería decirle es que le he observado a usted varias veces en la calle. Usted sale de su casa con la cabeza en alto, y cuando ha dado unos veinte pasos la baja y se lleva las manos a la espalda. Basta mirarle para comprender que entonces usted no se da cuenta de nada de lo que ocurre en torno de su persona. Al fin empieza usted a mover los labios, es decir, a hablar solo. A veces dice cosas en voz alta, entre gestos y ademanes, o permanece un rato parado en medio de la calle sin motivo alguno. Piense que, así como le he visto yo, pueden verle otras personas, y esto sería un peligro para usted. En el fondo, poco me importa, pues no tengo la menor intención de curarle, pero ya me comprenderá… ...
En la línea 1452
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... El tren se había parado ante una señal roja, y el maquinista, así como el conductor, altercaban vivamente con un guardavía que habia sido enviado al encuentro del convoy por el jefe de Medicine Bow, la estación inmediata. Tomaban parte de la discusión algunos viajeros que se habían acercado, y entre otros, el referido coronel Proctor, con altaneras palabras e imperiosos ademanes. ...
En la línea 1455
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... El puente de que se trataba era colgante, y cruzaba sobre el torrente, a una milla del sitio donde se había parado el tren. Según el guardavía, muchos alambres estaban rotos, y el puente amenazaba ruina, siendo imposible arriesgarse y pasarlo. El guadavía no exageraba al afirmarlo y es preciso tener en cuenta que, con los hábitos de los americanos, cuando son ellos prudentes, sería locura no serlo. ...

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