Cual es errónea Ardientes o Ardientez?
La palabra correcta es Ardientes. Sin Embargo Ardientez se trata de un error ortográfico.
El Error ortográfico detectado en el termino ardientez es que hay un Intercambio de las letras s;z con respecto la palabra correcta la palabra ardientes

la Ortografía es divertida
Te vas a reir con las pifia que hemos hemos encontrado cambiando las letras s;z
Reglas relacionadas con los errores de s;z
Las Reglas Ortográficas de la S
Se escribe s al final de las palabras llanas.
Ejemplos: telas, andamos, penas
Excepciones: alférez, cáliz, lápiz
Se escriben con s los vocablos compuestos y derivados de otros que también se escriben con esta letra.
Ejemplos: pesar / pesado, sensible / insensibilidad
Se escribe con s las terminaciones -esa, -isa que signifiquen dignidades u oficios de mujeres.
Ejemplos: princesa, poetisa
Se escriben con s los adjetivos que terminan en -aso, -eso, -oso, -uso.
Ejemplos: escaso, travieso, perezoso, difuso
Se escribe con s las terminaciones -ísimo, -ísima.
Ejemplos: altísimo, grandísima
Se escribe con s la terminación -sión cuando corresponde a una palabra que lleva esa letra, o cuando otra palabra derivada lleva -sor, -sivo, -sible,-eso.
Ejemplos: compresor, compresión, expreso, expresivo, expresión.
Se escribe s en la terminación de algunos adjetivos gentilicios singulares.
Ejemplos: inglés, portugués, francés, danés, irlandés.
Se escriben s con las sílabas iniciales des-, dis-.
Ejemplos: desinterés, discriminación.
Se escribe s en las terminaciones -esto, -esta.
Ejemplos: detesto, orquesta.
Las Reglas Ortográficas de la Z
Se escribe z y no c delante de a, o y u.
Se escriben con z las terminaciones -azo, -aza.
Ejemplos: pedazo, terraza
Se escriben con z los sustantivos derivados que terminan en las voces: -anza, -eza, -ez.
Ejemplos: esperanza, grandeza, honradez
La X y la S

El Español es una gran familia
Algunas Frases de libros en las que aparece ardientes
La palabra ardientes puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 8782
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... ¡Cuánto odio destila! Allí inmóvil, con los ojos ardientes y fijos en su cuarto desierto, ¡cómo los destellos de sus rugidos sordos, que a ve ces escapan con su respiración del fondo de su pecho, acompañan per fectamente el ruido del oleaje que asciende, gruñe, muge y viene a romperse, como una desesperación eterna a impotente, contra las rocas sobre las cuales está construido ese castillo sombrío y orgulloso! ¡Cómo concibe, a la luz de los rayos que su cólera tormentosa hace brillar en su espíritu, contra la señorita Bonacieux, contra Buckingham y, so bre todo, contra D'Artagnan, magníficos proyectos de venganza, perdidos en las lejanías del futuro!Sí, pero para vengarse hay que ser libre, y para ser libre, cuando se está prisionero, hay que horadar un muro, desempotrar los barrotes, agujerear el suelo; empresas todas estas que puede llevar a cabo un hombre paciente y fuerte, pero ante las cuales deben fracasar las irritaciones febriles de una mujer. ...
En la línea 8954
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Esta estrofa, en la que la terrible encantadora se esforzó por poner toda su alma acabó de sembrar el desorden en el corazón del joven oficial; abrió bruscamente la puerta y Milady lo vio aparecer pálido co mo siempre, pero con los ojos ardientes y casi extraviados. ...
En la línea 9101
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... En una de las miradas furtivas que lanzaba sobre un pequeño postigo, le pareció a Milady vislumbrar a través de la reja cerrada los ojos ardientes del joven; pero fuera realidad o visión, esta vez él tuvo sobre sí mismo el poder de no entrar. ...
En la línea 9131
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Esta vez Felton, por más impasible que fuera o que fingiera ser, no pudo resistir a la influencia secreta que ya se había apoderado de él: ver a aquella mujer tan hermosa, blanca como la más cándida vi sión, verla alternativamente desconsolada y amenazadora, sufrir a la vez el ascendiente del dolor y de la belleza, era demasiado para un vi sionario, era demasiado para un cerebro minado por los sueños ardientes de la fe extática, era demasiado para un corazón corroído a la vez por el amor del cielo que abrasa, por el odio de los hombres que devora. ...
En la línea 574
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... «Entonces—replicó—, no conoce usted los secretos de su propio país.» A lo cual: «Supóngase—le contesté—, que le dijese a usted que representan el león de Bethlehem y la bestia cornuda de abismos ardientes, luchando por el predominio en Inglaterra, ¿qué diría?» «Diría—repuso—, que me daba usted una respuesta perfecta.» Aquel hombre y yo llegamos a ser grandes amigos. ...
En la línea 6658
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Es verdad que los oficiales de la Guardia real de Rusia, especialmente los de los tres hermosos regimientos llamados _Priberjensky_, _Simeonsky_ y _Finlansky polks_, pueden, en casi todos los puntos, entrar sin miedo en comparación con la flor del ejército británico; pero es de recordar que la oficialidad de esos regimientos la forman los más selectos individuos de la nobleza eslavona, jóvenes escogidos expresamente por sus prendas personales y por la superioridad de sus dotes intelectuales, mientras que, entre los jóvenes y rubios anglo-sajones a la sazón reunidos junto a mí, no había quizás uno solo de descendencia noble ni de nombre encumbrado y soberbio, y lejos, por cierto, de haberlos escogido para halagar el orgullo y aumentar la pompa de un déspota, habíanlos sacado indistintamente de una masa de ardientes aspirantes a la gloria militar, y enviádolos, en servicio de su país, a una colonia remota e insalubre. ...
En la línea 1275
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban buena católica. ...
En la línea 3502
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el mismo recipiente, v. ...
En la línea 16340
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Y a las cuatro no pudo resistir ya el frío y el sueño; y delirante, sin conciencia de sí mismo ni del mundo ambiente, tropezando en todo, subió a su cuarto, buscó la cama a tientas, se desnudó por máquina, se envolvió entre las sábanas y se quedó dormido en un sopor de fiebre lleno de fantasmas ardientes, de monstruos dolorosos. ...
En la línea 877
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... —-Más de tres siglos—continuó Enciso—ha creído la gente en los crímenes de esta mujer, que fue dulce de carácter y falta de voluntad, como si todas las energías de la familia los regocijos ardientes y las cóleras terribles se los hubiesen llevado los Borgias varones. ...
En la línea 1157
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... «Su alma compleja—siguió censando—no la comprendemos los modernos; mas no por eso deja de haber existido. A mí me inspira admiración un Papa pecador y creyente. Cuando se duda de la existencia de otra vida, con sus premios y castigos, el pecado no representa ningún acto valeroso. Algunos pontífices sucesores de Alejando Sexto, uno de ellos León Décimo, fueron sospechosos de ateísmo. Rodrigo de Borja creía en Dios y en la Virgen; estaba seguro de su perdición eterna, y, sin embargo, se dejó llevar por sus pasiones ardientes. «Le vencía la carnalidad», como dijo uno de sus contemporáneos. Era de la misma patria de Don Juan, español libertino y católico. Un sincero arrepentimiento podía salvarlo a última hora.» ...
En la línea 2776
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Maximiliano se levantó, dio algunas vueltas; pero estaba tan débil, que tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, seguía observando. No se oía en la vecindad ningún rumor. Por la noche igual silencio. Parecía que a la doña Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los amigos que les visitaban, se les había tragado la tierra. Por la noche, sintió Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no sabía lo que le pasaba. Se habría podido creer que la contrariaba el no ver a nadie de la casa próxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada. Maximiliano, que desde media tarde había vuelto a nadar entre las agitadas sábanas del lecho, y estaba tan impertinente como un niño enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca de las diez, que se acostase, y esta obedeció; mas la repugnancia y hastío que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo imperiosos, que le costó trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y con el corazón. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la máquina humana, impulsos de cariño propiamente ideales, y de aquí no salía, es decir, no podía salir. Fortunata le dijo con expresión fraternal y consoladora: «Mira, duérmete, descansa y no te acalores. Anoche has estado muy malito, y necesitas unos días para reponerte. Hazte cuenta que no estoy aquí, y a dormir se ha dicho». Si lo tranquilizó, no se sabe; pero ello es que se quedó dormida, y no despertó hasta las siete de la mañana. ...
En la línea 3433
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... De pronto vio que al portal se acercaba un coche. ¿Traería gente o venía a tomarla? A tomarla porque no salió nadie; el lacayo entró en la casa, y Deogracias se puso a hablar con el cochero. «Van a salirse dijo la infeliz, sintiendo otra vez los ardientes impulsos que la sacaron de su casa—. Ahora sí que no se me escapan… Me voy encima, y a las dos las afrento… tal suegra para tal nuera… ¡buen par de cuñas están!… ¡Cuánto tardan! La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda uñas… ». ...
En la línea 3921
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Doña Lupe y Fortunata entraron, precedidas de Severiana, en el aposento de la enferma, que estaba incorporada en la cama. Le habían cortado el pelo días antes para poderle curar la herida de la cabeza; su perfil romano se había acentuado; era más fina la nariz, la quijada inferior abultaba más, y la extenuación le agrandaba los ojos. Las curvas airosas de la boca eran más rasgueadas, y la decomisura de los labios, que parecía obra de un agudo punzón, dábale cierto aspecto de grandeza caída o de humillación sublimemente resignada. Las cárdenas ojeras le cogían media cara; el superciliar salía como una visera; los ojos, hermosos y ardientes, quedábanse allá dentro, y rodeados de aquella piel morada relumbraban más, como si acecharan el acaso que iba a pasar. Las cejas negras formaban una sola línea recta. La frente era espaciosa, con un mechón de pelo negro… En fin, que la Dura completaba la historia aquella expuesta en las paredes: era el Napoleón en Santa Helena. ...
En la línea 5798
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que había en mi corazón, los he ido desechando… La idea de matar la considero yo ineficaz y absurda, como un medicamento equivocado. Sólo Dios mata, y Él es quien siempre enseña. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la razón… Razón y nada más que razón. Ya no pienso en matar a nadie, ni aun a los que tanto odié. Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo… Este es mi sistema, esta es mi vida. ...
En la línea 2886
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Se había apagado el techo luminoso y sin embargo el salón resplandecía con una luz intensa. Era debida a la poderosa reverberación con que las paredes de hielo reenviaban violentamente el haz luminoso del fanal. Era indescriptible el efecto de los rayos voltaicos sobre los grandes bloques caprichosamente recortados, en los que cada ángulo, cada arista, cada faceta despedía un resplandor diferente, según la naturaleza de las venas que corrían por el hielo. Era una mina deslumbrante de gemas, y particularmente de zafiros que cruzaban sus destellos azules con los verdes de las esmeraldas. Matices opalinos de una delicadeza infinita se insinuaban de vez en cuando entre puntos ardientes como otros tantos diamantes de fuego cuyo brillo centelleante no podía resistir la mirada. La potencia del fanal se centuplicaba en el hielo, como la de una lámpara a través de las hojas lenticulares de un faro de primer orden. ...
En la línea 1388
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Momentos después ya estaba en la calle. Eran alrededor de las ocho y el sol se había puesto. La atmósfera era asfixiante, pero él aspiró ávidamente el polvoriento aire, envenenado por las emanaciones pestilentes de la ciudad. Sintió un ligero vértigo, pero sus ardientes ojos y todo su rostro, descarnado y lívido, expresaron de súbito una energía salvaje. No llevaba rumbo fijo, y ni siquiera pensaba en ello. Sólo pensaba en una cosa: que era preciso poner fin a todo aquello inmediatamente y de un modo definitivo, y que si no lo conseguía no volvería a su casa, pues no quería seguir viviendo así. Pero ¿cómo lograrlo? Del modo de «terminar», como él decía, no tenía la menor idea. Sin embargo, procuraba no pensar en ello; es más, rechazaba este pensamiento, porque le torturaba. Sólo tenía un sentimiento y una idea: que era necesario que todo cambiara, fuera como fuere y costara lo que costase. «Sí, cueste lo que cueste», repetía con una energía desesperada, con una firmeza indómita. ...
En la línea 2037
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Raskolnikof tenía buen aspecto en comparación con el de la víspera. Pero estaba muy pálido y su semblante expresaba un sombrío ensimismamiento. Su aspecto recordaba el de un herido o el de un hombre que acabara de experimentar un profundo dolor físico. Tenía las cejas fruncidas; los labios, contraídos; los ojos, ardientes. Hablaba poco y de mala gana, como a la fuerza, y sus gestos expresaban a veces una especie de inquietud febril. Sólo le faltaba un vendaje para parecer enteramente un herido. ...
En la línea 3063
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Transcurrieron cinco minutos. El joven seguía yendo y viniendo por la habitación sin mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella. Los ojos le centelleaban. Apoyó las manos en los débiles hombros y miró el rostro cubierto de lágrimas. Lo miró con ojos secos, duros, ardientes, mientras sus labios se agitaban con un temblor convulsivo… De pronto se inclinó, bajó la cabeza hasta el suelo y le besó los pies. Sonia retrocedió horrorizada, como si tuviera ante sí a un loco. Y en verdad un loco parecía Raskolnikof. ...
En la línea 3626
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Sonia miró en todas direcciones y sólo vio semblantes terribles, burlones, severos o cargados de odio. Dirigió una mirada a Raskolnikof, que estaba en pie junto a la pared. El joven tenía los brazos cruzados y fijaba en ella sus ardientes ojos. ...
En la línea 1131
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Tras de lo cual, el pesimista abrió un cajón de su mesa-escritorio, y sacó un objeto reluciente y prolongado, que reconoció con el mayor esmero… Estaba absorto en su ocupación, cuando sintió que le asían del brazo con fuerza convulsiva, y vio ante sí a una mujer pálida, más pálida que él, ardientes y fijos los ojos como dos carbones encendidos, abierta la boca para hablar… pero muda, muda. Soltó la pistola, que cayó en la alfombra con ruido mate, y estrechó a la mujer… Cedió el talle de ésta como una flor tronchada, y hallose con Lucía exánime en los brazos. ...
Errores Ortográficos típicos con la palabra Ardientes
Cómo se escribe ardientes o hardientes?
Cómo se escribe ardientes o arrdientes?
Cómo se escribe ardientes o ardientez?
Más información sobre la palabra Ardientes en internet
Ardientes en la RAE.
Ardientes en Word Reference.
Ardientes en la wikipedia.
Sinonimos de Ardientes.
Palabras parecidas a ardientes
La palabra sobr
La palabra arrancada
La palabra invencible
La palabra descubierta
La palabra fallado
La palabra volvemos
La palabra lanzada
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