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La palabra banderras
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Comó se escribe banderras o banderas?

Cual es errónea Banderas o Banderras?

La palabra correcta es Banderas. Sin Embargo Banderras se trata de un error ortográfico.

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Más información sobre la palabra Banderas en internet

Banderas en la RAE.
Banderas en Word Reference.
Banderas en la wikipedia.
Sinonimos de Banderas.

Algunas Frases de libros en las que aparece banderas

La palabra banderas puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 134
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... La monarquía era una bandera social, como decía su amigo el padre Urizábal: conforme; pero él se fijaba poco en banderas y colores; lo importante era que Dios estuviese sobre todo, que reinase Cristo con monarquía o con república, y los gobernantes fuesen hijos sumisos del Papa. A él no le infundía miedo la República. Miraba con gran simpatía algunas de la América del Sur, pueblos ideales y felices donde la Purísima Concepción era capitana generala de los ejércitos y el Corazón de Jesús figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados, formándose los gobiernos bajo la sabia inspiración de los Padres de la Compañía. Una república de esta clase podía venir, por él, cuando quisiera. Daría por su triunfo la mitad de su fortuna. ...

En la línea 7453
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Los ingleses, rechazados paso a paso, batidos en todos los encuentros, aplastados al pasar por la isla de Loix, se vieron obligados a embarcar de nuevo, dejando en el campo de batalla dos mil hom bres, entre ellos cinco coroneles, tres tenientes coroneles, doscientoscincuenta capitanes y veinte gentileshombres de calidad, cuatro piezas de cañón y sesenta banderas, que fueron llevadas a París por Claude de Saint-Simon y colgadas con gran pompa en las bóvedas de Notre -Dame. ...

En la línea 3851
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Allí fué donde las banderas unidas de Inglaterra y Holanda humillaron el orgullo de España y Francia: sus navíos de guerra estallaron, volando sus astillas inflamadas sobre las cumbres de las montañas de Galicia, y los galeones, en llamas, se hundieron con sus tesoros, mientras iban a la deriva en dirección de Sampayo. ...

En la línea 7086
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Una linda capilla o mezquita, con su cúpula, se alza allí en su honor, adornada generalmente con banderas de varios colores. ...

En la línea 4645
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Pero, a la mitad desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto estaban ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la plática el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción y buen discurso de don Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por donde ellos iban venía un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que debía de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada. ...

En la línea 4648
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes, y no descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer moneda de Su Majestad, y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras, y así, respondió al hidalgo: -Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de acometer. ...

En la línea 4660
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. ...

En la línea 4661
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Púsose don Quijote delante y dijo: -¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas? A lo que respondió el carretero: -El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya. ...

En la línea 493
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Todas las piezas de la casa parecían salones de museo. No quedaba un palmo de pared limpio de adornos, y había que avanzar por los recovecos que formaban los muebles, excesivamente abundantes, casi aglomerados al azar de compras favorables. El comedor parecía revestido de escamas metálicas: tantos eran los platos dorados de Valencia y de Sevilla que ornaban sus muros. El gran salón recordaba al visitante los estudios de ciertos pintores románticos que hace medio siglo fabricaron enormes cuadros de Historia. El mismo amontonamiento híbrido de objetos vistosos e incoherentes. Hasta del techo pendían, como solemnes guiñapos, banderas agujereadas y polvorientas. ...

En la línea 702
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Otro suceso más importante hizo olvidar la llegada de Djem. En la noche del 31 de enero de 1492 recibió el Papa la noticia de haberse rendido Granada a los Reyes Católicos el 2 de dicho mes, colocándose en las torres de la Alhambra las banderas cristianas y un gran crucifijo de plata regalado por Sixto IV para que precediese a las tropas en esta última guerra contra los infieles. ...

En la línea 1375
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Eran los más de sus hombres temibles revoltosos, inclinados a las acciones heroicas y a los actos reprensibles, que sólo podía gobernar un capitán como César, semejante a ellos, cruel y generoso, dispuesto a sostener la disciplina matando y tolerante al mismo tiempo para los atentados particulares que cometiesen sus gentes, sobre todo en lo referente a mujeres. Estos soldados llegaban de España atraídos por las hazañas del Valentino, como ellos llamaban a César, o se habían trasladado desde el vecino Nápoles, desertando las banderas de Gonzalo de Córdoba, por parecerles más fructíferas y gloriosas las campañas del hijo del Papa. Muchos iban a embarcarse años después para combatir contra guerreros cobrizos, explorar tierras de misterio y echar los cimientos de famosas ciudades al otro lado de la mar océana, en un mundo recién descubierto. Otros se quedaban para siempre en Europa, haciendo la guerra en diversos países, como si todo el viejo mundo, sin distinción de idiomas ni fronteras fuese para ellos interminable campo de batalla. ...

En la línea 1378
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... También en la hueste italiana los, hombres eran de una existencia no menos aventurera. Los había ignorantes y brutales, verdaderas bestias de combate; otros, cultos, de gustos artísticos, llevados a la guerra por violencias de su carácter o aventuras de su historia azarosa. Todos los escritores capaces de manejar una espada, estudiantes de Humanidades aburridos de su vida sedentaria, pintores o escultores que habían descalabrado a un compañero en sus peleas de taller y andaban huyendo de la Justicia, se acogían a las banderas del Valentino. Uno de estos soldados se llamaba el Torriglano, y era el mismo escultor feroz y brutal que, discutiendo con su condiscípulo Miguel Ángel en la iglesia del Carmine de Florencia, lugar de su escuela, le aplastaba la nariz de un tremendo puñetazo, dejando para siempre afeado su rostro con esta desfiguración. ...

En la línea 414
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Y los de Blefuscu se prepararon a su vez para una tercera guerra… . Al mismo tiempo había luchas sangrientas entre los demás países poblados por gentes de nuestra especie. Ninguna nación podía conformarse con sus límites actuales. A la adoración de los antiguos dioses había sucedido la idolatría de unos trapos de colores llamados banderas. Cada uno, con agresivo fetichismo, consideraba que el trapo de su nación era más hermoso que los otros y debía ondear triunfante sobre los países inmediatos. Las gentes separadas por un brazo de mar, un río, una montaña o un bosque, llamados fronteras, se odiaban de un modo feroz, sin haberse visto nunca. Cada país calumniaba al otro, inventando sobre él, las más absurdas mentiras, y estas mentiras las aceptaban las generaciones siguientes sin tomarse el trabajo de comprobarlas. De padres a hijos se perpetuaba la degollina por la simple razón de que los abuelos también se habían degollado. ...

En la línea 1246
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Los grupos de hombres, pudorosos y tímidos, huyeron hacia la ciudad con tanto apresuramiento, que detrás de sus pasos temblaban como banderas fugitivas los extremos de velos y túnicas. Mientras tanto, varios centenares de hembras guerreras se despojaban tranquilamente de sus uniformes, y unas en simples calzoncillos, otras completamente desnudas, se lanzaron al agua, haciendo alegres suertes de natación. ...

En la línea 3596
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... «Lo que más me carga—dijo D. Evaristo con rabia, dando un puñetazo en el brazo del sillón—, es que la vista… Yo siempre he tenido una vista como un lince. Figúrate que en la Habana veía, desde el castillo de Atarés, las señales del vigía del Morro, distinguiendo perfectamente los colores de las banderas. Pues desde ayer noto no sé qué. Algunos objetos se me oscurecen completamente, y cuando me da el sol, me pican los ojos… Desde mañana pienso usar gafas verdes. Estaré bonito. En cuanto al oído, ya te habrás enterado. Hace días era el izquierdo, ahora es el derecho; he ascendido: era teniente y soy ya capitán. Te aseguro que estoy divertido. Pero es insigne majadería rebelarse contra la naturaleza. Tiene ella sus fueros, y el que los desconoce, lo paga. Yo he sido en esto poco práctico, siéndolo tanto en otras cosas; pero ya que se me olvidaron los papeles en el caso este de hacer el pollo a los sesenta y nueve años, voy a recogerlos para prevenir las malas consecuencias. Ahora es preciso que me ocupe más de ti que de mí. Yo, poco puedo durar… ». ...

En la línea 303
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Una fila de cuarenta o cincuenta barcas reales se dirigió hacia los escalones. Estaban ornadas de ricos dorados, y sus altivas proas y popas estaban laboriosamente talladas. Algunas de ellas iban decoradas con banderas y gallardetes, otras, con brocados y tapices de Arrás con escudos de armas bordados; otras con banderas de seda que tenían innumerables campanillas de plata pendientes de ellas que lanzaban una lluvia de alegre música cada vez que las agitaba la brisa; otras, de más altas pretensiones, puesto que pertenecían a los nobles de servicio más cercano al príncipe, tenían los costados pintorescamente guardados con escudos suntuosamente blasonados de armas y emblemas. Cada barca real iba remolcada por un patache. Además de los remeros, éstos llevaban unos cuantos hombres de armas de relucientes yelmos y petos, y una compañía de músicos. ...

En la línea 303
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Una fila de cuarenta o cincuenta barcas reales se dirigió hacia los escalones. Estaban ornadas de ricos dorados, y sus altivas proas y popas estaban laboriosamente talladas. Algunas de ellas iban decoradas con banderas y gallardetes, otras, con brocados y tapices de Arrás con escudos de armas bordados; otras con banderas de seda que tenían innumerables campanillas de plata pendientes de ellas que lanzaban una lluvia de alegre música cada vez que las agitaba la brisa; otras, de más altas pretensiones, puesto que pertenecían a los nobles de servicio más cercano al príncipe, tenían los costados pintorescamente guardados con escudos suntuosamente blasonados de armas y emblemas. Cada barca real iba remolcada por un patache. Además de los remeros, éstos llevaban unos cuantos hombres de armas de relucientes yelmos y petos, y una compañía de músicos. ...

En la línea 1333
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Cuando llego allí, los muros de la venerable fortaleza parecieron abrirse de pronto en mil lugares, y por cada abertura asomó una roja lengua de fuego y una voluta blanca de humo; siguió una explosión ensordecedora, que sofoco los gritos de la multitud e hizo temblar la tierra. Los fogonazos, el humo y las explosiones se repitieron de nuevo una y otra vez con maravillosa celeridad, de manera que en pocos momentos la vieja Torre desapareció en la extensa niebla de su propio humo, menos la punta del elevado pináculo llamado la Torre Blanca; ésta, con sus banderas, se erguía sobre el denso dique de vapor, como el pico de una montaña se destaca sobre las nubes. ...

En la línea 1334
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Tom Canty, espléndidamente ataviado, montó en un corcel de guerra, cuyas ricas gualdrapas casi alcanzaban el suelo. Su 'tío', el Lord Protector Somerset, análogamente montado, se colocó detrás; la guardia del rey se formó en hileras sencillas a ambos lados, vistiendo sus bruñidas armaduras. Después del protector seguía una procesión, al parecer interminable, de nobles resplandecientes, asistidos por sus vasallos; tras éstos; el lord alcalde y el cuerpo de regidores, con sus togas de terciopelo carmesí y con sus cadenas de oro cruzando el pecho; después de éstos los oficiales y miembros de todos los gremios de Londres, con lujosa indumentaria y portando las vistosas banderas de las varias corporaciones. Además en la procesión, como guardia de honor especial a través de la ciudad, estaba la Antigua y Honorable Compañía de Artilleros –organización que ya tenía trescientos años de antigüedad en aquel entonces– y el único cuerpo militar de Inglaterra poseedor del privilegio (que aun posee en nuestros días) de tener independencia de los mandatos del Parlamento. Era un brillante espectáculo, y fue acogido con aclamaciones a lo largo del recorrido, a medida que siguió su majestuoso camino por entre la compacta multitud de ciudadanos. Dice el cronista: ...

En la línea 1311
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Mistress Aouida, Phileas Fogg y Fix, echaron, pues, a pasear por las calles, y no tardaron en hallarse en Montgommery Street, donde la afluencia de la muchedumbre era enorme. En las aceras, en medio de la calle, en las vías del tranvía, a pesar del paso incesante de coches y ómnibus, en el umbral de las tiendas, en las ventanas de las casas, y aun en los tejados, había una multitud innumerable. En medio de los grupos circulaban hombres carteles, y por el aire ondeaban banderas y banderolas, oyéndose una gritería inmensa por todoslados. ...

En la línea 1319
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... En aquel momento, hubo entre la multitud un movimiento considerable. Todas las manos estaban al aire. Algunas de ellas, sólidamente cerradas, se elevaban y bajaban, al parecer, entre vociferaciones, maneras enérgicas, sin duda de formular un voto. Aquella masa de gente estaba agitada por remolinos que semejaban las olas del mar. Las banderas oscilaban, desaparecían un momento y reaparecían hechas jirones Las ondulaciones de la marejada se propagaban hasta la escalera, mientras que todas las cabezas cabrilleaban en la superficie como la mar movida súbitamente por un chuasco. El número de sombreros bajaba a la vista, y casi todos parecían haber perdido su natural normal. ...

En la línea 1323
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Mistress Aouida, asida del brazo de Phileas Fogg, miraba con sorpresa aquella escena tumultuosa y Fix iba a preguntar a uno de sus vecinos la razón de aquella efervescencia popular, cuando se pronunció un movimiento más decidido. Redoblaron los vítores sazonados con injurias. Los mastiles de las banderas se transformaron en armas ofensivas. Ya no había manos, sino puños, en todas partes. Desde lo alto de los coches detenidos y de los ómnibus interceptados en su marcha, se repartían sendos porrazos. Todo servía de proyectil. Botas y zapatos describían por el aire largas trayectorias, y hasta pareció que algunos revólveres mezclaban con las vociferaciones sus detonaciones nacionales. ...

En la línea 1405
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... A las tres, los viajeros se paseaban, pues, por las calles de la ciudad, construida entre la orilla del Jordán y las primeras ondulaciones de los montes Wahshtch. Advirtieron pocas iglesias o ninguna, y como monumentos, la casa del Profeta, los tribunales y el arsenal; después, unas casas de ladrillos azulados con cancelas y galerías, rodeadas de jardines, adornadas con acacias, palmera y algarrobos. Un muro de arcilla y piedras, hecho en 1853, ceñía la ciudad; en la calle principal, donde estaba el mercado, se elevaban algunos palacios adornados de banderas, y entre otros, Lake-Salt House. ...


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